EL Mártir de las catacumbas

Un Episodio de la Roma Antigua

PREFACIO

HACE MUCHOS AÑOS que fue
publicada una historia anónima titulada El Mártir de las Catacumbas: Un
episodio de la Roma antigua.
Un ejemplar fue providencialmente rescatado de
un barco de vela americano y encuentra en poder del hijo del Capitán Richard
Roberts, quien comandaba aquella nave y tuvo que abandonarla en alta mar como
consecuencia del desastroso huracán ocurrido en enero de 1876.

Cuidadosamente reimpresa, presentamos aquí aquella obra, habiendo sido celosamente fieles al original aun en su título. Sacamos a la luz esta edición, animados de la viva esperanza de que el Señor la haya de emplear para hacerles ver a los fieles que reflexionan,
como también a los descuidados y desprevenidos y a sus descendientes en estos
últimos días malos, este palpitante cuadro de cómo sufrieron los santos de los
primeros tiempos por su fe en nuestro Señor Jesucristo, bajo una de las
persecuciones más crueles de la Roma pagana, y que en un futuro no lejano se
pueden repetir con la misma intensidad de la ira satánica, mediante el mismo
Imperio Romano de inminente renacimiento.

Ojalá pueda despertar nuestra conciencia al hecho de que, si el Señor tarda en su venida, hemos de vernos en el imperativo de sufrir por El que voluntariamente tanto sufrió por nosotros.

La Biblia ya no ocupa el legítimo lugar que le corresponde en nuestros colegios y universidades; la ora­ción familiar es un hábito perdido; nuestro Señor Je­sucristo, el unigénito y bienamado Hijo del Dios vi­viente, es desacreditado y deshonrado precisamente en casa de aquellos que profesan ser sus amigos; el testi­monio en corporación ha desaparecido de la tierra; no se obedece el llamado a Laodicea al
arrepentimiento; y es así que la promesa del Señor de la comunión con El está
librada sólo al individuo.

Y aun a nosotros en estos días puede alcanzarnos la promesa, a Smirna: “Sé fiel hasta la muerte y yo te da­ré la corona de la vida.”

La sangre de los mártires de Rusia y Alemania cla­ma desde la tierra, cual admonición a los cristianos de todos los países.

Pero aún podemos arrancar de nuestras
almas el cla­mor anhelante: “Ven, Señor Jesús; ven pronto.”

1 EL COLISEO

Cruel carnicería para diversión
de los romanos.

ERA UNO DE LOS GRANDES DÍAS de
fiesta en Roma. De todos los extremos del país las gentes convergían ha­cia un
destino común. Recorrían el Monte Capitolino, el Foro, el Templo de la Paz, el
Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile interminable hasta llegar al
Coliseo, en el que penetraban por las innumerables puertas, desapareciendo en
el interior.

Allí se
encontraban frente a un escenario maravillo­so: en la parte inferior la arena
interminable se des­plegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se
elevaban hasta el tope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros.
Aquella enorme exten­sión se hallaba totalmente cubierta por seres humanos de
todas las edades y clases sociales. Una reunión tan vasta, concentrada de tal
modo, en la que sólo se po­dían distinguir largas filas de rostros fieros, que
se iban extendiendo sucesivamente, constituía un formi­dable espectáculo que en
ninguna parte del mundo ha podido igualarse, y que había sido ideado, sobre
todo, para aterrorizar e infundir sumisión en el alma del espectador. Más de
cien mil almas se habían reuni­do aquí, animadas de un sentimiento común, e
incita­das por una sola pasión. Pues lo que les había atraído a este lugar era
una ardiente sed de sangre de sus semejantes. Jamás se hallará un comentario
más triste de esta alardeada civilización de la antigua Roma, que este macabro
espectáculo creado por ella.

Allí se hallaban presentes
guerreros que habían com­batido en lejanos campos de batalla, y que estaban
bien enterados de lo que constituían actos de valor; sin embargo, no sentían la
menor indignación ante las escenas de cobarde opresión que se desplegaban ante
sus ojos. Nobles de antiguas familias se hallaban presentes allí, pero no
tenían ojos para ver en estas exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre
el ho­nor de su patria. A su vez los filósofos, los poetas, los sacerdotes, los
gobernadores, los encumbrados, como también los humildes de la tierra,
atestaban los asien­tos; pero los aplausos de los patricios eran tan sonoros y
ávidos como los de los plebeyos. ¿Qué esperanza había para Roma cuando los
corazones de sus hijos se hallaban íntegramente dados a la crueldad y a la opre­sión
más brutal que se puede imaginar?

El sillón levantado sobre un
lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el Empe­rador
Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos. Entre éstos se podía
contar un grupo de la guardia pretoriana, que criticaban los diferentes ac­tos
de la escena que se desenvolvía en su presencia con aire de expertos. Sus
carcajadas estridentes, su al­borozo y su espléndida vestimenta los hacían
objeto de especial atención de parte de sus vecinos.

Ya se habían presentado varios
espectáculos prelimi­nares, y era hora de que empezaran los combates. Se
presentaron varios combates mano a mano, la mayo­ría de los cuales tuvo
resultados fatales, despertando diferentes grados de interés, según el valor y
habili­dad que derrochaban los combatientes. Todo ello lo­graba el efecto de
aguzar el apetito de los espectadores, aumentando su vehemencia, llenándoles
del más ávido deseo por los eventos aun más emocionantes que habían de seguir.

Un hombre en particular había
despertado la admi­ración y el frenético aplauso de la multitud. Se tra­taba de
un africano de Mauritania, cuya complexión fortaleza eran de gigante. Pero su
habilidad igualaba a su fortaleza. Sabía blandir su corta espada con destreza
maravillosa, y cada uno de los contrincan­tes que hasta el momento había tenido
yacía muerto.

Llegó el momento en que había de
medirse con un gladiador de Batavia, hombre al cual solamente él le igualaba en
fuerza y en estatura. Pero los separaba un contraste sumamente notable. El
africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos chispeantes; el de
Batavia era de tez ligera, de cabello rubio y de ojos vivísimos de color gris.
Era difícil decir cuál de ellos llevaba ventaja; tan acertado había sido el
cotejo en todo sentido. Pero, como el primero había ya estado luchando por
algún tiempo, se pensaba que él tenía esto como una desventaja. Llegó, pues, el
momento en que se trabó la contienda con gran vehemencia y actividad de ambas
partes. El de Batavia asestó tre­mendos golpes a su contrincante, que fueron
parados gracias a la viva destreza de éste. El africano era ágil y estaba
furioso, pero nada podía hacer contra la fría y sagaz defensa de su vigilante
adversario.

Finalmente, a una señal dada, se
suspendió el com­bate, y los gladiadores fueron retirados, pero de nin­guna
manera ante la admiración o conmiseración de los espectadores, sino simplemente
por el sutil entendi­miento de que era el mejor modo de agradar al pú­blico
romano.

Todos entendían, naturalmente,
que los gladiado­res volverían.

Llegó ahora el momento en que un
gran número de hombres fue conducido a la arena. Estos todavía estaban armados
de espadas cortas. No bien pasó un momento, cuando ya ellos habían empezado el
ataque. No era un conflicto de dos bandos opuestos, sino una contienda general,
en la cual cada uno atacaba a su vecino. Tales escenas llegaban a ser las más
sangrien­tas, y por lo tanto las que más emocionaban a los es­pectadores. Un
conflicto de este tipo siempre destrui­ría el mayor número en el menor tiempo.
La arena presentaba el escenario de confusión más horrible. Quinientos hombres
en la flor de la vida y la fortale­za, armados de espadas luchaban en ciega
confusión unos contra otros. Algunas veces se trenzaban en una masa densa y
enorme; otras veces se separaban vio­lentamente, ocupando todo el espacio
disponible, ro­deando un rimero de muertos en el centro del campo. Pero, a la
distancia, se asaltaban de nuevo con inde­clinable y sedienta furia, llegando a
trabarse combates separados en todo el rededor del macabro escenario; el
victorioso en cada uno corría presuroso a tomar par­te en los otros, hasta que
los últimos sobrevivientes se hallarían nuevamente empeñados en un ciego com­bate
masivo.

A la larga las luchas agónicas
por la vida o la muer­te se tornaban cada vez más débiles. Solamente unos cien
quedaban de los quinientos que empezaron, a cual más agotados y heridos.
Repentinamente se dio una señal y dos hombres saltaban a la arena y se pre­cipitaban
desde extremos opuestos sobre esta misera­ble multitud. Eran el africano y el
de Batavia. Ya frescos después del reposo, caían sobre los infelices so­brevivientes
que ya no tenían ni el espíritu para com­binarse, ni la fuerza para resistir.
Todo se reducía a una carnicería. Estos gigantes mataban a diestra y si­niestra
sin misericordia, hasta que nadie más que ellos quedaba de pie en el campo de
la muerte y oían el estruendo del aplauso de la muchedumbre.

Estos dos nuevamente renovaban
el ataque uno con­tra el otro, atrayendo la atención de los espectadores,
mientras eran retirados los despojos miserables de los muertos y heridos. El
combate volvía a ser tan cruel como el anterior y de invariable similitud. A la
agili­dad del africano se oponía la precaución del de Ba­tavia. Pero finalmente
aquél .lanzó una desesperada embestida final; el de Batavia lo paró y con la
veloci­dad del relámpago devolvió el golpe. El africano re­trocedió ágilmente y
soltó su espada. Era demasiado tarde, porque el golpe de su enemigo le había
traspa­sado el brazo izquierdo. Y conforme cayó, un alarido estrepitoso de
salvaje regocijo surgió del centenar de millares de así llamados seres humanos.
Pero esto no había de considerarse como el fin, porque mientras aún el
conquistador estaba sobre su víctima, el perso­nal de servicio se introdujo de
prisa a la arena y lo sacó. Empero tanto los romanos como el herido sa­bían que
no se trataba de un acto de misericordia. Sólo se trataba de reservarlo para el
aciago fin que le esperaba.

‑El de Batavia es un hábil
luchador, Marcelo ‑co­mentó un joven oficial con su compañero de la con­currencia
a la que ya se ha aludido.

‑Verdaderamente que lo es, mi
querido Lúculo ‑replicó el otro‑. No creo haber visto jamás un gla­diador mejor
que éste. En verdad los dos que se han batido eran mucho mejores de lo común.

‑Allá adentro tienen un hombre
que es mucho me­jor que estos dos.

‑¡Ah! Quién es él?

‑El gran gladiador Macer. Se me
ocurre que él es el mejor que jamás he visto.

‑Algo he oído respecto a él.
¿Crees que lo sacarán esta tarde?

‑Entiendo que sí.

Esta breve conversación fue
bruscamente interrum­pida por un tremendo rugido que surcó los aires
procedentes del vivario, o sea el lugar en donde se tenían encerradas las
fieras salvajes. Fue uno de aquellos ru­gidos feroces y terroríficos que solían
lanzar las más salvajes de las fieras cuando habían llegado al colmo del hambre
que coincidía con el mismo grado de furor.

No tardaron en abrirse los
enrejados de hierro ma­nejados por hombres desde arriba, apareciendo el pri­mer
tigre al acecho en la arena. Era un fiera del África, desde donde había sido
traída no muchos días an­tes. Durante tres días no había probado alimento al­guno,
y así el hambre juntamente con el prolongado encierro había aguzado su furor a
tal extremo que solamente el contemplarlo aterrorizaba. Azotándose con la cola
recorría la arena mirando hacia arriba, con sanguinarios ojos, a los
espectadores. Pero la aten­ción de éstos no tardó en desviarse hacia un objeto
distinto. Del otro extremo de donde la fiera se halla­ba fue arrojado a la
arena nada menos que un hom­bre. No llevaba armadura alguna, sino que estaba
des­nudo como todos los gladiadores, con la sola excep­ción de un taparrabo.
Portando en su diestra la habi­tual espada corta, avanzó con dignidad y paso
firme hacia el centro del escenario.

En el acto todas las miradas
convergieron sobre es­te hombre. Los innumerables espectadores clamaron
frenéticamente: “¡Macer, Macer!”

El tigre no tardó en verlo,
lanzando un breve pero salvaje rugido que infundía terror. Macer con serenidad
permaneció de pie con su mirada apacible pero fija sobre la ñora que movía la
cola con mayor furia cada vez, dirigiéndose hacia él. Finalmente el tigre se
agazapó, y de esta posición con el impulso característico se lanzó en un salto
feroz sobre su presa. Ma­cer no estaba desprevenido. Como una centella voló
hacia la izquierda, y no bien había caído el tigre en tierra, cuando le aplicó
una estocada corta pero tajante y certera en el mismo corazón. ¡Fue el golpe
fatal para la fiera! La enorme bestia se estremeció de la cabeza a los pies, y
encogiéndose para sacar toda la fuerza de sus entrañas, soltó su postrer
bramido que se oyó casi como el clamor de un ser humano, después de lo cual
cayó muerta en la arena.

Nuevamente el aplauso de la
multitud se oyó como e1 estrépito del trueno por todo el derredor.

‑¡Maravilloso! ‑exclamó Marcelo‑,
¡jamás he visto habilidad como la de Macer!

Su amigo le contestó reanudando
la charla, ‑¡Sin duda se ha pasado la vida luchando!

Pronto el cuerpo del animal
muerto fue arrastrado fuera de la arena, al mismo tiempo que se oyó el re­chinar
de las rejas que se abrían nuevamente atrayen­do la atención de todos. Esta vez

era un león. Se des­plazó lentamente en dirección opuesta, mirando en derredor
suyo al escenario que le rodeaba, en actitud de sorpresa. Era éste el ejemplar
más grande de su especie, todo un gigante en tamaño, habiendo sido largo tiempo
preservado hasta hallarle un adversario adecuado. A simple vista parecía capaz
de hacer fren­te victoriosamente a dos tigres como el que le había precedido. A
su lado Macer no era sino una débil criatura.

El ayuno de esta fiera había
sido prolongado, pero no mostraba la furia del tigre. Atravesó la arena de uno
a otro extremo, y luego a todo el rededor en una especie de trote, como si
buscara una puerta de esca­pe. Mas hallando todo cerrado, finalmente retrocedió
hacia el centro, y pegando el rostro contra el suelo de­jó oír profundo bramido
tan alto y prolongado que las enormes piedras del mismo Coliseo vibraron con el
sonido.

Macer permaneció inmóvil. Ni un
solo músculo de su rostro cambió en lo más mínimo. Estaba con la cabeza erguida
con la expresión vigilante y caracte­rística, sosteniendo su espada en guardia.
Finalmente el león se lanzó sobre él de lleno. El rey de las fieras y el rey de
la creación se mantuvieron frente a frente mirándose a los ojos el uno al otro.
Pero la mirada serena del hombre pareció enardecer la ira propia del animal.
Erecta la cola y todo él, retrocedió; y tirando su melena, se agazapó hasta el
suelo en preparación para saltar.

La enorme multitud se paró
embelesada. He aquí una escena que merecía su interés.

La masa obscura del león se
lanzó al frente, y otra vez el gladiador en su habitual maniobra saltó hacia el
costado y lanzó su estocada. Empero esta vez la es­pada solamente hirió una de
las costillas y se le cayó de la mano. El león fue herido ligeramente, pero el
golpe sirvió sólo para levantar su furia hasta el grado supremo.

Macer empero no perdió ni un
ápice de su caracte­rística calma y frialdad en este momento tremendo.
Perfectamente desarmado en espera del ataque, se plantó delante de la fiera.
Una y otra vez el león lan­zó sus feroces ataques, y cada uno fue evadido por
el ágil gladiador, quien con sus hábiles movimientos se cercaba ingeniosamente
al lugar en donde estaba su arma hasta lograr tomarla nuevamente. Y ahora, otra
vez armado de su espada protectora, esperaba el zarpazo final de la fiera que
respiraba muerte. El león se arrojó como la vez anterior, pero esta vez Macer
acertó en el blanco. La espada le traspasó, el corazón, la enorme fiera cayó
contorsionándose de dolor. Po­niéndose en pie se echó a correr por la arena, y
tras Su último rugido agónico cayó muerto junto a las re­jas por donde había salido.

Ahora Macer fue conducido fuera
del ruedo, vién­dose aparecer nuevamente al de Batavia. Se trataba de un
público de refinado gusto, que demandaba varie­dad. A1 nuevo contendor le
soltaron un tigre pequeño, el cual fue vencido. Seguidamente se le soltó un
león. Este dio muestras de extrema ferocidad, aunque por su tamaño no salía de
lo común. No cabía la menor duda de que el de Batavia no se igualaba a Macer.
El león se lanzó sobre su víctima, habiendo sido herido; pero, al lanzarse por
segunda vez al ataque, agarró a su adversario, y literalmente lo despedazó.
Entonces nuevamente fue sacado Macer, para quien fue tarea fácil acabar con el
cachorro.

Y esta vez, mientras Macer
permanecía de pie re­cibiendo los interminables aplausos, apareció un hom­bre por
el lado opuesto. Era el africano. Su brazo ni siquiera se le había vendado sino
que colgaba a su costado, completamente cubierto de sangre. Se encam­inó
titubeando hacia Macer, con penosos pasos de agonía. Los romanos sabían que
éste había sido en­viado sencillamente para que fuese muerto. Y el des­venturado
también lo sabía, porque conforme se acer­có a su adversario, arrojó su espada
y exclamó en una actitud más bien de desesperación:

‑¡Mátame pronto! Líbrame del
dolor.

Todos los espectadores a uno quedaron
mudos de asombro al ver a Macer retroceder y arrojar al suelo su espada. Todos
seguían contemplando maravillados hasta lo sumo y silenciosos. Y su asombro fue
tanto mayor cuando Macer volvió hacia el lugar donde se hallaba el Emperador, y
levantando las manos muy alto clamó con voz clara que a todos alcanzó:

‑¡Augusto Emperador, yo soy
cristiano! Yo pelea­ré con fieras silvestres, pero jamás levantaré mi mano
contra mis semejantes, los hombres, sean del color que fueren. Yo moriré
gustoso; pero ¡yo no mataré!

Ante semejantes palabras y
actitud se levantó un creciente murmullo.

‑¿Qué quiere decir éste?
¡Cristiano! ¿Cuándo su­cedió su conversión? ‑preguntó Marcelo.

Lúculo contestó, ‑Supe que lo
habían visitado en el calabozo los malditos cristianos, y que él se habría
unido a esa despreciable secta, en la cual se halla reu­nida toda la hez de la
humanidad. Es muy probable que se haya vuelto cristiano.

‑¿Y preferirá él morir antes que
pelear?

‑Así suelen proceder aquellos
fanáticos.

La sorpresa de aquel populacho
fue reemplazada por una ira salvaje. Les indignaba que un mero gla­diador se
atreviera a decepcionarles. Los lacayos se apresuraron a intervenir para que la
lucha continuara. Si en verdad Macer insistía en negarse a luchar debe­ría
sufrir todo el peso de las consecuencias.

Pero la firmeza del cristiano
era inconmovible. Ab­solutamente desarmado avanzó hacia el africano, a quien él
podría haber dejado muerto solamente con un golpe de su puño. El rostro del
africano se había torna­do en estos breves instantes cual el de un feroz
endemoniado. En sus siniestros ojos relumbraba una mez­cla de sorpresa y
regocijo loco. Recogiendo su espada y asiéndola firmemente se dispuso al ataque
con toda libertad, hundiéndola de un golpe en el corazón de Macer.

‑‑¡SEÑOR JESÚS, RECIBE MI
ESPIRITU! ‑Salieron esas palabras entre el torrente de sangre en medio del cual
este humilde pero osado testigo de Cristo dejó la tierra, uniéndose al
nobilísimo ejército de mártires.

‑¿Suele haber muchas escenas
como ésta? ‑pre­guntó Marcelo.

‑Así suele ser. Cada vez que se
presentan cristia­nos. Ellos hacen frente a cualquier número de fieras. Las
muchachas caminan de frente firmemente desa­fiando a los leones y a los tigres,
pero ninguno de es­tos locos quiere levantar su mano contra otros hom­bres.
Este Macer ha desilusionado amargamente a nuestro populacho. Era el más
excelente de todos los gladiadores que se han conocido; empero, al conver­tirse
en cristiano, cometió la peor de las necedades.

Marcelo contestó meditativo, ‑¡Fascinante
religión debe ser aquella que lleva a un simple gladiador a pro­ceder de la
manera que hemos visto!

‑Ya tendrás la oportunidad de
contemplar mucho más de esto que te admira.

‑¿Cómo así?

‑¿No lo has sabido? Estás
comisionado para desen­terrar a algunos de estos cristianos. Se han introduci­do
en las catacumbas y hay que perseguirlos.

‑Cualquiera pensaría que ya
tienen suficiente. So­lamente esta mañana quemaron cincuenta de ellos.

‑Y la semana pasada degollaron
cien. Pero eso no es nada. La ciudad íntegra se ha convertido en todo un
enjambre de ellos. Pero el Emperador Decio ha resuelto restaurar en toda su
plenitud la antigua re­ligión de los romanos. Desde que estos cristianos han
aparecido el imperio va en vertiginosa declinación. En vista de eso él se ha
propuesto a aniquilarlos por completo. Son la mayor maldición, y como a tal se
les tiene que tratar. Pronto llegarás a comprenderlo.

Marcelo contestó con modestia: ‑Yo
no he residi­do en Roma lo suficiente, y es así que no comprendo qué es lo que
los cristianos creen en verdad. Lo que ha llegado a mis oídos es que casi cada
crimen que sucede se les imputa a ellos. Sin embargo, en el caso de ser como tú
dices, he de tener la oportunidad de llegar a saberlo.

En ese momento una nueva escena
les llamó la aten­ción. Esta vez entró al escenario un anciano, de figu­ra
inclinada y cabello blanco plateado. Era de edad muy avanzada. Su aparición fue
recibida con gritos de burla e irrisión, aunque su rostro venerable y su
actitud digna hasta lo sumo hacían presumir que se le presentaba para despertar
admiración. Mientras las risotadas y los alaridos de irrisión herían sus oídos,
él elevó su cabeza al mismo tiempo que pronunció unas pocas palabras.

‑¿Quién es él? ‑preguntó
Marcelo.

‑Ese es Alejandro, un maestro de
la abominable secta de los cristianos, Es tan obstinado que se niega a
retractarse…

‑Silencio. Escucha lo que está
hablando.

‑Romanos, ‑dijo el anciano‑, yo
soy cristiano. Mi Dios murió por mí, y yo gozoso ofrezco mi vida por El. (Esta
persecución por el Emperador Decio fue desde el año 249 al 251 A. C., o sea que
duró como dos años y medio. Decio murió en batalla con los Godos más o menos a
fines de 251 A. C.)

Un bronco estallido de gritos e
imprecaciones salvajes ahogaron su voz. Y antes que aquello hubiera concluido,
tres panteras aparecieron saltando hacia él. El anciano cruzó los brazos, y
elevando sus miradas al cielo, se le veía mover los labios como musitando sus
oraciones. Las salvajes fieras cayeron sobre él mientras oraba de pie, y en
cuestión de segundos lo habían des­trozado.

Seguidamente dejaron entrar
otras fieras salvajes. Empezaron a saltar alrededor del ruedo intentando saltar
contra las barreras. En su furor se trenzaron en horrenda pelea unas contra
otras. Era una escena espantosa.

En medio de la misma fue
arrojada una banda de indefensos prisioneros, empujados con rudeza. Se tra­taba
principalmente de muchachas, que de este modo eran ofrecidas a la apasionada
turba romana sedienta de sangre. Escenas como ésta habrían conmovido el corazón
de cualquiera en quien las últimas trazas de sentimientos humanos no hubiesen
sido anuladas. Pe­ro la compasión no tenía lugar en Roma. Encogidas temerosas
las infelices criaturas, mostraban la humana debilidad natural al enfrentarse
con muerte tan terrible; pero de un momento a otro, algo como una chispa
misteriosa de fe las poseía y las hacía superar todo temor. Al darse cuenta las
fieras de la presencia d sus presas, empezaron a acercarse. Estas muchachas
juntando las manos, pusieron los ojos en los cielos, y elevaron un canto
solemne e imponente, que se elevó con claridad y bellísima dulzura hacia las
mansiones celestiales:

Al que nos amó,

Al que nos ha lavado de nuestros
pecados

En su propia sangre;

A1 que nos ha hecho reyes y
sacerdotes,

Para nuestro Dios y Padre;

A El sea gloria y dominio

Por los siglos de los siglos.

¡Aleluya! ¡Amén!

Una por
una fueron silenciadas las voces, ahogadas con su propia sangre, agonía y
muerte; uno por uno los clamores y contorsiones de angustia se confundían con
exclamaciones de alabanza; y estos bellos espíri­tus juveniles, tan heroicos
ante el sufrimiento y fieles hasta la muerte, llevaron su canto hasta unirlo
con los salmos de los redimidos en las alturas.

***

2 EL CAMPAMENTO PRETORIANO

Cornelio, el centurión, varón
justo y
temeroso de Dios.

MARCELO HABÍA NACIDO en Gades, y
se había cria­do bajo la férrea disciplina del ejército romano. Había estado en
destacamentos en África, en Siria y Breta­ña, y en todas partes se había
distinguido, no solamen­te por su valor en el campo de batalla sino también por
su sagaz habilidad administrativa, razones éstas por las cuales se había hecho
merecedor de honores y ascensos. A su llegada a Roma, adonde había venido
portando importantes mensajes, había agradado al Em­perador de tal manera que
le había destinado a un puesto honorable entre los pretorianos.

Lúculo, por el contrario, jamás
había salido de las fronteras de Italia, apenas quizá de la ciudad. Perte­necía
a una de las más antiguas y nobles familias ro­manas, y era, naturalmente,
heredero de abundantes riquezas, con la correspondiente influencia que a és­tas
acompaña. Había sido cautivado por el osado y franco carácter de Marcelo,
siendo así que los dos jóvenes se convirtieron en firmes amigos. El conocimien­to
minucioso que de la capital poseía Lúculo, le de­paraba la facilidad de servir
a su amigo; y las escenas descritas en el capítulo precedente fueron en una de
las primeras visitas que Marcelo hacía al renombrado Coliseo.

El campamento pretoriano estaba
situado junto a muralla de la ciudad, a la cual su hallaba unido por otra
muralla que lo circundaba. Los soldados vivían en cuartos a modo de celdas
perforadas en la misma pared. Era un cuerpo integrado por numerosos hombres
cuidadosamente seleccionados, y su posición en la capital les concedió tal
poder e influencia que por muchas edades mantuvieron el control del gobierno de
la capital. Un puesto de mando entre los pretoriano significaba un camino
seguro hacia la fortuna, y Marcelo reunía todas las condiciones para que se le
augurara un futuro pletórico de perspectivas y todos los honores que el favor
del Emperador podía depararle.

En la mañana del día siguiente,
Lúculo ingresó a su cuarto, y después de haber cambiado los saludos usuales y
de confianza, empezó a hablar respecto a la lucha que habían presenciado.

Marcelo dijo: ‑Tales escenas no
son de las que en verdad me agradan. Son actos de crasa cobardía. A cualquiera
le puede complacer el ver a dos hombres bien entrenados trabarse en pareja
lucha limpiamente; pero aquellas carnicerías que se ven en el Coliseo son
detestables. ¿Por qué había de matarse a Macer? El era uno de los más valientes
de los hombres, y yo tributo todo mi homenaje a su valentía inimitable. ¿Y por
qué se ha de arrojar a las fieras salvajes a aquellos ancianos y niños?

‑Es que ésos eran cristianos. Y
la ley es sagrada inquebrantable.

‑Esa es la respuesta de siempre.
¿Qué delito han cometido los cristianos? Yo me he encontrado con ellos por
todas partes del imperio, pero jamás los he visto entregados ni comprometidos
siquiera en perturbacio­nes o cosa semejante.

-Ellos son lo peor de la
humanidad.

-Esa es la acusación. Pero ¿qué
pruebas hay?

‑¿Pruebas? ‑Qué necesidad
tenemos de pruebas, si se sabe hasta la saciedad lo que son y hacen. Conspiran
en secreto contra las leyes y la religión de nuestro estado. Y tanta es la
magnitud de su odio contra las instituciones que ellos prefieren morir antes
que ofrecer sacrificio. No reconocen rey ni monarca algu­no en la tierra, sino
a aquel judío crucificado que ellos insisten en que vive actualmente. Y tanta
es su male­volencia hacia nosotros que llegan a afirmar que he­mos de ser
torturados toda nuestra vida futura en los infiernos.

‑Todo eso puede ser verdad. De
eso no entiendo nada. Respecto a ellos yo no conozco nada.

‑La ciudad la tenemos atestada
de ellos; el imperio ha sido invadido. Y ten presente esto que te digo. La
declinación de nuestro amado imperio que vemos y lamentamos por todas partes,
el que se hayan difundi­do, la debilidad y la insubordinación, la contracción
de nuestras fronteras: todo esto aumenta conforme aumentan los cristianos. ¿A
quién más se deben todos estos males, si no es a ellos?

-¿Cómo así han llegado ellos a
originar todo esto?

-Por medio de sus enseñanzas y
sus prácticas de­testables. Ellos enseñan que el pelear es malo, que los
soldados son los más viles de los hombres, que nues­tra gloriosa religión bajo
la cual hemos prosperado es una maldición, y que nuestros dioses inmortales no
son sino demonios malditos. Según sus doctrinas, ellos tienen como objetivo
derribar nuestra moralidad. En sus prácticas privadas ellos realizan los más
tenebrosos e inmundos de los crímenes. Ellos siempre mantienen entre sí el más
impenetrable secreto, pero a veces hemos llegado a escuchar sus perniciosos
discursos y sus impúdicos cantos.

‑A la verdad que, de ser todo
esto así, es algo sumamente grave y merecen el más severo castigo. Pero, de
acuerdo a tu propia declaración, ellos mantienen el secreto entre ellos, y por
consiguiente se sabe muy poco de ellos. Dime, aquellos hombres que sufrieron el
martirio ayer, ¿tenían apariencia de todo esto? Aquel anciano, tenía algo que
demostrara que había pasado su vida entre escenas de vicio? Eran acaso
impúdicos los cantos que elevaron esas bellísimas muchachas mientras esperaban
ser devoradas por los leo­nes?

Al que nos amó;

Al que nos ha lavado de nuestros
pecados con su sangre.

Y Marcelo cantó en voz baja y
suave las palabras que él había oído.

‑Te confieso, amigo, que yo en
el fondo de mi al­ma lamenté la suerte de ellos.

A lo que Marcelo añadió, ‑Y yo,
habría llorado si no hubiera sido soldado romano. Detente un momento y
reflexiona. Tú me dices cosas respecto a los cristia­nos que al mismo tiempo
confiesas que solamente las sabes de oídos, de labios de aquellos que también
ig­noran lo que dicen. Te atreves a afirmar que son in­fames y viles, el
desecho de la tierra. Yo personalmente los contemplo cuando afrontan la muerte,
que es la que prueba las cualidades más elevadas del alma. Le hacen frente con
toda nobleza, al extremo de mo­rir alegremente. Roma en toda su historia no
puede exhibir un solo ejemplo de escena de mayor devoción que la que
presenciamos ayer. Tú dices que ellos detestan a los soldados, pero son
sobremanera valientes; me dices que son traidores, sin embargo ellos no
resisten ­a la ley; haces declaraciones de que ellos son impuros, empero, si se
puede decir que exista pureza en toda la tierra, corresponde a las bellísimas
doncellas que murieron ayer.

-Te entusiasmas excesivamente
por aquellos parias.

-No es mero entusiasmo, Lúculo.
Yo deseo saber la verdad. Toda mi vida he oído estas referencias. Pero ante lo
que vi ayer juntamente contigo, por primera vez he llegado a sospechar de su
veracidad. Y ahora te pregunto a ti con todo mi afán, y descubro que tu
conocimiento no se funda en nada. Y hoy yo bien recuerdo que estos cristianos
por todo el mundo son personas pacíficas y honradas a toda prueba. Jamás toman
parte en levantamientos o perturbaciones, y estoy con­vencido que ninguno de
estos crímenes que se les imputan podrá probarse contra ellos. ¿Por qué,
entonces, se les mata?

‑Sin embargo el Emperador tiene
que tener buenas razones para haberlo dispuesto así.

-Bien puede él haber sido
instigado por consejeros ignorantes o maliciosos.

Tengo entendido que es una
resolución tomada por él mismo.

‑El número de los que han sido
entregados a la muerte de esa manera y por el mismo motivo es enorme.

‑Oh, sí, son algunos millares.
Quedan muchos más; pero es que no se les puede capturar. Y precisamente eso me
recuerda la razón de mi presencia acá. Te traigo la comisión imperial.

Lúculo extrajo de los dobleces
de su capa militar un rollo de pergamino, el cual entregó a Marcelo. Este
último examinó con avidez su contenido. Se le as­cendía a un grado mayor, al
mismo tiempo que se le comisionaba para buscar, perseguir y detener a los
cristianos en donde fuera que se hallasen ocultos, ha­ciéndose mención en
particular de las catacumbas.

Marcelo leyó con el ceño
fruncido y luego puso el rollo a un lado.

‑No pareces estar muy contento.

‑Te confieso que la tarea es
desagradable. Soy un soldado y no me gusta eso de andar a la caza de vie­jos
débiles y niños para los verdugos. Sin embargo, co­mo soldado debo obedecer.
Dime algo acerca de esas catacumbas.

‑Las catacumbas? Es un distrito
subterráneo que hay debajo de la ciudad, y cuyos límites nadie conoce. Los
cristianos huyen a las catacumbas cada vez que se hallan en peligro; también
están ya habituados a en­terrar a sus muertos allí. Una vez que logran pene­trar
allí, se pueden considerar fuera del alcance de los poderes del estado.

‑Quién hizo las catacumbas?

‑Nadie sabe con exactitud. El
hecho es que han existido allí por muchos siglos. Yo creo que fueron excavadas
con el objeto de extraer arena para edificacio­nes. Pues en la actualidad todo
nuestro cemento pro­viene de allí, y podrás ver innumerables obreros tra­yendo
el cemento a la ciudad por todos los caminos. En la actualidad tienen que ir
hasta una gran distan­cia, porque con el transcurso de los años han excava­do
tanto debajo de la ciudad que la han dejado sin fundamento.

‑Existe alguna entrada regular?

‑Hay entradas innumerables.
Precisamente esa es la dificultad. Pues si hubiera solamente unas pocas,
entonces podríamos capturar a los fugitivos. Pero así no podemos distinguir de
qué dirección hemos de avanzar contra ellos.

‑Hay algún distrito del cual se
sospecha?

‑Sí. Siguiendo por la Vía Apia,
como a dos mi­llas, cerca a la tumba de Cecilia Metella, la gran torre redonda
que conoces, allí se han encontrado muchos cadáveres. Hay conjeturas que esos
son cuerpos de los cristianos que han sido rescatados del anfiteatro y lle­vados
allá para ciarles sepultura. Al acercarse los guar­dias los cristianos han
dejado los cadáveres y han hui­do. Pero, después de todo, eso no ayuda en nada,
por­que después que uno penetra a las catacumbas, no pue­de considerar que está
más cerca del objetivo que an­tes. No hay ser humano que pueda penetrar a aquel
laberinto sin el auxilio de aquellos que viven allí mismos.

‑¿Quiénes viven allí?

‑Los excavadores, que aún se
dedican a cavar la cierra en busca de arena para las construcciones. Casi todos
ellos son cristianos, y siempre están ocupados a cavar tumbas para los
cristianos que mueren. Es­os hombres han vivido allí toda la vida, y no
solamente puede decir que están familiarizados con todos aquellos pasajes, sino
que tienen una especie de instinto que les guía.

‑Has entrado algunas veces a las
catacumbas, ¿ver­dad?

‑Una vez, hace mucho tiempo,
cuando un excava­dor me acompañó. Pero sólo permanecí allí un corto tiempo. Me
dio la impresión de ser el lugar más te­rrible que hay en el mundo.

‑Yo he oído hablar de las
catacumbas, pero en realidad no sabía nada respecto a ellas. Es extraño que
sean tan poco conocidas. ¿No podrían esos excavado­res comprometerse a guiar a
los guardias por todo ese laberinto?

‑No, ellos no entregarían a los
cristianos.

‑Pero, ¿se ha intentado hacerlo?

‑Oh, sí. Algunos obedecen y
guían a los oficiales de la justicia a través de la red de pasajes, hasta que
llega un momento en que casi pierden el sentido. Las antorchas casi se
extinguen, llegando ellos a aterro­rizarse. Y entonces piden que se regrese. El
excavador expresa que los cristianos deben haber huido, y así re­gresa al
oficial al punto de partida o ingreso.

‑¿Y ninguno tiene la suficiente
resolución de seguir hasta llegar a encontrar a los cristianos?

‑Si insisten en continuar la
búsqueda, los excava­dores les guían hasta cuando quieran. Pero lo hacen por
los incontables pasajes que interceptan algunos dis­tritos particulares.

‑¿Y no se ha encontrado uno solo
que entregue a los fugitivos?

‑Sí, algunas veces. Pero, ¿de
qué sirve? A la pri­mera señal de alarma todos los cristianos desaparecen por
los conductos laterales que se abren por todas par­tes.

‑Mis perspectivas de éxito
parecen muy pocas.

‑Podrán ser muy pocas, pero
mucha esperanza se tiene cifrada en tu osadía v sagacidad. Pues si llegas a
tener éxito en esta empresa que se te comisiona, ha­brás asegurado tu fortuna.
Y ahora, ¡buena suerte! Te he dicho todo lo que yo conozco. No tendrás
dificultad en aprender mucho más de cualquiera de los excava­dores.

Eso decía Lúcido al mismo tiempo
que se marchaba. Marcelo hundió su rostro entre las manos, y se sumió en
profundos pensamientos. Empero, en medio de su meditación le perseguía, como
envolviéndole, la otra cada vez más penetrante de aquella gloriosa melodía que
evidenciaba el triunfo sobre la muerte: Al que nos amó. Al que nos ha lavado de
nuestros pecados.

***

3 LA VIA APIA

Sepulcros en despliegue de melancolía.
Guardan de los poderosos las cenizas
Que duermen en la Vía Apia.

MARCELO
SE ENTREGO de lleno y sin perder un mo­mento a cumplir la comisión a que se le
había destina­do. El día siguiente se dedicó a la investigación. Como se
trataba de una correría de mera indagación, no se hizo acompañar por soldado
alguno. Partiendo del cuartel de los pretorianos, tomó la Vía Apia hacia las
afueras de la ciudad.

Una sucesión de tumbas se
alineaba a ambos costa­dos de esta vía famosa, cuya magnífica conservación
corría a cargo de las cuidadosas familias a quienes per­tenecían. A cierta
distancia del camino quedaban las casas y las villas, tan igualmente apiñadas
como en el centro de la ciudad. Mucha distancia quedaba aún por recorrer para
llegar al campo abierto.

Finalmente llegó el caminante a
la enorme torre re­donda, que se levanta a unas dos millas de la puerta.
Construida de enormes bloques de travertino, había sido ornamentada con la más
imponente belleza y sen­cillez al mismo tiempo. El estilo austero de tan sólida
construcción le imprimía un aire de firme desafío con­tra los embates del
tiempo.

A esta altura Marcelo se detuvo
para contemplar lo que había recorrido. Roma tenía la virtud de ofrecer una
vista nueva y a cual más interesante a aquel obser­vador que recién la conocía.
Lo más notorio aquí era la interminable fila de tumbas. Hasta este punto de re­poso
inevitable habían llegado en su marcha triunfal las grandes, los nobles y los
valientes de los tiempos basados, cuyos epitafios competían en hacer públicos
sus honores terrenales, en contraste con la incertidum­bre de sus perspectivas
en el ignoto de una vida, por ventura, sin fin. Las artes al servicio de la
riqueza ha­bían erigido estos pomposos monumentos, y el afecto piadoso de los
siglos los había preservado hasta el mo­mento. Precisamente frente a él tenía
el mausoleo su­blime de Cecilia Metella. Más allá estaban las tumbas de
Catalino y los Servili. Aun más allá se encontró su mirada con el lugar de
reposo de Escipión, cuya clásica arquitectura clasificaba su contenido con
“el polvo de sus heroicos moradores.”

A su mente acudieron las
palabras de Cicerón: “¿Cuando salís por la Puerta Capena, y veis las tumbas le
Catalino, de los Escipiones, de los Servili, y de los Servili, os atrevéis a
pensar que los que allí sepultos reposas son infelices?”

Allí estaba el Arco de Druso
limitando el ancho de la vía. En uno de los lados estaba la gruta histórica de
Egeria, y a corta distancia el lugar elegido una vez por Aníbal para lanzar su
jabalina contra las murallas de Roma. Las interminables hileras de tumbas
seguían hasta que a la distancia terminaban en la monumental pirámide de Gayo
Cestio, ofreciendo todo este conjunto el más grande escenario de magnificencia
sepulcral que se podía encontrar en toda la tierra.

Por todos los lados la tierra se
hallaba cubierta de las moradas del hombre, porque hacía largo tiempo que la
ciudad imperial había rebasado sus límites origina­les, y las casas se habían
desparramado a todos los la­dos por el campo que la circundaba, hasta el
extremo que el viajero apenas podía distinguir en dónde termi­naba el campo y
dónde empezaba la ciudad.

Desde la distancia parecía
saludar al oído el barullo de la ciudad, el rodar de los numerosos carros, el
reco­rrer multitudinario de tantos pies presurosos. Delante de él se levantaban
los monumentos, el blanquísimo lustre del palacio imperial, las innumerables
cúpulas y columnas formando torres elevadas, como una ciu­dad en el aire, por
encima de todo el excelso Monte Ca­pitolino, en cuya cumbre se eleva el templo
de Jove.

Empero, tanto más impresionante
que el esplendor del hogar de los vivos era la solemnidad de la ciudad de los
muertos.

¡Qué derroche de gloria
arquitectónica se desple­gaba alrededor de él! Allí se elevaban orgullosos los
monumentos de las grandes familias de Roma. El he­roísmo, el genio, el valor,
el orgullo, la riqueza, todo aquello que el hombre estima o admira, animaban
aquí las elocuentes piedras y despertaban la emoción. Aquí estaban las formas
visibles de las más altas influencias de la antigua religión pagana. Empero sus
efectos so­bre el alma nunca correspondieron con el esplendor de sus formas
exteriores o la pompa de sus ritos. Los epitafios de los muertos no
evidenciaban ni un ápice de fe, sino amor a la vida y sus triunfos; nada de
segu­ridad de una vida inmortal, sino un triste deseo egoísta de los placeres
de este mundo.

Tales eran los pensamientos de
Marcelo, mientras meditaba sobre el escenario que tenía delante de sí, re­pitiéndosele
insistentemente el recuerdo de las palabras de Cicerón: “¿Os atrevéis a
pensar que los que allí se­pultos reposan son infelices?”

Siguió pensando ahora,
“Estos cristianos, en cuya búsqueda me encuentro, parecen haber aprendido
más lo que yo puedo descubrir en nuestra filosofía. Ellos, parecen no solamente
haber conquistado el temor a la muerte, sino que han aprendido a morir gozosos.
¿Qué poder secreto tienen ellos que llega a inspirar aun a los más jóvenes y a
los más débiles de ellos? Cuál es el significado oculto de sus cantos? Mi
religión puede solamente tener esperanza que tal vez no seré infeliz; empero,
la de ellos les lleva a morir con cantos de triunfo, de regocijo.”

Pero ¿qué iba a hacer para poder
continuar su búsqueda de los cristianos? Multitud de personas pasaban unto a él,
pero él no podía descubrir uno solo capaz de, ayudarle. Edificios de variados
tamaños, murallas, tumbas y templos le rodeaban por todas partes, pero él no
veía lugar alguno que pudiera conducirle a las catacumbas. Se hallaba
completamente perdido y sin saber qué hacer.

Entró por una calle caminando
lentamente, tratando de hacer un escrutinio cuidadoso de cada persona quien
encontraba, y examinando minuciosamente cada edificio. Con todo, no obtuvo el
menor resultado, salvo el haber descubierto que la apariencia exterior de
cuanto le rodeaba no mostraba señales que se relacionasen con moradas
subterráneas. El día pasó, y empezó a hacerse tarde; pero Marcelo recordó que
le ha­bían dicho que había muchas entradas a las catacum­bas, y fue así que
continuó su búsqueda, esperando ha­llar un derrotero antes de la caída del día.

Al fin fue compensada su
búsqueda. Había caminado en todas direcciones, a veces recorriendo sus propias
pisadas y volviendo de nuevo al mismo punto de partida para reorientarse. Las
sombras crepusculares se acercaban y el sol se aproximaba a su ocaso. En esas
circunstancias su ojo avizor fue atraído hacia un hom­bre que en dirección
opuesta caminaba seguido de un pequeñuelo. La vestimenta del hombre era de
burda confección y además manchada de arena, barro y ar­cilla. Su aspecto
enjuto y pálido rostro evidenciaban que era alguien que había estado largo
tiempo en pri­siones, y así toda su apariencia exterior atrajo la atenta mirada
del joven soldado.

Se acercó a aquel hombre, y no
sin antes ponerle la mano sobre el hombro, le dijo:

‑Tú eres cavador. Ven conmigo.

Al levantar el hombre la mirada,
se dio con un rostro severo. Y la presencia del vestido del oficial le atemo­rizó.
Al instante desapareció, y antes que Marcelo pu­diera dar el primer paso en su
persecución, había to­mado un encaminamiento lateral y se había perdido de
vista.

Pero Marcelo cogió al muchacho.

‑Ven conmigo ‑le dijo.

El pobre niño no pudo hacer más
que mirarlo, pero con tal agonía y miedo que Marcelo fue conmovido.

‑Tenga misericordia de mí, le
pido por mi madre. Si Ud. me detiene, ella morirá. El niño se echó así a sus
pies, balbuciendo solamente aquello en forma entrecortada.

‑No te voy a hacer ningún daño;
ven conmigo ‑y así lo condujo hacia e1 espacio abierto apartado del lu­gar por
donde tanta gente estaba circulando. ‑Ahora que estamos solos ‑le dijo
deteniéndose y mirándo­lo‑, dime la verdad. Quién eres tú?

‑Me llamo Polio ‑dijo el niño.

‑Dónde vives?

‑En Roma.

‑ Qué estás haciendo aquí?

‑Salí a hacer un mandado.

‑Quién era ese hombre?

‑Un cavador.

‑Qué estabas haciendo tú con él?

‑El me estaba llevando un bulto.

‑Qué contenía el bulto?

‑Provisiones.

‑¿A quién se lo llevabas?

‑A una persona menesterosa por
allá.

‑¿Dónde vive esa persona?

‑Acá cerca, no más.

‑Ahora, muchacho, dime la
verdad. ¿Sabes tú algo sobre las catacumbas?

‑He oído hablar de ellas ‑dijo
el niño tranquila­mente.

‑¿Nunca estuviste dentro de
ellas?

‑Sí, he estado en algunas de
ellas.

‑Conoces a alguien que vive
allí?

‑Sí, algunas personas. Los
cavadores viven allí.

‑Tú te ibas a las catacumbas con
él?

‑Qué voy a ir a hacer allí a
esta hora? ‑dijo el niño inocentemente.

‑Eso precisamente es lo que
quiero saber. ¿Te ibas para allá?

‑¿Cómo me voy a atrever a ir
allá, cuando es pro­hibido por la ley?

Marcelo dijo abruptamente, ‑Ya
es de noche. Va­mos al servicio de la noche en aquel templo.

El menor vaciló, y luego dijo, ‑Estoy
de prisa.

‑Pero en este momento tú eres mi
prisionero. Yo nunca dejo de ir a adorar a mis dioses. Tú tienes que venir
conmigo y ayudarme en mis servicios devocio­nales.

A lo que el niño contestó
firmemente, ‑Yo no puedo.

‑Por qué no puedes?

‑Pues soy cristiano.

‑Yo lo sabía. Y tú tienes amigos
en las catacumbas, y tú te vas para allá ahora. Ellos son la gente meneste­rosa
a quienes les estas llevando esas provisiones, y el mandado que dices es en
beneficio de ellos.

El niño inclinó la cabeza y
guardó silencio.

‑Quiero que tú me lleves ahora
mismo a la entrada a las catacumbas.

‑Oh, usted que veo que es un
oficial generoso, ¡ten­ga misericordia de mí! No me pida una tal cosa, por­que
no puedo hacerlo. Jamás voy yo a traicionar a mis amigos.

‑Tu no vas a traicionarlos. No
quiere decir nada que me muestres una entrada entre las muchas que conducen
allá abajo. ¿Crees que los guardias no las conocen a cada una?

El muchacho reflexionó por un
momento, y final­mente manifestó su asentimiento.

Marcelo lo tomó de 1a mano y se
entregó para que lo condujese. El niño volteó hacia la derecha de la Vía Apia,
y después de recorrer una corta distancia, llegó a una casa inhabitada. Entró
en ella y bajó al só­tano. Allí había una puerta que aparentemente daba a un
sencillo depósito. El niño señaló ese lugar y se detuvo.

‑Yo deseo bajar allá ‑‑‑dijo
Marcelo firmemente.

‑¿Seguro que usted no se
atrevería a bajar allí solo?

‑Dicen que los cristianos no
cometen delitos. ¿De qué habría yo de temer? Sigamos.

‑Yo no tengo antorchas.

‑Pero yo tengo. Yo vine
preparado. Vamos.

‑Yo no puedo seguir más.

‑¿Te niegas?

El muchacho replicó: ‑Debo
negarme. Mis amigos, mis parientes se hallan allá abajo. Antes que conducirle a
Ud., allá donde están ellos yo moriría cien veces.

‑Tú eres muy osado. Pero no
sabes lo que es la muerte.

‑¿Que yo no lo sé? Qué cristiano
hay que tema ir a la muerte? Yo he visto a muchos de mis amigos morir la
agonía, y aun he ayudado a sepultarlos. Yo no le conduciré a Ud. allá. Lléveme
a la prisión. El niño dio media vuelta.

‑Pero si yo te llevo ¿qué
pensarán tus amigos? Tienes madre?

El niño inclinó la cabeza y se
echó a llorar amarga­mente. La mención de aquel nombre querido le había
vencido.

‑Ya veo que tienes madre y que
la amas. Llévame abajo y la volverás a ver.

‑Yo jamás les traicionaré, ya le
he dicho. Antes moriré. Haga conmigo lo que quiera Ud. ‑Si yo tuviera malas
intenciones,

¿crees te que bajaría sin
hacerme acompañar por soldados? ‑dijo Marcelo.

‑Pero ¿qué puede querer un
soldado, o un pretoriano, con los perseguidos cristianos, sino destruirlos?

‑Muchacho, yo no tengo malas
intenciones. Si tú me guías abajo te juro que no haré nada contra tus amigos.
Cuando yo esté abajo, yo seré un prisionero, y ellos pueden hacer conmigo lo
que quieran.

‑¿Me jura Ud. que no los
traicionará?

‑Yo juro por la vida de César, y
por los dioses inmortales, ‑dijo Marcelo solemnemente.

‑Vamos, entonces ‑dijo el niño‑.
No necesitamos antorchas. Sígame cuidadosamente. Y el menor penetró por la
estrechísima abertura.

***

4 LAS CATACUMBAS

Nada de luz, sino sólo tinieblas que descubrían cuadros de angustia, Regiones de dolor, funestas
sombras.

SIGUIERON
EN LA DENSA OBSCURIDAD, hasta que al fin el pasaje se tornó más ancho y
llegaron a unas gradas que conducían hacia abajo. Marcelo, cogido del vestido
del niño, lo seguía.

Era
ciertamente una situación que provocaba alar­ma. Pues se estaba entregando en
manos de aquellos hombres, a quienes precisamente la clase a que él per­tenecía
los había privado del aire libre, hundiéndolos en aquellas tétricas moradas.
Para ellos él no podía ser reconocido de otro modo sino como perseguidor. Pero
la impresión que en él había dejado la gentileza y humildad de ellos era tal
que él no tenía el menor temor de sufrir daño alguno. Estaba sencillamente en
manos de este niño que bien podía conducirlo a la muerte en las densas
tinieblas de este impenetrable laberinto, pe­ro ni siquiera pensaba en ello.
Era el deseo ferviente de conocer más de estos cristianos, lograr su secreto,
lo que le guiaba a seguir adelante; y conforme había jurado, así había resuelto
que esta visita no sería utili­zada para traicionarlos o herirlos.

Después de descender por algún
tiempo, se hallaban caminando por terreno a nivel. De pronto voltearon y entraron a una pequeña cámara abovedada, que se ha­llaba alumbrada por
la débil fosforescencia de un hogar. El niño había caminado con paso firme sin
la menor vacilación, como quien está perfectamente fami­liarizado con la ruta.
Al llegar a aquella cámara, en­cendió la antorcha que estaba en el suelo, y
reempren­dió su marcha.

Hay siempre un algo inexplicable en el aire de un campo santo que no es
posible comparar con el de ningún otro lugar. Prescindiendo del hecho de la
reclu­sión, la humedad, el mortal olor a tierra, hay una cier­ta influencia
sutil que envuelve tales ámbitos con tanta intensidad que los hace tanto más
aterradores. Allí campea el hálito de los muertos, que posa tanto en el alma
como en el cuerpo. He allí la atmósfera de las ca­tacumbas. El frío y la
humedad atacaban al visitante, cual aires estremecedores del reino de la
muerte. Los vivos experimentaban el poder misterioso de la muerte.

Polio caminaba adelante, seguido por Marcelo. La antorcha iluminaba
apenas las densas tinieblas. Los destellos de luz del día, ni aun el más débil
rayo, jamás podrían penetrar aquí para aliviar la deprimente den­sidad de estas
tinieblas. La oscuridad era tal que se podía sentir. La luz de la antorcha dio
su lumbre gólo unos pocos pasos, pero no tardó en extinguirse en tan­tas
tinieblas.

La senda seguía tortuosamente haciendo giros in contables.
Repentinamente Polio se detuvo y señaló ha­cia abajo. Mirando por entre la
lobreguez, Marcelo vio una abertura en la senda que conducía aun más abajo de
donde ya estaban. Era un foso sin fondo visible.

-¿Adónde conduce? Abajo.

-¿Hay más pasillos abajo?

-Oh, sí. Hay tantos como acá; y aun debajo de siguiente sección hay
otros. Yo sólo he estado en pisos diferentes de estas sendas, pero algunos
viejos cavadores dicen que hay algunos lugares en que se puede bajar a una
enorme profundidad.

El pasillo serpenteaba de tal modo que toda idea de ubicación se perdía
por completo. Marcelo ya no podía precisar si se hallaba a unos cuantos pasos
de la entrada o a muchos estadios. Sus perplejos pensamientos tardaron en
tornarse hacia otras cosas. Al pasarle primera impresión de las densas
tinieblas, se dedicó mirar más cuidadosamente a lo que se le presentaba la
vista, cada vez más maravillado del extraño recinto. A lo largo de las murallas
había planchas semejantes a lápidas que parecían cubrir largas y estrechas
excavaciones. Estos nichos celulares se alineaban a ambos lados tan
estrechamente que apenas quedaba entre uno y otro. Las inscripciones que se
veían en planchas evidenciaban que eran tumbas de cristianos. No tuvo tiempo de
detenerse a leer, pero había una nota la repetición de la misma expresión, tal
como:

HONORIA
– ELLA DUERME EN PAZ

FAUSTA
– EN PAZ

En casi todas las planchas ¿él vio la misma dulce benigna palabra.
“PAZ,” pensaba Marcelo. “Que gente más maravillosa son estos
cristianos, que aun en medio de escenarios como éste abrigan su sublime desdén
a la muerte.”

Sus ojos se habituaban cada vez mejor a las tinieblas conforme
avanzaba. Ahora el pasillo empezaba a estrecharse; el techo se inclinaba y los
lados se acercaban; ellos tenían que agacharse y caminar más despacio. Las
murallas eran toscas y rudamente cortadas conforme las dejaban los trabajadores
cuando extraían dc aquí su última carga de arena para los edificios del
exterior. La humedad subterránea y las acrecencias de honguillos se hallaban
regadas por todas partes, agravando todo su color tétrico, saturando el aire de
pesada humedad, mientras que el humo de las antorchas hacía la atmósfera tanto
más depresiva.

Pasaron centenares de pasillos y decenas de lugares en que se
encontraban numerosas sendas, que se sepa­raban en diferentes direcciones.
Estas innumerables sendas demostraban a Marcelo hasta qué punto se ha­llaba
fuera de toda esperanza, cortado del mundo del exterior. Este niño lo tenía en
sus manos.

-¿Suelen perderse algunas personas acá?

-Con gran frecuencia.

-¿Qué pasa con ellos?

-Algunas veces vagan hasta que encuentran a al­gún amigo; algunas otras
veces nunca más se oye na­da de ellos. Pero en la actualidad la mayoría de noso­tros
conocemos el lugar tan bien, que si nos perdernos, no tardamos en llegar de
nuevo, a tientas, a alguna senda conocida.

Una cosa en particular impresionó mayormente al joven oficial, y era la
inmensa preponderancia de las tumbas pequeñas. Polio le explicó que esas
pertenecían a niños. Ello le despertó sentimientos y emociones que no había
experimentado antes.

“¡Niños!” pensaba él. “¿Qué hacen ellos? ¿Los jóvenes,
los puros, los inocentes? ¿Por qué no fueron se­pultados arriba, en donde los
rayos bienhechores del sol los abrigarían y las flores adornarían sus tumbas?
Acaso ellos hollaron senderos tan tenebrosos como estos en sus cortos días de
vida? ¿Acaso ellos hubieron de compartir su suerte con aquellos que recurrieron
a estos tétricos escondites en su huida de la persecución? ¿Acaso el aire
deletéreo de esta interminable tristeza de estas pavorosas moradas aminoró sus
pre­ciosas vidas infantiles, y quitó de la vida sus inmacu­lados espíritus
antes de su tiempo de madurez?

Marcelo, como en un suspiro, preguntó, -Largo tiempo hace que nos
encontramos en esta marcha, ¿es­tamos ya para llegar?

El niño le contestó, -Muy pronto llegaremos.

Sean cuales hayan sido las ideas que Marcelo abri­gaba antes de llegar
acá en cuanto a la caza de estos fugitivos, ahora se había convencido que todo
intento de hacerlo era absolutamente en vano. Todo un ejér­cito de soldados
podía penetrar aquí y jamás llegar ni siquiera a ver un solo cristiano. Y
cuanto más se alejara, tanto más desesperanzada sería la jornada. Ellos podrían
diseminarse por estos innumerables pasillos y vagar por allí hasta encontrar la
muerte.

Pero ahora un sonido apenas perceptible, como de gran distancia, atrajo
su atención. Dulce y de una dul­zura indescriptible, bajísimo y musical, venía
proce­dente de los largos pasillos, llegando a encantarle como si fuera uña voz
de las regiones celestiales.

Continuaron su lenta marcha, hasta que una luz brilló delante de ellos,
hiriendo las densas tinieblas con sus rayos. Los sonidos aumentaban, elevándose
de pronto en un coro de magnificencia imponderable, para luego disminuir y
menguar hasta tornarse en unos lamentos de penitentes súplicas.

Dentro de unos cuantos minutos llegaron a un to en que tuvieron que
voltear en su marcha, desembocando ante un escenario que bruscamente apareció
delante de sus ojos.

-¡Alto! -exclamó Polio, al mismo tiempo que tenía a su compañero y
apagaba la luz de la antorcha que les había guiado hasta aquí. Marcelo
obedeció, y miró con profunda avidez al espectáculo que se le ofrecía a la
vista. Estaban en una cámara abovedada como de unos cinco metros de alto y diez
en cuadro. Y en tan reducido espacio se albergaban como cien per­sonas, hombres,
mujeres y niños. A un lado había una mesa, tras la cual estaba de pie un
anciano venerable, el cual parecía ser el dirigente de ellos. El lugar se ha­llaba
iluminado con el reflejo de algunas antorchas que arrojaban su mortecina luz
rojiza sobre la asam­blea toda. A los presentes se les veía cargados de in­quietud
y demacrados, observándose en sus rostros la misma característica palidez que
habla visto en el ca­vador. ¡Ah, pero la expresión que ahora se veía en ellos
no era en lo absoluto de tristeza, ni de miseria ni de desesperación! ¡Más bien
una atractiva esperanza iluminaba sus ojos, y en sus rostros se dibujaba un
gozo victorioso y triunfal. ¡El alma de este observador fue conmovida hasta lo
más íntimo, porque no era sino la confirmación anhelada inconscientemente de
todo cuanto había admirado en los cristianos: su heroísmo, su esperanza, su
paz, que se fundaban necesariamente en algo, escondido, oculto, lejano para él!
Y mientras permanecía estático y silencioso, escuchó el canto entonado con el
alma por esta congregación:

Grandes
y maravillosas son tus obras,

Señor
Dios todopoderoso.

Justos
y verdaderos son tus caminos,

Tú,
oh Rey de los santos.

¿Quién
no Te temerá, oh Dios, y ha de glorificar

Tu
sagrado Nombre?

Porque
Tú solo eres santo.

Porque
todas las naciones han de venir y adorar delante

De
Ti,

Porque
tus juicios se han manifestado.

A esto siguió una pausa. El dirigente leyó algo en un rollo que hasta
el momento era desconocido Marcelo. Era la aseveración más sublime de la
inmortalidad del alma, y de la vida después de la muerte. La congregación toda
parecía pendiente del majestuoso poder de estas palabras, que parecían
transmitir há­litos de vida. Finalmente el lector llegó a prorrumpir en una
exclamación de gozo, que arrancó clamores de gratitud y la más entusiasmada
esperanza de parte de toda la congregación. Las palabras penetraron al corazón
del observador recién llegado, aunque él todavía no comprendía la plenitud de
su significado: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh se­pulcro,
tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del
pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro
Jesucristo.”

Estas palabras parecieron descubrir un nuevo mun­do ante su mente, con
novísimos pensamientos. ¡El pecado, la muerte, Cristo, con toda aquella
infinita se­cuela de ideas relacionadas, aparecían débilmente per­ceptibles
para su alma, que, más que despertar, pare­cía resucitar! ¡Ahora mayormente
ardía en él un an­helo vivo por llegar a conocer el secreto de los cristia­nos,
anhelo que hasta saciar no pararía!

El que dirigía levantó la cabeza reverente, extendió los brazos y habló
fervientemente con Dios. Se diri­gía al Dios invisible como viéndolo, expresaba
su con­fesión e indignidad, y expresaba las gracias por el limpiamiento de los
pecados, merced a la sangre ex­piatoria de Jesucristo. Pedía que el Espíritu
Santo des­de lo alto descendiera a obrar dentro de ellos para que los
santificara. Luego enumeró sus agonías, y pidió que fueran librados, pidiendo
la gracia de la fe en la vida, la victoria en la muerte, y la abundante entrada
en los cielos en el nombre del Redentor, Jesús.

Después de esto siguió otro canto que fue cantado como el anterior:

He
aquí el tabernáculo de Dios con los hombres,

Y El
morará con ellos,

Y
ellos serán su pueblo,

Y el
mismo Dios será con ellos

Y
será su Dios.

Y
Dios enjugará toda lágrima de sus ojos,

Y no
habrá más muerte, ni tristeza,

Ni
gemidos,

Ni
tampoco habrá más dolor,

Porque
las cosas viejas pasaron. Amén.

Bendición,
gloria y sabiduría,

Y
hacimiento de gracias, y honor, y potencia, y magnificencia,

Sea
a nuestro Dios

Por
los siglos de los siglos. Amén.

Y después de esto la congregación empezó a disper­sarse. Polio avanzó
hacia adelante conduciendo a Marcelo. Pero ante la presencia de su figura
marcial y su relumbrante armadura todos retrocedieron e intenta­ron huir por
los diferentes senderos. Pero Marcelo cla­mó en alta voz:

-¡No temáis, cristianos; yo me rindo ante vosotros, estoy en vuestro
poder!

Ante ello, todos ellos volvieron, y luego lo miraron con ansiosa
curiosidad. El anciano que había dirigido la reunión avanzó hacia él y le
dirigió una mirada fir­me y escudriñadora.

-¿Quién eres tú, y por qué nos persigues aun hasta este último
escondite de reposo que se nos deja en la tierra?

-Tened a bien no sospechar el mínimo mal de par­te mía. Yo vengo solo,
sin escolta ni ayuda. Estoy a merced de vosotros.

-Pero, por ventura, ¿qué puede desear de nosotros un soldado, y tanto
peor, un pretoriano? ¿Estás acaso perseguido? ¿Eres acaso un criminal? ¿Está tu
vida en peligro?

-De ninguna manera. Yo soy oficial de alta gra­duación y autoridad, y
es el caso que toda mi vida he andado ansiosamente buscando la verdad. Y he
oído mucho respecto a vosotros los cristianos; empero en es­ta época de
persecución es difícil hallar uno solo de vosotros en Roma. Y es por eso que he
venido hasta aquí en vuestra búsqueda.

Ante esto, el anciano pidió a la asamblea que se retirase, a fin de que
él pudiera conversar con el recién llegado. Los otros en el acto lo hicieron
así y se alejaron por diferentes encaminamientos, sintiéndose más tran­quilos.
Una mujer pálida se adelantó hacia Polio y lo tomó en sus brazos.

-¡Cuánto te tardaste, hijo mío!

-Madre querida, me encontré con este oficial, y me tuve que detener.

-Gracias sean a Dios nuestro Señor que estás bien. Pero ¿quién es él?

A lo que el muchacho contestó diciendo confiada­mente, -Yo creo que él
es un hombre honrado. Ya ves cómo confía en nosotros.

El dirigente intervino diciendo, -Cecilia, no te va­yas, espérate un
momentito. -La mujer se quedó, ha­biendo hecho lo mismo unas pocas personas
más.

-Yo me pongo a tus órdenes, soy Honorio dijo el anciano, dirigiéndose a
Marcel. Soy un humil­de anciano en la Iglesia de Jesucristo. Yo creo que tú
eres sincero y de buena fe. Dime pues ahora, qué es lo que quieres de nosotros.

-Por mi parte, me pongo a sus órdenes. Me llamo Marcelo, y soy capitán
de la guardia pretoriana.

– ¡Ay de mí! exclamó Honorio, juntando las manos al mismo tiempo que
caía sentado sobre su asien­to. Los otros miraron a Marcelo apesadumbrados, y
la mujer, Cecilia, clamó agonizante de dolor.

-¡oh, Polio querido! ¡Cómo nos has traicionado!

***

5 EL SECRETO DE LOS CRISTIANOS

El misterio de la piedad, Dios manifestado en carne.

EL JOVEN OFICIAL permaneció atónito al darse cuen­ta del efecto que su
solo nombre había producido.

Y reaccionando dijo: -¿Por qué todos tembláis de ese modo? ¿ Es por
ventura a causa de mí?

Honorio le contestó: -Ay de mí. Aunque proscri­tos nos hallamos en
estos lugares, tenemos constante comunicación con la ciudad. Estamos enterados
de que nuevos esfuerzos han de hacerse para perseguirnos con mas severidad, y
que Marcelo, capitán de los pretorianos, ha sido designado para buscarnos. Y en este momento a ti te
vemos en nuestra presencia, a nuestro principal enemigo. ¿No es ésta suficiente
cau­sa para que temamos? ¿Por qué habrías tú de perseguirnos hasta este lugar?

Marcelo exclamó: -No tenéis causa para temerme, aun en el caso que yo
fuese vuestro peor enemigo. ¿ No estoy en poder de vosotros? Si
quisiereis dete­nerme, ¿podría yo escapar? Si quisiereis matarme, ¿podría yo
resistir? Estoy sencillamente entre vosotros tal como me veis, sin ninguna
defensa. El hecho de encontrarme aquí solo es prueba de que no hay peli­gro de
parte mía.

Honorio, reasumiendo su aire de calma, dijo: -Verdaderamente, tienes
razón; tú de ninguna manera podrías regresar sin nuestra ayuda.

-Escuchadme, pues, que yo os explicaré todo. Yo soy soldado romano.
Nací en España y fui criado en la virtud y la moralidad. Se me enseñó a temer a
los dioses y a cumplir con mi deber. Yo he estado en mu­chas tierras y me he
dedicado por entero a mi profe­sión. Sin embargo, nunca he descuidado mi
religión. En mis habitaciones he estudiado todos los escritos de los filósofos
de Grecia y de Roma. Como resultado de ello he aprendido a desdeñar nuestros
dioses y diosas, los que no son mejores, y más bien son peores que yo mismo.

-Platón y Cicerón me han enseñado que hay una Deidad suprema a la que
es mi deber obedecer. Pero ¿cómo lo puedo conocer y cómo le debo obedecer?
También he aprendido que yo soy inmortal, y que cuando muera me he de convertir
en espíritu. ¿Cómo seré entonces? ¿Seré feliz o miserable? ¿Cómo puedo yo
asegurarme la felicidad en la vida espiritual? Ellos describen con derroche de
elocuencia las glorias de la vida inmortal, pero no dan instrucciones para los
hombres comunes como yo. Pues el llegar a saber todo esto es lo que constituye
el anhelo vivo de mi alma.

-Los sacerdotes son incapaces de decir nada. Ellos se encuentran
enlazados con antiguos formalismos y ceremonias en las cuales ellos mismos
jamás han creído. La antigua religión es muerta; son los hombres los que la
mantienen en pie.

-En
las diferentes tierras por donde he andado, he oído mucho sobre los cristianos.
Pero encerrado, como lo he estado en mi cuartel siempre, jamás he tenido la
feliz oportunidad de conocerlos. Y para ser franco, no me he interesado por
conocerlos hasta últimamen­te. He oído los informes comunes de su inmoralidad,
sus vicios secretos, sus pérfidas doctrinas. Y desde luego hasta hace poco yo
creía todo eso.

-Hace unos pocos días estuve en el Coliseo. Allí recién aprendí algo
respecto a los cristianos. Yo con­templé al gladiador Macer, un varón a quien
el temor era desconocido, y él prefirió hacerse quitar la vida, antes que hacer
lo que él creía que era malo. Vi un venerable anciano hacer frente a la muerte
con una pacífica sonrisa en sus labios; y, sobre todo, vi un puñado de
muchachas que entregaron su vida a las fie­ras salvajes con un canto de triunfo
en sus labios:

Al
que nos amó,

Al
que nos ha lavado de nuestros pecados

Lo que Marcelo expresó produjo un efecto maravi­lloso. Los ojos de los
que escuchaban resplandecían de gozo y vehemencia. Cuando él mencionó a Macer,
ellos se miraron los unos a los otros con señas signifi­cativas. Cuando él
habló del anciano, Honorio inclinó la cabeza. Cuando habló de los niños y
muchachas, y musitaron las palabras del himno que cantaron, todos vol­tearon el
rostro y lloraron.

-Fue aquella vez la primera de mi vida en que vi derrotada la muerte.
Desde luego yo puedo afrontar la muerte sin temor, como también cada soldado
que se ve en el campo de batalla. Pues tal es nuestra profesión. Pero estas
personas se complacían y regocija­ban en morir. Aquí no se trata de soldados,
sino de niños, que estaban imbuidos de los mismos sentimien­tos en sus
corazones.

-Desde entonces no he podido pensar absolutamente en ninguna otra cosa.
¿Quién es ése que os amó? ¿Quién es el que os lavó de vuestros pecados Con su
sangre? ¿Quién es el que os da ese valor su­blime y esa esperanza viva? ¿Quién
o qué es lo que os sostiene aquí? ¿Quién es Aquel a quien acaban de estar
hablando?

-Yo efectivamente he sido comisionado para con­ducir los soldados
contra vosotros para destruiros. Pero primeramente quiero saber más respecto a
vosotros. Yo juro por el Ser supremo que esta mi visita no os ha de ocasionar
ningún daño. Decidme, pues, el se­creto de los cristianos.

Honorio contestó, -Tus palabras son ciertas y sin­ceras. Ahora ya sé
que tú no eres espía o enemigo, sino más bien una alma inquisitiva que ha sido
en­viada aquí por el mismo Espíritu Santo para que co­nozcas aquello que hace
tiempo has estado buscando. Regocíjate, pues, porque todo aquel que viene a
Cristo de ninguna manera será desechado.

-Has visto hombres y mujeres que han dejado amigos, hogar, honores, y
riquezas para vivir aquí en necesidad, temor, dolor; y todo lo han tenido por
pér­dida por causa de Jesucristo. Ni aun sus propias vidas aprecian ellos. El
cristiano lo deja todo por Aquel que le amo.

-Tienes toda la razón, Marcelo, al pensar que hay un gran poder que
puede hacer todo esto. No es el mero fanatismo, no es ilusión, ni menos es
emoción. Es el conocimiento de la verdad y el amor al Dios viviente.

-Lo que tú has buscado por toda tu vida es para nosotros nuestra más
cara posesión. Atesorado en nuestros corazones, es para nosotros más digno sin
lugar a compararse siquiera con todo lo que el mundo pue­de dar u ofrecer. Nos
otorga felicidad en la vida aun en este tenebroso lugar, y nos da la victoria
frente a la misma muerte.

-Tú anhelas conocer al Ser supremo; pues nuestra fe (el Cristianismo)
es la revelación de El. Y por medio de esta revelación El hace que le
conozcamos. Conforme es infinito en grandeza y poder, también lo es en amor y
misericordia. -esta fe nos acerca tan es­trechamente a El que El llega a ser
nuestro mejor amigo, nuestro guía, nuestro consuelo, nuestra espe­ranza,
nuestro todo, nuestro Creador, nuestro Reden­tor, y el presente y eterno
Salvador.

-Tú quieres saber de nuestra vida inmortal. Pues nuestras escrituras
sagradas nos explican esto. Ellas nos enseñan que creyendo en Jesucristo, el
Hijo de Dios, y amando y sirviendo a Dios en la tierra, mora­remos con El en
infinita y eterna bienaventuranza en los cielos. Ellas también nos muestran
cómo debemos vivir a fin de agradarle aquí, a la vez que nos enseñan cómo le
hemos de alabar por siempre después de esta vida. Por ellas conocemos que la
muerte, aunque es una maldición, ya no lo es para el creyente, sino que más
bien se torna en bendición, puesto que “partir y estar con Cristo es mucho
mejor,” en vez de permane­cer aquí, porque entramos a la presencia de
“Aquel que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.”

-Por consiguiente, exclamó Marcelo, si esto es así, hacedme conocer
esta verdad. Porque esto es lo que he estado buscando por largos años; por esto
he orado a aquel Ser supremo de quien he oído solamen­te. Tú eres el poseedor
de aquello que yo he anhelado saber. El fin y el objetivo de mi vida se
encuentran aquí. Toda la noche está delante de nosotros. No me deseches ni
dilates más; dime todo de una vez. ¿Es verdad que Dios ha revelado todo esto, y
que yo he estado en ignorancia de ello?

Lágrimas de gozo brillaron en los ojos de los cristianos. Honorio
musitó unas palabras de oración de gratitud a Dios. A continuación extrajo un
manuscri­to que desdobló con tierno cuidado.

Y siguió diciendo, -Aquí, amado joven; tienes la palabra de vida que
nos vino de Dios, que es la que trae tal gozo y paz al hombre. Aquí hallamos
todo lo que desea el alma. En estas palabras divinas aprende­mos lo que no
podemos hallar en ninguna otra parte. Y aunque la mente acaricie estas verdades
por toda una vida, con todo nunca llegará a dominar la máxi­ma extensión de las
verdades gloriosas.

Entonces Honorio abrió el libro y empezó a decir a Marcelo acerca de
Jesucristo. Le habló de la pro­mesa en el Edén de Uno que había de herir a Sata­nás
en la cabeza; y la sucesión de profetas que habían predicho su venida; del
pueblo escogido por medio del cual Dios había mantenido vivo el conocimiento de
la verdad por tantas edades, y de las obras portentosas que ellos habían
presenciado. Le leyó el anuncio de que el Hijo de Dios había de nacer de una
virgen. Le leyó sobre el nacimiento; su niñez; las primeras presentaciones; sus
milagros; sus enseñanzas. Todo esto le leyó, agregando unos pocos comentarios
de su parte, del sagrado manuscrito.

Seguidamente pasó a relatar el tratamiento que El recibió: las burlas,
el desprecio, la persecución que aceleró todo hasta llegar El a ser traicionado
y con­denado a muerte.

Finalmente leyó la narración de su muerte en la cruz del Calvario.

El efecto de todo esto era maravilloso en Marcelo.

La luz parecía iluminar su mente. La santidad Dios que abomina el
pecado del hombre; su justicia que demanda el castigo; su paciencia infinita
que pre­vino un modo de salvar a sus criaturas de la ruina que ellas mismas
habían traído sobre sí; su amor incon­mensurable que le llevó a dar su Hijo
unigénito y bien amado; ese amor que le hizo bajar para sacrificarse para la
salvación de los hombres; todo fue explicado con claridad meridiana. Cuando
Honorio llegó a la culminación de la dolorosa historia del Calvario, y al punto
cuando Jesús clamó, “Dios mío, Dios mío, ¿por­qué me has
desamparado?” seguida del grito de triun­fo “¡Consumado es!”, se
pudo oír un profundo suspi­ro de Marcelo. Y mirando a través de las lágrimas
que humedecieron sus propios ojos, Honorio vio la forma de aquel hombre fuerte
inclinada y temblando de emoción.

-Basta, basta, -murmuró quedamente, dejadme pensar en El:

Al que nos amó, Al que nos ha lavado de nuestros pecados Con su propia
sangre.

Y Marcelo hundió su rostro en sus manos. Honorio elevó sus ojos al
cielo y oró. Los dos ha­bían quedado solos, porque sus compañeros se habían
retirado. La tenue luz de una lámpara que estaba en una hornacina detrás de
Honorio, iluminaba débil-mente la escena. Y así ambos permanecieron en silen­cio
por un largo tiempo.

Finalmente Marcelo levantó la cabeza.

-Y0 siento -dijo él-, que yo también tuve culpa y causé la
muerte del Santo. Leedme más de esas pa­labras de vida, porque mi vida depende
de ellas.

Entonces Honorio le volvió a leer la historia de la crucifixión y la
sepultura de Jesús, la resurrección la mañana del tercer día, y su ascensión a
la diestra de Dios. También leyó la venida del Espíritu Santo el día de
Pentecostés, que bautizó a los creyentes en un solo cuerpo, de su permanente morada
que hace su templo el cuerpo del creyente, y de su maravilloso ministerio de
glorificar a Cristo y de revelarle a los pecadores arrepentidos.

Empero él no terminó allí, sino que procuró traer la paz al alma de
Marcelo, leyéndole las palabras de Jesús invitando al pecador a venir a El, y
asegurándo­le la vida eterna como posesión real y presente en el momento en que
se le acepta como Señor y Salvador. Leyó también sobre “el nuevo
nacimiento,” la nueva vida, y la promesa de Jesús de volver otra vez para
recoger a todos aquellos que han sido lavados con su sangre para encontrarse
con El en las alturas.

-Es la palabra de Dios exclamó Marcel-. Es la voz desde los cielos. Mi
corazón responde y acepta todo lo que he oído. ¡Y yo sé que es la verdad
eterna! Pero ¿cómo puedo yo venir a ser poseedor de esta salvación? Mis ojos
parecen haber sido alumbrados y está despejada toda nube. Al fin me conozco.
Antes yo creía que era un hombre justo y recto. Pero al lado del Santo, de que
he aprendido tanto, yo quedo hun­dido en el polvo; veo que ante El yo soy un
criminal, convicto y perdido. ¿Cómo puedo ser salvo?

-Cristo Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo que se había perdido.

-¿Y cómo puedo yo recibirlo?

-La palabra está cercana, aun en tu boca y en tu corazón: es decir, la
palabra de fe que nosotros predi­camos, que si tú confesares con tu boca a1
Señor Je­sús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los
muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la
boca se hace confesión para salvación.

-¿Pero no hay nada que yo deba hacer?

-Por gracia sois salvos por la fe; y esa salvación no es de vosotros
sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. La paga del
pecado es muer­te; mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús,
Señor nuestro.

-Pero, ¿ no hay sacrificio que yo tenga que ofrecer?

-El ha ofrecido un sacrificio por el pecado por siem­pre, y ahora está
sentado a la diestra de Dios, y puede salvar para siempre a todos los que
vienen a Dios por El, siendo que siempre vive e intercede por ellos.

-Ah, luego si yo me puedo acercar a El, ¡enséñame las palabras,
condúceme ante El!

En la oscuridad de la helada bóveda, en la soledad del solemne
silencio, Honorio se arrodilló, y Marcelo se inclinó al lado de él. El
venerable cristiano elevó su voz en oración. Marcelo sintió que su propia alma
es­taba siendo elevada al cielo en esos momentos, a la presencia misma del
Salvador, por la virtud de aque­lla ferviente oración de fe viva. Las palabras
hacían eco en su propia alma y espíritu; y en su profundo abatimiento él dejó
su necesidad en manos de su com­pañero, para que él la presentara de la manera
más propia que él mismo podría hacerlo. Pero finalmente sus propios deseos de
orar crecieron. La fe le alcanzó, y con temor y temblor, empero con fe real, su
alma fue fortalecida, hasta que finalmente Honorio termi­nó, y su lengua se
soltó y elevó el clamor de su cora­zón: -Señor, creo, ¡ayuda Tú mi
incredulidad!

Aquel único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, había
venido a ser real por la fe; y las palabras de Jesús: “De cierto, de
cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida
eterna; y no vendrá a condenación (juicio), mas pasó de muerte a vida… Y yo
les doy vida eterna (a mis ovejas); y no perecerán para siempre; ni nadie las
arrebatará de mi mano,” todas estas palabras fue­ron creídas, recibidas,
disfrutadas.

Las horas transcurrieron. Pero ¿quién podría describir acertadamente el
progreso del alma que pasa de muerte a vida? Basta con saber que cuando rayó el
alba arriba en la luz, un día glorioso había amane­cido en el alma y el
espíritu de Marcelo en las bóve­das inferiores. Sus anhelos habían sido
completamente satisfechos; la carga de sus pecados le había sido qui­tada, y la
paz de Dios por Jesucristo le había hen­chido.

El secreto de los cristianos era suyo, y él se había convertido
voluntariamente en esclavo de Jesucristo. Unido con sus hermanos en Cristo,
ahora él también podía cantar:

Al
que nos amó,

Al
que nos ha lavado de nuestros pecados

En
su sangre,

A
El sea gloria y dominio

Por
los siglos de los siglos.

***

6 LA GRAN NUBE DE TESTIGOS

Todos estos murieron en fe.

NO TARDÓ EL NUEVO CONVERTIDO en conocer mucho mas sobre los cristianos.
Después de un breve reposo, se levantó y se reunió con Honorio, quien se
ofreció para mostrarle aspectos del lugar en donde moraban.

Pues aquellos a quienes había visto en el servicio que hubo, eran
solamente una parte de los moradores de las catacumbas. Su número se elevaba a
muchos miles, y se hallaban diseminados por su vasta exten­sión en pequeñas
comunidades, cada una de las cua­les tenía sus propios medios de comunicación
con la ciudad.

Así fue
que él caminó gran distancia acompañado por Honorio. Se maravillaba sobremanera
del número de personas a quienes encontraba; y aunque sabía que los cristianos
eran numerosos, no suponía siquiera que tan vasta proporción de ellos tuviera
la valentía de escoger esa vida en las catacumbas.

Tampoco era su interés por los muertos menor que por los vivos. Al
pasar al lado de sus tumbas leía cui­dadosamente las inscripciones en ellas, y
en todas ellas descubría la misma fe inconmovible y la sublime es­peranza. Se
deleitaba leyéndolas, y el devoto interés que Honorio prestaba a estas piadosas
memorias lo convertía en el más simpático de los guías.

-Allí dijo Honorio- reposa un testigo de la verdad.

Marcelo miró hacia donde le señaló y
leyó lo siguiente:

PRIMICIO, EN PAZ, DESPUES DE MUCHOS TORMENTOS, EL MAS VALIENTE DE LOS
MARTIRES. EL VIVIÓ COMO TREIN­TA Y OCHO ANOS. ESTE ES UN RECUERDO DE SU ESPOSA
QUE AMABA AL QUE BIEN LO MERECIA.

-Estos hombres -dijo Honorio, nos enseñan como deben morir los
cristianos. Más allá hay otro, que también sufrió lo mismo que Primicio.

PABLO FUE MUERTO SUFRIENDO TORTURAS, A FIN DE QUE GOZARA DE LAS ETERNAS
BIENAVENTURANZAS.

-Y allá dijo Honorio, está la tumba de una no­ble dama, quien mostró
una fortaleza tal que sola­mente Jesucristo puede conceder aun al más débil de
sus seguidores en la hora de la necesidad:

CLEMENCIA, TORTURADA, REPOSA, ELLA RESUCITARA.

-Si fueres llamado dijo Honorio, a pasar por el artículo de muerte, el
espíritu instantáneamente es “ausente del cuerpo y presente con el
Señor.” La prometida vuelta de nuestro Señor, la cual puede suceder en
cualquier momento, Constituye “la bendita esperanza” de los
cristianos adoctrinados. “Porque el mismo Señor descenderá del cielo con
aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios; y los muer­tos en
Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos,
seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir al Señor en el
aire, y así estaremos siempre con el Señor.”

Honorio continuó diciendo, -Aquí reposa Cons­tancio, quien en doble
sentido fue constante a su Dios mediante una doble prueba. Primero le dieron
veneno; pero como esto no le hiciera ningún efecto, fue muerto a espada.

EL TRAGO MORTAL NO SE ATREVIÓ A PRESENTAR A CONS­TANCIO LA CORONA QUE SOLO AL
ACERO FUE PERMITI­DO OFRECERLE.

Así caminaron a lo largo de las murallas leyendo las Inscripciones que
se les presentaban a ambos lados. Nuevos sentimientos asaltaron a Marcelo,
conforme leía el glorioso catálogo de nombres. Para él fue toda una historia de
la Iglesia de Jesucristo. Aquí estaban los actos de los mártires expuestos ante
él en palabras de fuego. Los rudos cuadros que adornaban muchas de las tumbas
llevaban en sí todo el sentimiento que las más bellas obras de los hábiles
artistas no podían pro­ducir. Las letras rudamente labradas, la escritura y los
errores gramaticales que caracterizaban a muchos de ellos, constituían las
pruebas tangibles de los tesoros del Evangelio a los pobres y a los humildes.
“No mu­chos sabios, no muchos poderosos son los llamados”; pero
“a los pobres es anunciado el Evangelio.”

En muchos de ellos había un monograma, el cual se formaba de las letras
iniciales de los títulos de Cris­to (“Cristo el Señor” en griego),
las letras “X” y “P” unidas formando un monograma. Algunas
llevaban una rama de palma, emblema de la inmortalidad y de la victoria, la
señal de aquellas palmas de gloria que han de exhibir en sus manos los
innumerables redimidos que comparecerán ante el trono. Otras exhibían más
ingeniosas y significativas inscripciones.

-¿Qué es esto? -interrumpió Marcelo, señalando un cuadro de un barco.

-Enseña que el espíritu redimido navega desde la tierra al reposo del
cielo.

-Y ¿qué significa un pescado que he visto ya varias veces?

-Usamos el pescado porque las letras que forman su nombre en el griego
son las iniciales de las palabras que expresan la gloria y la esperanza del
cristiano. La “I” representa “Jesús”, la “X”
Cristo; la “O” y la “U” representan al “Hijo de
Dios”; la “S” y (griega) “Salva­dor”; es así pues que el
pescado simboliza en su nom­bre: “Jesucristo, el Hijo de Dios, el
Salvador.”

-¿Qué es este otro cuadro que he visto igualmente repetirse: un barco y
un enorme monstruo marino?

-Ese es Jonás, el profeta de Dios, de quien tú hasta el momento no
conoces nada.

Honorio enseguida le relató la historia de Jonás, y le explicó cómo el
escape de Jonás del vientre del pez recordaba y exponía al cristiano su
redención de las tinieblas de la tumba.

-Esta gloriosa esperanza de la resurrección es un consuelo inapreciable
dijo él-, y nos encanta tenerlo presente por medio de los diferentes símbolos.
Allí también tienes un símbolo de la misma bendita ver­dad: la paloma llevando
a Noé la rama de oliva. -Tuvo que relatar a Marcelo la historia del diluvio, a
fin de que pudiera comprender el significado de la repre­sentación-. Pero de
todos los símbolos que se usan dijo él-, ninguno es tan claro como éste -y
señaló un cuadro de la resurrección de Lázaro.

-Allí también -dijo Honorio, hay un anda, sig­no de la esperanza por la
cual los cristianos, mientras se hallan arrojados de un lado a otro por las
implaca­bles olas de la vida, se mantienen firmes hacia su ho­gar celestial.

-Allá puedes ver el gallo; es el símbolo de la Vigi­lancia, porque el
Señor nos dice, “Velad y orad.” Igual­mente allá tenemos el cordero,
símbolo de inocencia y ternura, que al mismo tiempo trae a nuestra memo­ria al
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que llevó nuestros pecados y por
cuyo sacrificio tene­mos la vida eterna y el perdón. Allí de nuevo tenemos la
paloma, que como el cordero representa la inocen­cia; y otra vez más la tienes
allá, portando la rama de oliva de la paz.

-Allá están las letras alfa y omega, la primera y la última del
alfabeto griego, que representan a nuestro Señor; porque tú ya sabes que El
dijo: “Yo soy el Alfa y la Omega.” Y allí está la corona, que nos recuerda
esa corona incorruptible que el Señor, juez justo, nos ha de dar. Es así cómo
nos complace rodearnos con todo lo que nos aviva el recuerdo del gozo que nos
espe­ra. Enseñados de ese modo, miramos desde este am­biente de tristeza y
tinieblas, y gracias a una viva fe vemos sobre nosotros la luz de la gloria
eterna.

-Aquí dijo Marcelo, deteniéndose-, hay algo que parece adaptarse a mi
condición. Suena realmente profético. Quizá yo también me vea llamado a dar mi
testimonio de Jesucristo. ¡Oh, que yo sea hallado fiel!

EN CRISTO, EN EL TIEMPO DEL EMPERADOR ADRIANO, MARIO, UN JOVEN OFICIAL
MILITAR, QUE VIVIÓ LO SUFI­CIENTE, DERRAMÓ SU SANGRE POR CRISTO Y MURIÓ EN PAZ.
ESTE ES UN RECUERDO DE SUS AMIGOS CON LAGRI­MAS Y TEMOR.

-“En el mundo tendréis tribulación; mas confiad; yo he vencido al
mundo.” Así nos asegura Cristo; pe­ro al mismo tiempo que nos previene
contra el mal, nos consuela con su promesa de apoyo. En El halla­mos gracia
suficiente para nosotros.

Que el ejemplo del joven oficial sea para mí dijo Marcel. Yo puedo
derramar mi sangre por Cris­to Jesús lo mismo que él. ¡Que yo muera igualmente
fiel como él! Morar aquí entre mis hermanos con epi­tafio semejante será el
honor supremo, y no un mau­soleo como el de Celicia Metela.

Y de ese modo siguieron caminando.

Marcelo dijo con entusiasmo, -¡Cuán dulce es la muerte del cristiano!
El horror de la muerte ha huido. Para él se trata sólo de un sueño
bienaventurado, mien­tras el espíritu está con el Señor esperando la resurrec­ción,
y la muerte, en vez de causar terror, está asocia­da con pensamientos de
victoria y reposo.

EL
LUGAR DE SUEÑO DE ELPIS

ZOTICO YACE AQUÍ DURMIENDO

ASELO DUERME EN CRISTO

MARTIRIA EN PAZ

VIDALIA EN LA PAZ DE CRISTO

NICEFORO, UN ALMA DULCE, EN EL LUGAR DE REFRIGERIO

-Algunas de estas inscripciones hablan del carác­ter de los hermanos
idos dijo Honorio, mira éstas:

MAXIMIO, QUIEN VIVIÓ VEINTITRES ANOS AMIGO DE TODOS LOS HOMBRES EN
CRISTO, EN LAS QUINTAS CALENDAS DE NOVIEMBRE, DURMIÓ GORGONIO, AMIGO DE TODOS Y
ENEMIGO DE NADIE.

-Y aquí también -prosiguió el anciano, otras que nos hablan de sus
vidas privadas y de sus experiencias domésticas.

CECILIO, EL ESPOSO, A CECILIA PLACINDA, MI ESPOSA DE EXCELSA MEMORIA,
CON QUIEN VIVI DIEZ AÑOS SIN NINGUNA QUERELLA, EN CRISTO JESUS, HIJO DE DIOS,
SALVADOR.

CONSAGRADO A CRISTO EL DIOS SUPREMO. VITALI ENTERRADA EN SABADO,
CALENDAS DE AGOSTO, TENÍA VEIN­TICINCO AÑOS Y OCHO MESES DE EDAD. VIVIO CON SU
ES­POSO DIEZ AÑOS Y TREINTA DÍAS. EN CRISTO EL PRIMERO Y EL ÚLTIMO.

A DOMNINA, MI MUY DULCE E INOCENTE ESPOSA QUIEN VIVIO DIECISEIS AÑOS Y
CUATRO MESES Y FUE CASADA DOS AÑOS CUATRO MESES Y NUEVE DIAS: CON QUIEN YO NO
PUDE VIVIR, POR CAUSA DE MIS VIAJES, MÁS DE SESIS MESES, DURANTE LOS CUALES LE
MOSTRE MI AMOR COMO LO SENTIA. JAMÁS SE AMARON TANTO OTROS ALGUNOS, ENTERRADA
EL DÍA QUINCE ANTES DE LAS CALENDAS DE JUNIO.

A CLAUDIO, AFECTUOSO Y DIGNO SER QUE ME AMO, Y VIVIO VEINTICINCO AÑOS
EN CRISTO.

-He aquí el tributo de un padre amante -dijo Marcelo al leer lo
siguiente:

LORENZO A SU DULCÍSIMO HIJO SEVERO. SE LO LLEVARON LOS ANGELES EL
SÉPTIMO IDUS DE ENERO.

-Y aquí hay uno de una esposa:

DOMICIO EN PAZ, LEA ERIGIO ESTA.

-Sí dijo Honorio-, por la fe en Jesucristo (o como tú sueles decir, la
“religión”) el creyente recibe una nueva y divina naturaleza que le imparte el
Espíritu Santo, que al mismo tiempo implanta el amor de Dios, lo cual lo hace
susceptible a los más tiernos afectos pa­ra los amigos y relacionados. Si bien
es verdad que per­manece la naturaleza del viejo Adán, no se mejora, ni tampoco
puede.

Continuando su recorrido, hallaron muchos epita­fios más que mostraban
el tierno amor a los parientes muertos.

CONSTANCIA,
DE MARAVILLOSA BELLEZA Y AMABILIDAD Y QUE VIVIÓ DIECIOCHO AÑOS Y SEIS MESES CON
DIEZ Y SEIS DÍAS. CONSTANCIA EN PAZ.

SIMPLICIO, DE BUENA Y FELIZ MEMORIA, QUE VIVIO VEINTITRES ANOS Y
CUARENTITRES DÍAS EN PAZ. ESTE MONUMENTO LE HIZO SU HERMANO.

A ADSERTOR, NUESTRO HIJO, DULCE Y QUERIDO, EL MÁS INOCENTE E
INCOMPARABLE, QUE VIVIO DIECISIETE AÑOS Y SEIS MESES CON OCHO DÍAS. RECUERDO DE
SU PA­DRE Y SU MADRE.

A JANUARIO, DULCE Y BUEN HIJO, HONRADO Y AMADO DE TODOS, QUE VIVIÓ
VEINTIRES AÑOS, CINCO MESES Y VEINTIDOS DIAS.

SUS PADRES, A LAURINA, MÁS DULCE QUE LA MIEL, DUERME EN PAZ.

A LA SANTA ALMA DE INOCENTE, QUE VIVIO COMO TRES AÑOS.

DOMICIANO, UNA ALMA INOCENTE, DUERME EN PAZ.

Adiós, oh Sabina: ella vivió
ocho años, ocho meses y 22 días. Que vivas tan dulcemente con Dios.

EN CRISTO: MURIÓ EL PRIMERO DE SEPTIEMBRE, POM­PEYANO EL INOCENTE, QUE
VIVIÓ SEIS AÑOS Y NUEVE MESES CON OCHO DIAS Y CUATRO HORAS. EL DUERME EN PAZ.

A SU DIGNÍSIMO HIJO, CALPURNIO, RECUERDO DE SUS PADRES: EL VIVIÓ CINCO
AÑOS, OCHO MESES Y DIEZ DÍAS, Y PARTIÓ EN PAZ EL TRECE DE JUNIO.

-Al epitafio de este niño dijo Marcel-, ellos han añadido los símbolos
de paz de gloria. -Señaló la tumba del niño, sobre cuya losa estaba dibujada
una paloma y una corona de laurel, juntamente con la si­guiente inscripción:

RESPECTO, QUIEN VIVIÓ CINCO AÑOS Y OCHO MESES, DUERME EN PAZ.

Y continuó diciendo Marcelo, -Y este tiene una palma, que es el símbolo
de la Victoria.

-Sí
dijo Honorio, El Salvador ha dicho: “De­jad a los niños que vengan a
mí.”

También atrajeron su atención los epitafios sobre las tumbas de las
mujeres que habían sido esposas de mi­nistros cristianos:

MI ESPOSA LAURENTINA ME HIZO ESTA TUMBA. ELLA SIEMPRE IDONEA A MI
DISPOSICIÓN, VENERABLE Y FIEL.

POR FIN QUEDA APLASTADA LA ENVIDIA. EL OBISPO LEÓN PASÓ SU OCTOGESIMO
AÑO.

EL LUGAR DE BASILIO EL PRESBÍTERO Y SU FELICITAS ELLOS MISMOS SE
HICIERON ESTA TUMBA.

LA QUE FUE HIJA FELIZ DEL PRESBÍTERO GABINO, AQUÍ REPOSA SUSANA, UNIDA
EN PAZ CON SU PADRE.

CLAUDIO ATICIANO, LECTOR, Y CLAUDIA FELICÍSIMA, SU ESPOSA.

-Aquí se ve dijo Marcel, una tumba más grande. ¿Hay dos sepultados
aquí?

-Si, es lo que llamamos bisomum, pues dos ocupan esa tumba. Lee
la inscripción:

EL BISOMUM DE SABINO. EL LO HIZO PARA SI MISMO DURANTE SU VIDA EN EL
CEMENTERIO DE BALBINA EN LA
NUEVA CRIPTA.

Y Honorio continuó diciendo, -Algunas veces Se sepultan tres en la
misma tumba. En otros lugares ve­rás tú, Marcelo, que un mayor número ha sido
sepul­tado en el mismo lugar; porque cuando arrecia la per­secución, no siempre
hay posibilidad de dedicar a cada persona la atención debida separadamente como
se de­searía. Más allá hay una placa que señala el lugar de sepultura de muchos
mártires, cuyos nombres son des­conocidos, pero cuyas memorias se bendicen.
Señaló una losa que llevaba la siguiente inscripción:

MARCELA Y QUINIENTOS CINCUENTA MARTIRES DE CRISTO.

-Aquí hay uno más largo dijo Marcel, y sus palabras harán eco en los corazones
de todos nosotros.

-Y leyeron lo siguiente con la más profunda emoción:

EN CRISTO. ALEJANDRO NO ESTÁ MUERTO, SINO QUE VIVE MÁS ALLÁ DE LAS
ESTRELLAS, Y SU CUERPO REPOSA EN ESTA TUMBA. EL RINDIÓ SU VIDA BAJO EL
EMPERADOR ANTONINO, QUIEN AUNQUE PUDO HABER PREVISTO QUE GRAN BENEFICIO LE
RESULTARIA DE SUS SERVICIOS, SÓLO LE OFRECIO ODIO EN VEZ DE GRACIA, PORQUE MIEN­TRAS
ESTABA SOBRE SUS RODILLAS YA PARA OFRECER SA­CRIFICIO AL DIOS VERDADERO, FUE
SACADO PARA SER EJE­CUTADO. ¡OH TIEMPOS TRISTES AQUELLOS EN LOS CUALES AUN
ENTRE LOS RITOS Y ORACIONES SAGRADAS, NI AUN EN LAS CAVERNAS PODÍAMOS ESTAR
SEGUROS! ¿QUE’ PUE­DE SER MÁS MISERABLE QUE UNA VIDA TAL? ¿Y QUE MUERTE PEOR
QUE AQUELLA EN QUE NO PUEDEN NI SIQUIERA SER SEPULTADOS POR SUS AMIGOS Y
PARIENTES? AL FIN ELLOS BRILLAN EN EL CIELO. APENAS HA VIVIDO EL QUE HA VIVIDO
EN TIEMPOS CRISTIANOS.

-Este -dijo Honorio es lugar de reposo de un hermano bien amado, cuya
memoria aún se recuerda con cariño entre las iglesias todas. Alrededor de esta
tumba hemos de celebrar la fiesta de amor en el ani­versario de su nacimiento.
Pues en esta fiesta se de­muelen todas las barreras de los diferentes rangos So­ciales
y clases y tribus y lenguas y pueblos. Nosotros todos somos hermanos en Cristo
Jesús, porque recor­damos que como Cristo nos amó, así también debemos amarnos
los unos a los otros.

En este recorrido Marcelo tuvo la amplia oportuni­dad de verificar por
sí mismo la presencia de aquel fraternal amor al cual aludía Honorio. Encontró
hom­bres, mujeres y niños de todo rango y de toda edad. Hombres que habían
ocupado los más altos puestos en Roma, se asociaban en amigable comunión con
aque­llos que apenas se hallaban al nivel de los esclavos; aun aquellos que
antes habían sido crueles e implaca­bles perseguidores, ahora se asociaban en
comunión de amor con aquellos que antes fueron objeto de su odio mortal.
Igualmente el sacerdote judío, liberado del yu­go de la Ley, que él no podía
cumplir y que era “mi­nisterio de muerte” para él, ahora caminaba de
la mano con los gentiles que antes odiaba. El griego había llegado a descubrir
en la “locura” del Evangelio la misma sabiduría infinita. Y el
desprecio que antes ha­bía sentido por los seguidores de Jesús había cedido el
lugar al afecto más tierno. El egoísmo y la ambición, el orgullo y la envidia,
todas las bajas pasiones de la vida humana parecían haberse esfumado ante el
poder ilimitado del amor cristiano. La fe en Cristo Jesús moraba en sus
corazones en toda su plenitud, y su bendita influencia se veía aquí, como no era
posible verla en ninguna otra ocasión; no porque su naturaleza y su poder
habían sido cambiados por causa de ellos perso­nal e intencionalmente, sino
porque la persecución uni­versal había alcanzado a todos igualmente y les había
privado de sus posesiones terrenales, y les había sepa­rado de las tentaciones
y ambiciones mundanas; y por el amor de Cristo que constriñe, y por la suprema
sim­patía que engendra el sufrimiento en común, había te­nido la virtud de
unirles los unos con los otros.

-La adoración al Dios verdadero -dijo Honorio-, difiere de toda falsa
adoración. Los paganos deben en­trar a sus templos y allí por medio de un
sacerdote, igualmente pecador como todos, ofrecer una y otra vez sacrificios a
los demonios, que desde luego jamás pue­den librar a nadie de sus pecados. Pero
en cambio, por nosotros Cristo se ha ofrecido una sola vez sin mancha ante
Dios, el Sacrificio único hecho una sola vez y por siempre. Y cada uno de sus
seguidores puede ahora acercarse a Dios por Jesucristo, nuestro bendito y san­tísimo
Sumo Sacerdote en los mismos cielos, siendo así cada creyente hecho por
Jesucristo rey y sacerdote para Dios. Por consiguiente, para nosotros no es
cuestión de tiempo o espacio, en cuanto respecta a la adoración; ya sea que se
nos dejen nuestras capillas, o que se nos proscriba del todo de ellas y de toda
la tierra. Pues el cielo es el trono de nuestro Dios, y el universo es su
templo, y cualquiera de sus hijos puede elevar a El su voz del lugar en que se
encuentre, cualquiera que sea, y en cualquier momento, y adorar al Padre.

El recorrido de Marcelo se extendió hasta una gran distancia y por
largo tiempo. Pese a haber sido preve­nido de toda esta extensión, se
maravillaba al ver por sí mismo lo enorme que era. Ni la mitad se le había
dicho; y aunque había recorrido tanto era fácil com­prender que todo esto era
solamente una fracción de la enorme extensión.

La altura media de los pasillos era como de unos dos metros y medio;
pero en muchos lugares se elevaba como a unos cuatro metros, o aun cinco. Luego
las frecuentes capillas y salones que se habían formado ampliando los arcos daban
mayor espacio a los habitan­tes, y les hacía posible vivir y desplazarse en
mayor es­pacio y con más libertad. También en muchos lugares había aberturas en
el techo, a través de las cuales penetraban débiles rayos de luz del aire
exterior. Estos se escogían como lugares de reunión, pero no para vivir. La
existencia de la bendita luz del día, por débil que fuera, agradaba tanto que
es imposible expresarlo, sir­viendo en un mínimo brevísimo para mitigar la tene­brosidad
circundante.

Marcelo vio algunos lugares que habían sido amu­rallados, formando
terminaciones abruptas del pasillo, pero se abrían otras especies de ramales
que contornea­ban el lugar, y luego se prolongaban como anteriormente. -¿Qué es
esto que se encierra de ese modo?-preguntó él.

-Es una tumba romana -dijo Honorio-. Al exca­var este pasillo, los
obreros dieron contra ella, y fue así que dejaron de cavar y contornearon el
lugar, amura­llándola previamente. Eso no fue, desde luego, por te­mor a
perturbar la tumba, sino porque tanto en la muerte como en la vida igualmente,
el cristiano desea seguir el mandamiento del Señor que dice: “Salid de
entre ellos; separaos de en medio de ellos.”

-La persecución se enfurece contra nosotros y nos rodea y nos encierra
-dijo Marcelo-. ¿Cuánto tiem­po estará perseguido el pueblo de Dios? ¿cuánto
tiem­po nos ha de afligir el enemigo?

Honorio le contestó: -Tal es el clamor de muchos entre nosotros. Pero
es malo quejarse. El Señor ha sido benigno con su pueblo. Pues durante todo el
Im­perio han pasado muchas generaciones bajo la protección de las leyes y sin
ser molestados. Es verdad que hemos tenido persecuciones terribles, en las
cuales mi­les han muerto en agonía, pero con todo han llegado siempre a pasar y
dejar en paz a la Iglesia.

-Todas las persecuciones que hasta el momento he­mos recibido han
servido para purificar los corazones del pueblo de Dios y para exaltar su fe.
El sabe lo que es mejor para nosotros. Nosotros estamos en sus ma­nos, y El no
nos pondrá mayor carga de la que pode­mos aguantar. Seamos sobrios y velemos en
oración, oh estimado Marcelo, porque la presente tormenta nos dice claramente
que “el día grande y terrible, tanto tiempo antes profetizado sobre el
mundo, se acerca.

Y
así Marcelo siguió recorriendo en compañía de Honorio, conversando y
aprendiendo cada instante cosas nuevas de la doctrina de la verdad de Dios y
las experiencias de su pueblo. Y las evidencias de su amor, su pureza, su
fortaleza, su fe inquebrantable penetra­ron a las profundidades de su alma.

La experiencia que él mismo había disfrutado no era cosa transitoria.
Cada cosa nueva que contemplaba no hacía más que avivarle el vivo anhelo de
unirse con la fe y la fortuna del pueblo de Dios. Y en armonía con ese sentir,
antes del siguiente Día del Señor, se bautizó, “en la muerte de
Cristo,” en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En la mañana del Día del Señor, se sentó alrededor de la Mesa del
Señor, en compañía con otros cristia­nos. Allí todos ellos celebraron aquella
sencilla pero afectuosa fiesta en memoria de la Mesa del Señor, por la cual los
cristianos se proclamaban muertos con Je­sús, mientras esperaban su regreso.
Honorio elev6 la ofrenda de una oración de hacimiento de gracias por
lo que compartían. Y por vez primera Marcelo gozó de la participación del pan y
del vino, aquellos sím­bolos sacratísimos del cuerpo y de la sangre de su Se­ñor
crucificado por él.

“Y habiendo cantado un himno, salieron.”

***

7 LA CONFESION DE FE

Y también todos los que quieren vivir
píamente en
Cristo Jesús, padecerán persecución.

CUATRO
DIAS HABIAN TRANSCURRIDO desde que el joven oficial salió de su gabinete. Días
estos grávidos de acontecimientos para él, días de infinita importancia. De
ellos había de depender su felicidad suprema o sus angustias. Empero la
búsqueda de la verdad de esta alma anhelante no había sido vana, “habiendo
sido renacida del Espíritu Santo.”

Había
llegado a tomar su resolución. Por un lado se le ofrecía la fama, el honor y la
riqueza; por el otro la pobreza, la necesidad, y la angustia. Con todo en plena
conciencia, él había hecho su elección; se ha­bía vuelto hacia la última sin un
solo instante de va­cilación. El había elegido “el sufrir aflicción con el
pueblo de Dios, antes que gozar de los placeres del pecado por un tiempo.”

A su
regreso visitó al general y se acusó ante él. Le informó que había estado entre
los cristianos, que no podía cumplir la comisión que se le había encomendado, y
que se sometía voluntariamente a sufrir las consecuencias. El general, con la
severidad a que se había expuesto, le ordenó que pasara a su cuartel.

Allí en medio de la más profunda meditación, y haciéndose conjeturas de
lo que resultaría de todo esto, fue interrumpido por el ingreso de Lúculo. Su
amigo lo saludó de lo más afectuosamente, pero en su rostro se
evidenciaba una profunda ansiedad.

-Acabo de verme con el general dijo él-, quien me hizo llamar para
darme un mensaje para ti. Pero primeramente dime, ¿Qué es esto que has hecho?

Marcelo le relató todo detalladamente, desde el momento de su partida
hasta su regreso, sin ocultarle absolutamente nada. Su cristalina buena fe
evidenciaba lo poderosa, sincera y verdadera que había sido la obra eterna del
Espíritu Santo en él. Luego le relató la entrevista que había tenido con el
general.

-Yo entre en su habitación con claro sentir de la importancia del paso
que tomaba. Iba yo a cometer un acto reputado como virtual traición y crimen,
cu­ya sanción no es menos que la muerte. Empero, yo no podía hacer otra cosa.

-El me recibió con toda afabilidad, animado de la idea de que yo habría
logrado un éxito de importancia en la búsqueda que se me encomendó. Yo le dije
que desde que salí había estado entre los cristianos, y que por lo que había
visto en ellos, me había visto obligado a cambiar mis sentimientos hacia ellos.
An­teriormente yo había pensado que ellos eran enemigos del estado y dignos de
muerte; pero había descubierto que se trataba de personas que son leales
súbditos del emperador y más bien virtuosos. Contra tales personas yo no podía
extender mi espada jamás, y antes que hacerlo, la entregaba.

-A lo cual ¿él me dijo, “Los sentimientos de un sol­dado no tienen
nada que ver con sus deberes.”

-«Pero mis deberes para con el Dios que me creó son más fuertes que
cualquier deber que yo tenga con el hombre.”

-A
esto me replicó, “¿Acaso tu simpatía con los cristianos ha llegado hasta
volverte loco? ¿No te das cuenta que lo que haces es traición?”

-Yo me incliné, y le dije que estaba resuelto a afrontar las
consecuencias.

-“Muchacho precipitado,” exclamó severamente, retírate a tu
cuartel y yo te comunicaré mi decisión.”

-Y fue así que me trasladé inmediatamente aquí, y he permanecido desde
ese momento, esperando an­siosamente mi sentencia.

Lúculo había escuchado toda la narración que le ha­bía hecho Marcelo
sin una sola palabra, ni siquiera un gesto. Una expresión de triste sorpresa en
su rostro evidenciaba lo que eran sus sentimientos. Y conforme Marcelo
concluyó, él habló en tono de quien deplora y lamenta.

-Verdaderamente tanto tú como yo sabemos lo que debe ser aquella
sentencia. Pues la disciplina romana, aun en tiempos normales, no se puede
tomar con li­viandad, y tanto peor ahora que los sentimientos del gobierno se
hallan exaltados hasta el grado sumo con­tra aquellos cristianos. Pues si tú
insistes en tu proce­der, estás arruinado.

-Te he expuesto todas mis razones.

-Sí. Marcelo, yo conozco tu carácter puro y since­ro. Tú siempre fuiste
de una mente piadosa. Tú has amado las nobles enseñanzas de la filosofía. ¿Y no
te sientes satisfecho con todo ello como antes? ¿Por qué habías de ser seducido
por la miserable doctrina de un judío crucificado?

-Jamás estuve satisfecho con la filosofía de que tú me hablas. Tú mismo
sabes a conciencia que en ella no hay nada cierto en que el alma pueda reposar.
Pe­ro el Cristianismo es la verdad de Dios, traída por él mismo, y santificada
por su propia muerte.

-Ya me has explicado en toda su integridad todo el credo cristiano.
Pues tu propio entusiasmo ha hecho que me sea atractivo, lo cual debo confesar;
y si todos sus seguidores fueran realmente como lo eres tú; mi muy apreciado
Marcelo, podía adaptarse para llegar a ser la bendición final del mundo. Pero
yo no he ve­nido ante ti para argumentar sobre la religión. Vengo a hablarte
sobre ti mismo. Tú estás en inminente peli­gro, mi querido amigo; tu posición,
tu honor, tu cargo, tu misma vida se hallan en peligro. Considera pues
detenidamente lo que has hecho. Te fue confiada una importantísima comisión, en
cuyo cumplimiento sa­liste. Se esperaba que volverías trayendo informes im­portantes.
Pero por el contrario, tú vuelves y te pre­sentas ante el general informando
que te has puesto del lado del enemigo, que de corazón te has vuelto uno de
ellos, y que te niegas a emplear las armas romanas contra ellos. Pues ¿no
comprendes que si el -soldado ha de escoger con quién ha de pelear, qué va a
ser de la disciplina? Pues tiene que cumplir las órdenes y nada más. ¿No tengo
razón?

-Pues tú tienes razón, Lúculo.

-La cuestión que tú tienes que decidir no consiste en si escoges la
filosofía o el cristianismo, sino en si tu eres cristiano o soldado romano.
Porque conforme se encuentran las cosas en estos tiempos, te es absolu­tamente
imposible ser soldado romano y al mismo tiem­po cristiano. Pues tienes que
renunciar a una de las dos. Pero no solamente eso, sino que si tú insistes en
tu decisión de ser cristiano, tienes que compartir su suerte, porque no se
puede hacer la menor distinción en favor tuyo. Por el contrario, si quieres
continuar como soldado, tienes que pelear contra los cristianos.

-No cabe la menor duda en cuanto a esa cuestión.

-Tú sabes que tienes amigos cordiales que están gustosos de olvidar tu
grande y precipitado delito, Marcelo. Pues te conozco que eres de ese carácter
que fácilmente te entusiasmas, y le he suplicado al gene­ral por ti. El también
te tiene en gran estima por tus cualidades de soldado valiente. Está animado de
toda voluntad de perdonarte bajo ciertas circunstancias.

-¿Cuáles son ellas?

-La más misericordiosa de todas las condiciones. Que eches en el olvido
todos los cuatro días pasados. Que se desvanezcan por completo de tu memoria.
Hazte cargo de tu comisión nuevamente. Toma tus soldados a tus órdenes y en el
acto emprende el cum­plimiento de tu deber, procediendo a la detención de esos
cristianos.

-Lúculo, exclamó Marcelo, levantándose de su asiento, con los brazos
cruzados-: Te estimo muchí­simo, como amigo que eres, y te estoy agradecido por
tu fiel afecto. Jamás podré olvidarlo. Pero ahora tengo yo dentro de mí algo
que te es por completo desconocido, y lo cual es mucho más precioso y fuerte
que todos los honores del estado. Es, pues, nada menos que el amor de Dios. Por
este amor estoy listo a dejar to­do: honor, rango, y la misma vida. Mi decisión
es irre­vocable. Yo soy cristiano.

Lúculo siguió sentado. Mudo de sorpresa y conmo­vido en extremo,
contemplaba a su amigo. Para él era demasiado conocido el carácter de éste en
sus resolu­ciones, y veía con profunda pena cómo sus palabras persuasivas
habían fracasado. Después de mucho vol­vió a seguir hablando. Recurrió a todos
los argumentos que podía pensar. Invocó todos los argumentos que podrían
influir en él. Le habló del terrible destino que le esperaba, y de la venganza
ensañada que se emplearía particularmente contra él. Pero todas sus palabras
fueron completamente inútiles. Finalmente se levantó víctima de la más profunda
tristeza.

-Marcelo –dijo-, tú estás tentando al destino, vas apresuradamente
hacia la suerte más terrible. Pues todo lo que la fortuna puede deparar se te
está ofre­ciendo, pero tú vuelves las espaldas a todo aquello por jugarte la
suerte juntamente con aquellos proscri­tos miserables. Yo he cumplido con mi
deber de amigo al tratar de hacerte volver de tu locura, pero todo lo que yo
pueda hacer es inútil ante tu obstinación.

-Te he traído la sentencia del general. Tú has sido degradado del rango
de oficial. Y hay la orden de arresto contra ti, acusado de ser cristiano.
Mañana se­rás apresado y entregado para sufrir el castigo. Pero todavía tienes
muchas horas a tu disposición, y toda­vía tengo yo la posibilidad de alcanzar
la satisfacción, aunque penosa, de ayudarte a escapar. Huye, pues, en el acto.
Date prisa, porque no hay tiempo que per­der. Hay un solo lugar en el mundo en
donde puedes estar a cubierto de la venganza del César.

Marcelo le escuchó en silencio absoluto. Lentamente se sacó las armas y
las puso a un lado. Con tristeza se desabrochó la suntuosa armadura que él
había portado con tanto merecimiento y orgullo. Y así quedó vestido de su
sencilla túnica a disposición de su amigo.

-Lúculo, una vez más te repito que jamás he de olvidarme de tu fiel
amistad. ¡Cuánto quisiera que es­tuviéramos volando juntos en una huida
perfecta, que tus oraciones pudieran ascender con las mías hacia al trono de
Aquel a quien yo sirvo! Pero basta. Me reti­ro. ¡Adiós!

-Adiós, Marcelo. Jamás nos volveremos a encontrar en la vida. Si alguna
vez estuvieras en necesidad o en peligro, tú sabes bien en quién confiar.

Los dos jóvenes se abrazaron, y Marcelo partió apre­suradamente.

Salió del cuartel, avanzando directamente hasta llegar al foro. Al
llegar a este lugar se encontró rodeado de templos y monumentos y columnas de
mármol. Allí estaba el Arco de Tito midiendo el ancho de la Vía Sacra.
Allí se levantaba la forma gigantesca del palacio imperial, de la más rica
arquitectura, con re­gios adornos de los mármoles riquísimos, culminando con
las brillantes decoraciones doradas. A un lado se levantaban las murallas
enormes del Coliseo. Más allá se podía contemplar la cúpula estupenda del
Templo de la Paz, y al otro extremo, el Monte Capitolino des­tacaba sus
históricas cumbres, coronado de apiñados templos estatales, que se erguían como
desafiando las alturas y cortando los aires bajo el azul del cielo.

Hacia allá dirigió sus pasos y ascendió las escarpa­das pendientes
hasta dominar la misma cumbre. Y una vez en la cima, miró alrededor el amplio y
so­berbio panorama que se le ofrecía a la vista. El lugar mismo en donde se
estacionaba era un amplio cuadra­do pavimentado de mármol y rodeado de templos
se­ñoriales. En un lado se veía el Campus Martius, ro­deado por el Tíber, cuya
avenida amarillenta serpen­teaba penetrando en las profundidades del horizonte
hacia el Mediterráneo. Por todos los otros lados de la ciudad acaparaba toda la
extensión dispareja, presio­nando hasta sus estrechas murallas, y rebasándolas
por medio de calles que se irradiaban hasta gran dis­tancia en todas las
direcciones, invadiendo el campo. Los templos, las columnas y los monumentos
alzaban sus cornisas orgullosas. Estatuas innumerables llena­ban las calles con
una población de formas escultura­les, numerosas fuentes salpicaban el aire,
los carruajes se desplazaban bulliciosos por las calles, las legiones de Roma
iban y venían con aires de parada militar, y así por donde miraba podía
contemplar que surgía la borrascosa ola de vida de la ciudad imperial.

A la distancia se extendía el llano, salpicado de in­contables villas,
casas y palacios, rica y exuberante ve­getación: las moradas de la paz y de la
abundancia. A un lado se podía ver levantarse la silueta azul de los Apeninos,
dignamente coronados de nieve; al otro lado, las turbulentas olas del
Mediterráneo azotaban las playas en la indomable lejanía.

Repentinamente Marcelo fue perturbado, o más bien vuelto en sí por un
grito. Volteó en el acto. Un hom­bre avanzado en años y cubierto de escasa
vestimenta, de rostro macilento y frenéticas gesticulaciones, cla­maba a gran
voz expresiones ininteligibles de terror y denunciación. Su mirada salvaje y
sus actitudes semi­feroces evidenciaban que por lo menos en parte esta­ba loco.

Caída
es, caída es Babilonia la grande,

Y ha
venido a ser la morada de los demonios,

Y
sostén de los más inmundos espíritus,

Y
nido de todas las aves sucias y odiosas;

Porque
Dios ha recordado sus iniquidades.

Recompensadle
a ella como ella hizo con vosotros,

Y
dobladle el doble conforme a sus obras…

Cuánto
ella se ha glorificado, y vivido en delicias…

Por
lo tanto, sus plagas vendrán sobre ella en un día,

La
muerte, la lamentación y el hambre;

Y
ella será enteramente quemada a fuego;

Porque
fuerte es el Señor Dios que la juzga.

Los
reyes de la tierra…

Lamentarán
y clamarán sobre ella….

Viendo
el humo de que se ha quemado,

Y
poniéndose lejos por temor del tormento de ella,

Diciendo,
¡Ay, ay, aquella gran ciudad Babilonia,

Aquella
ciudad poderosa!

Porque
en una hora tu juicio ha venido.

Los
mercaderes de la tierra

Se
paran de lejos por temor del tormento,

Llorando
y lamentando,

Diciendo
¡ Ay, ay, la gran ciudad,

Que
se vestía de lino fino, de púrpura y escarlata,

Adornada
con oro y piedras preciosas y perlas!

Porque
en una hora toda esa gran riqueza ha quedado en nada.

Y
todos los navegantes y las compañías de navíos,

Y
los marineros, y todos los que negocian por la mar,

Clamarán
cuando vean ellos el humo de su incendio.

Se
pusieron lejos y clamaron…

¡Qué
ciudad hay como la gran ciudad!

Y se
arrojaban tierra sobre sus cabezas y clamaban,

Llorando
y lamentando y diciendo,

Ay,
ay de aquella gran ciudad,

En
donde se enriquecieron todos los que tenían naves en el mar

Porque
en una hora ha sido hecha desolación.

Regocijaos
sobre ella, vosotros cielos,

Y
vosotros santos apóstoles y profetas,

Porque
Dios os ha vengado sobre ella.

Una vasta multitud se reunió alrededor de él, con­fusa y sorprendida,
pero apenas había cesado de hablar cuando aparecieron algunos soldados y lo
llevaron.

“Sin duda es algún pobre cristiano, que por causa del sufrimiento
ha perdido el cerebro,” pensó Marcelo. Y conforme el hombre era llevado,
aún seguía claman­do sus terribles denunciaciones, y una gran multitud les
siguió, gritando y burlándose. El ruido no tardó en perderse en la distancia.

“No hay tiempo que perder. Yo debo irme,” dijo entre sí
Marcelo, y partió.

***

8 LA VIDA EN LAS CATACUMBAS

¡Oh tinieblas, tinieblas, tinieblas al ardor del sol del medio día, Oscuridad irrevocable, eclipse total, Sin esperanza alguna de que venga el día!

CON LAGRIMAS DE GOZO le dieron la bienvenida a su regreso a las
catacumbas. Con vivo entusiasmo escucharon las referencias de sus entrevistas
con sus superiores; y al mismo tiempo que compartían su com­prensión de sus
dificultades, se regocijaban que él hu­biera sido hallado digno de sufrir por
Cristo.

En medio de todo este nuevo ambiente, aprendía más de la verdad cada día, e igualmente
contemplaba lo que tenían que sufrir los seguidores del Señor. La vida de las
catacumbas abrió ante él sin la menor reserva todos sus secretos maravillosos y
su variedad.

La vasta muchedumbre que moraba en las entrañas de la tierra recibía sus
provisiones, gracias a su permanente comunicación con la ciudad hostil que
arriba. Estas operaciones se realizaban al amparo de la noche. Esta osada y
peligrosa tarea se cumplía por los hombres más resueltos que se ofrecían
voluntariamente para ello. Empero aun mujeres y niños completaban estos
menesteres, siendo uno de los más saga­ces el pequeño Polio, cuyos méritos eran
dignos de la alabanza de los suyos. Entre la vasta población de la ciudad de
Roma no era difícil pasar desapercibido, era así que las provisiones no
escaseaban. No obstante había veces en que esas correrías terminaban abrupta y
fatalmente, y no se volvía a ver más a los osados aventureros.

En cuanto al agua, contaban con abundante provi­sión en el extremo
inferior de los pasillos. Allí conta­ban con pozos y fuentes de
aprovisionamiento suficien­tes para todas sus necesidades.

Era también en la noche que se hacían ciertas expe­diciones, las más
tristes de todas. Estas consistían en la búsqueda de los cuerpos de aquellos
que habían sido despedazados por las fieras salvajes o quemados en las piras.
Estos despojos bien amados se lograban rescatar a costa de los mayores
peligros, y se transpor­taban rodeados de miles de riesgos. Enseguida los
amigos y parientes de los muertos celebraban los sen­cillos servicios fúnebres
como también la fiesta en que se les daba sepultura. Después de todo esto
solían de­positar los restos en su estrechísima tumba, cubrién­dola con la
correspondiente losa en que se grababa el nombre del difunto.

Aquellos primitivos cristianos, vivamente inspirados de la gloriosa
doctrina de la resurrección, miraban ha­cia el futuro con la más ardiente
esperanza de la llegada del momento cuando la corrupción habría dc ser
absorbida por la incorrupción, y lo mortal por la inmortalidad. Y era así que
ellos no querían permitir que el cuerpo de ellos, al que tan sublime destino
esperaba, fuera reducido a cenizas, llegando hasta pensar que aun las sagradas
llamas funerales eran una honra para el cuerpo que era el templo de Dios y
tanto favor había merecido de las alturas celestiales. Era en tal virtud que
los estimados cuerpos de muertos se procuraba traerlos allí, fuera de la vista
de los hombres, en donde ninguna mano irreverente perturbara la solemne quietud
del último lugar de re­poso, en donde habían de yacer “hasta la final trom­peta,”
que sería la voz del llamado que la primitiva Iglesia esperaba con vivo anhelo
como lo mas inmi­nente y real. Arriba en la ciudad en donde se respi­raba, la
Cristiandad había estado aumentando en las generaciones sucesivas, y durante
todo el tiempo transcurrido así, los muertos habían ingresado allí en
proporciones cada vez mayores, de tal manera que ahora las catacumbas
constituían una vasta ciudad de los muertos, cuyos silenciosos moradores
dormitaban en filas innumerables, hilera sobre hilera, esperando hasta que se
oiga la aclamación del Señor, llamando a con­gregarse al pueblo lavado con su
sangre, “en un momento de tiempo, en un cerrar del ojo,” a encontrar
al Señor en el aire.

En muchos lugares se habían derribado los arcos con el objeto de elevar
el techo a fin de formar habi­taciones. Ninguno de ellos era demasiado
espacioso, sino que eran solamente recintos de mayor expansión en donde los
fugitivos podrían reunirse en asambleas mayores, pudiendo al mismo tiempo
respirar con de­sahogo. Allí pasaban ellos su mayor tiempo, y al mis­mo tiempo
realizaban sus asambleas de fraterna comunión.

Su situación se explica por la naturaleza de los tiem­pos en que
vivieron. Pues las sencillas virtudes de la república habían pasado a la
historia, la libertad ha­bía huido para siempre del territorio. La corrupción
había tomado posesión del imperio, y lo había avasa­llado todo bajo su mortal
influencia. Conspiraciones, rebeliones, traiciones azotaban sucesivamente al
estado. Pero el pueblo, víctima de todo, permanecía la distancia en silencio.
Ellos veían sufrir a los valientes de los suyos, y veían morir a los más
nobles, siquiera conmoverse. Nada tenía la virtud de estar el corazón generoso
ni hacer arder el alma. Sus generados sentimientos solamente podían moverse te
las más bajas pasiones.

Empero, contra un tal estado de cosas hizo impacte valientemente la
verdad de Jesucristo, y contra enemigos tan enormes como éstos tuvo que luchar
y abrirse paso cuerpo a cuerpo por entre tales obstáculos, haciendo un avance
lento, pero firme. Aquellos que tomaban las armas bajo su bandera, no podían
esperar un futuro muy fácil y de comodidad. El sonido de trompeta no era de
incertidumbre. El conflicto era vero y comprendía el nombre, la fama, la
fortuna, amigos y la vida: todo aquello que es tan querido para el ser humano.
Así el tiempo seguía su marcha. Si bien era verdad que los seguidores de la
verdad aumentaban en número; así también el vicio intensificaba su poder
maligno; el pueblo se iba hundiendo cada día en la más profunda corrupción, y
el estado era arrastrado aceleradamente a la ruina más segura.

Fue entonces cuando se levantaron aquellas terribles persecuciones que
tenían por objeto extirpar la tierra los últimos vestigios del Cristianismo. La
terrible ordalía esperaba al cristiano si resistía al decreto de la autoridad
imperial. A los que la seguían inexorable la orden de la verdad, y una vez que
tomaba una decisión, era final e irrevocable. A v solía suceder que tomar la
decisión de hacerse cristiano era aceptar la muerte instantánea, o al menos ser
arrojado fuera de la ciudad, proscrito de los goces normales del hogar y de la
luz del día.

Los corazones de los romanos fueron endurecidos, y sus ojos fueron
cegados. No les podía conmover en sus sentimientos ni despertarles la menor
compasión, ni la inocencia de la niñez, ni la pureza de la mujer, ni la noble
hombría de bien, ni los venerables cabellos canos del anciano, ni la inconmovible
fe, ni el amor victorioso sobre la muerte. No tenían ojos para ver a tiempo la
negra nube de desolación que pendía sobre el imperio, condenado
irrevocablemente a muer­te por los actos de los suyos. No tuvieron visión para
comprender que del furor de ese destino, solamente les podrían haber salvado
aquellos a quienes ellos per­seguían.

Empero, en la plana vigencia de ese reino de terror, las catacumbas
abren sus puertas delante de los cris­tianos, cual una ciudad de refugio. Allí
reposaban los huesos de sus antecesores, que de generación en gene­ración
habían luchado por la verdad, y el polvo de sus cuerpos esperaba aquí la
aclamación de la resurrec­ción. Allí traían ellos a sus amados parientes,
confor­me uno por uno les iban dejando para volar a las al­turas. Hasta aquí el
hijo había traído en hombros el cuerpo de su anciana madre, y el progenitor
había visto a su menor depositado en la tumba. Hasta aquí ellos habían portado
piadosamente los mutilados des­pojos de aquellos que por su fe habían sido despedaza­dos
por las fieras salvajes en la arena, los cuerpos cha­muscados de aquellos que
habían sido entregados a las llamas, o aun los enjutos cuerpos de los más desdi­chados
de todos, que habían exhalado el último suspiro de su vida tras la larga agonía
que constituía la muerte por crucifixión. Cada uno de los cristianos te­nía
algún amigo o pariente cuyo cuerpo yacía ahí. El mismo campo era en todo
sentido un campo santo.

Nada, pues, podía extrañar que ellos buscaran refugio y seguridad en un
lugar tal.

En estas moradas subterráneas, sobre todo, habían hallado su único
lugar de refugio contra la enconada persecución. En aquel tiempo no podían
buscar auxi­lio en países extranjeros, o más allá de los mares, por­que para
ellos no existían países de refugio, y no ha­bía tierra allende los mares en
que tuvieran la menor esperanza. El poder imperial de Roma mantenía atra­pado
en sus garras poderosas a todo el mundo civi­lizado; su tremendo sistema policiaco
se extendía por todas las tierras, y ni uno solo podría escapar de su
implacable ira. Su poder era tan irresistible, que desde el noble más
encumbrado hasta el esclavo más humil­de, todos eran igualmente súbditos de
Roma. Ningún emperador destronado podría escapar de su venganza, ni siquiera se
podía esperar el tal escape. Cuando Nerón cayó, lo único que alcanzó a hacer
fue ir a una villa cercana y matarse. Empero, aquí abajo, en estos infinitos
laberintos, aun el poder de Roma no tenía valor alguno, pues sus burlados
emisarios va­cilaban en la misma entrada.

En estos providenciales refugios los cristianos per­manecían, poblando
densamente los innumerables pa­sajes y grutas. En el día se reunían para
intercambiarse el verbo de consolación y de aliento, o también pa­ra compartir
condolencias por un nuevo mártir. Por las noches despedían a los más osados de
entre en desesperadas empresas de traerles noticias del mundo exterior, o bien
a traer los cuerpos ensangrentados de las nuevas víctimas. En el transcurso de
diferentes persecuciones, ellos se replegaron aquí bajo una seguridad tal, que
aunque millones perecieron por todo el vasto imperio, el genuino poder del
cristianismo en Roma a peñas fue sacudido.

De este modo fue puesta a cubierto su seguridad y preservada su vida,
pero ¿bajo qué condiciones? ¿Por ventura, qué es la vida sin luz, y qué es la
seguridad del cuerpo en aquellas húmedas tinieblas que depri­men el alma? La
naturaleza física del hombre se es­tremece ante tal destino, y su delicadísimo
organismo no tarda en percatarse de la falta de aquel sutil prin­cipio
renovador que tan estrechamente vinculado se halla con la luz. Las funciones
del cuerpo van perdiendo una por una las facultades y aquel tono normal de
energía. Aquel debilitamiento del cuerpo afecta la mente, predispone a la
tristeza, la aprehensión, la du­da y hasta la desesperación. No deja de ser un
honor mayor para el hombre mantenerse firme y fiel bajo ta­les circunstancias,
que haber ofrecido su vida en he­roica muerte en la arena, o haber muerto
ardiendo resueltamente en la pira. Allí, en donde las más den­sas sombras de
las tinieblas envolvían amortajando a los cautivos, fue donde éstos hicieron
frente con va­lentía suprema a las más duras de las pruebas. La va­liente
presencia de ánimo bajo la persecución misma era lo más admirable; pero se tomó
tanto más subli­me al haberla resistido, no obstante sus horrores in­descriptibles.

Las ráfagas de aire helado que siempre recorrían este laberinto les enfriaban hasta
los huesos, pero traía aire renovado de la superficie. Tanto los pisos, como
las murallas y los techos, se hallaban cubiertos de de­pósitos inmundos de
vapores húmedos que siempre circulaban; pues la atmósfera se hallaba espesa de
ex­halaciones impuras y miasmas deletéreas. El denso hu­mo de las antorchas
siempre encendidas podría ha­ber mitigado los aires nocivos, pero oprimía a los
moradores con su mortal influencia, que además de cegar sofocaba. Empero, en
medio de este cúmulo de horro­res, el alma del mártir se mantuvo firme e
inconmovible sin rendirse. El revivido espíritu que resistió todo esto se
irguió a proporciones que nunca fueron alcanzadas ni en los más orgullosos días
de la vieja re­pública. Aquí fue sobrepujada la fortaleza de Régulo, la
devoción de Curtio, la constancia de Bruto, y no por hombres adultos y fuertes
solamente, sino por tiernas vírgenes y niños endebles.

Así, desdeñando el rendirse ante el más cruel de los poderes de la
persecución, se mantuvieron firmes y sin fluctuar en la pureza de corazón, en
el bien, en la va­lentía y en la nobleza. Para ellos la muerte no tenía te­rrores,
ni tampoco la aterradora muerte en vida a que se vieron obligados y que
prefirieron soportar allí en esas regiones del desmayo entre los muertos. Ellos
sa­bían lo que les esperaba cuando se decidían a seguir a Jesucristo, y lo
aceptaban todo gustosos. Ellos descen­dían allí voluntariamente, llevando
consigo todo lo que era más precioso al alma del hombre, y ellos todo lo
sufrían por aquel gran amor con que ellos habían sido y eran amados.

El constante esfuerzo que ellos hacían por disminuir la intensidad de
las tinieblas de su morada, ha que­dado visible en todo el rededor de las
murallas. En al­gunos lugares, éstas se hallaban cubiertas de estucado blanco,
y en otras se hallaban adornados con cuadros; pero de ninguna manera con
mortales deificados por adorarlos, idolátricamente, sino sencillamente monu­mentos
de recuerdo de aquellos grandes héroes anti­guos de la verdad, “que por fe
ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon la boca de los
leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de
enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas, trastornaron campos
extraños” (Heb. 11:33,34). Si en estas horas de angustia y amargura,
habían menester ellos buscar escenas o pensa­mientos que pudieran aliviarles
sus almas e inspirarles con nuevas fuerzas para el futuro, pues no podían ellos
haber encontrado otros objetos más acertados en que inspirarse, de tanto valor
y de tan bien fundado con­suelo.

Tales eran los ornamentos de las capillas. Pues los únicos muebles que
contenían era una sencilla mesa de madera, sobre la cual se colocaba el pan y
el vino de la Cena del Señor, los símbolos del cuerpo y de la san­gre de su
Señor crucificado.

La cristiandad llevaba largo tiempo de lucha, y esta era una lucha contra
la corrupción. Por consiguiente, no debe considerarse extraño si la iglesia
contrajo al­gunas señales de su contacto demasiado estrecho con su enemigo, o
si ella llevó algunas de aquellas señales hasta allí a su lugar de refugio.
Empero, si ellos prac­ticaban algunas variaciones con relación al modelo
apostólico, éstas eran muy triviales, y todas podían pa­sarse por
desapercibidas, si no fuera porque ellas abrie­ron el paso para otras mayores.
Con todo ello, las doc­trinas esenciales del Cristianismo no sufrieron la me­nor
contaminación, ni cambio alguno. El pecado del hombre, la misericordia del
Padre, la expiación del Hi­jo, la unción del Espíritu Santo, la salvación por
la fe en el Redentor, el valor de su preciosa sangre, su resu­rrección física, la
bienaventurada esperanza de su re­greso: todas estas verdades fundamentales
eran para ellos de tanta estima y las guardaban con tanto fervor y energía, que
no alcanza el mero lenguaje a hacer el tributo de la debida justicia.

De ellos era aquella esperanza celestial, el anda del alma, tan fuerte y tan
segura que la tormenta de la del imperio fracasó en su empeño de derribarlos de
Roca de los siglos en la cual ellos se hallaban refu­giados.

De ellos era aquella excelsa fe que les sostuvo frente a las pruebas
más duras. En el hombre Cristo Jesús, glorificado a la diestra de Dios, era en
quien reposaba su fe y su esperanza, y en nada ni nadie más. La fe en El era
todo. Era el mismo hálito de la vida, la respira­ción normal de ellos, tan real
que les sostuvo en la hora de los crueles sacrificios, tan duradera que aun
cuando parecía que todos los seguidores se habían des­vanecido de la tierra,
ellos con todo podían mirar a las alturas y esperar en El.

De ellos era la plenitud de aquel amor que definió Cristo cuando estaba en la
tierra, diciendo que era el resumen de la ley y los profetas. Era desconocida
en aquellos días la lucha sectaria y las amarguras denominacionales. Es que
ellos tenían un grande enemigo general contra quien luchar, y ¿cómo habían de
alter­car unos con otros? Allí se cultivaba el amor al semej­ante, que no
conocía distinción de raza o clase, sino que abrazaba a toda la inmensa
circunferencia, de tal manera que uno podía poner su vida por su hermano. Allí,
pues, el amor de Dios, derramado copiosamente en el corazón por el Espíritu
Santo, no temía llegar hasta el sacrificio de la misma vida. La persecución,
que les rodeaba como león rugiente, les fortaleció en su celo, fe y amor que
alumbraban brillantemente en medio de las tinieblas de la edad. Su número se
contaba a los que eran verdaderos y sinceros. Era el me antídoto de la
hipocresía. Al valiente le investía mas osado heroísmo, y al temeroso le
inspiraba con valor y devoción. Ellos vivieron en una época en la ser
cristiano era arriesgar la vida misma.
Ellos no re­trocedían ni vacilaban,
sino que atrevidamente pro­clamaban su fe y aceptaban las consecuencias. Ellos
trazaban una línea divisoria perfectamente visible en­tre ellos y el mundo, y
se mantenían valientemente en su puesto. La sencilla pronunciación de unas
cuantas palabras, la ejecución de un acto sencillo, bastaría para salvar de la
muerte; pero la lengua se negaba a pro­nunciar la fórmula de la idolatría, y la
mano firme re­husaba hacer el derramamiento de la libación. Las doc­trinas
vitales del Cristianismo hallaban en ellos mucho más que el mero asentimiento
intelectual. Cristo mis­mo no era para ellos solamente una idea, un pensa­miento,
sino una existencia personal y real. La vida de Cristo sobre la tierra era para
ellos una verdad vivifi­cante. Ellos la aceptaban como el más adecuado ejem­plo
para todo hombre. Su ternura, su humildad, su pa­ciencia, y su mansedumbre,
pensaban ellos que se les ofrecían para que fueran imitadas; jamás separaron
ellos el Cristianismo ideal del Cristianismo real. Ellos pensaban que la fe del
hombre consistía tanto en su vida como en su sentimiento, y no habían aprendido
a hacer distinción entre el Cristianismo experimental y el Cristianismo
práctico. Para ellos la muerte de Cris­to era el gran evento, ante el cual
todos los otros even­tos en la vida de El eran solamente secundarios. Que El
murió es el hecho por excelencia, y que fue por los hijos de los hombres, nadie
en absoluto podría enten­derlo mejor que ellos. Que El fue levantado y que se
halla glorificado a la diestra de Dios, y que toda Po­testad le ha sido dada en
el cielo y en la tierra, era di­vina realidad para ellos. Pues entre sus
propios herma­nos sabían de muchos que habían sido colgados en una cruz por
amor a sus hermanos, o muerto en la pira por su Dios. Ellos tomaban su cruz y
seguían a Cristo, lle­vando su vituperio. Aquella cruz y aquel vituperio no
eran solamente figurados. Todo eso nos testifica esos tenebrosos laberintos,
recinto propio para los muertos solamente, que sin embargo por muchos años se
abrió para refugiar a los vivientes. Nos lo testifican aquellos nombres de
mártires, aquellas palabras de triunfo. Las murallas conservan para las
generaciones venideras las palabras de dolor y de lamento, y de sentimientos
siem­pre variantes que se escribieron sobre ellas durante las sucesivas
generaciones por aquellos que tuvieron que acudir a albergarse en estas
catacumbas. Ellas transmi­ten su doliente historia a los tiempos venideros, y
traen a la imaginación las formas, los sentimientos y los he­chos de aquellos
que fueron confinados allí. Así como la forma física de la vida se fija en las
placas de la cá­mara fotográfica, así las grandes voces que una vez se
arrancaron por la intensidad del sufrimiento desde el fondo del alma misma del
mártir quedaron estampa­das sobre la muralla desafiando a los siglos venideros.

Testigos humildes de la verdad, pobres, desprecia­dos, abandonados,
cuyos clamores por misericordia lle­gaban en vano a los oídos de los hombres: ¡
más bien se sofocaban en la sangre de los muertos y el humo de los sacrificios!
Empero si los de su propia raza contes­taron sus clamores con renovadas y
mayores tortura estas murallas rocosas mostraron mayor misericordia pues oyeron
sus suspiros y los guardaron en sus senos, y fue así que aquellos clamores de
sufrimiento vivieron allí atesorados y grabados en la roca para siempre.

La conversión de Marcelo al Cristianismo había sido repentina. Sin embargo, tales
transiciones del error a la verdad eran frecuentes. El había intentado y
probado las más altas formas de la superstición salvaje filosofía pagana,
habiendo descubierto que no satisfacían; mas tan pronto se halló frente al
Cristianismo, comprobó que llenaba ampliamente todos los anhelos de su
conciencia. Poseía precisamente lo que se nece­sitaba para poder satisfacer las
ansias del alma y saciar el vacío del corazón con la plenitud de la paz. Y es
así que si la transición fue rápida, también fue completa y perfecta. Pues,
habiendo abierto sus ojos y contem­plado el Sol de Justicia, el no podía
volverlos a cerrar. La obra de la regeneración era completada divinamen­te y la
recibió de buena gana la parte que le correspon­día en el sufrimiento de los
perseguidos.

Las primeras predicaciones del Evangelio se caracterizaban por la
frecuencia de conversiones notables como estas. Por todo el mundo pagano eran
incontables las almas que experimentaban lo que experimentó Marcelo, y que
gustosos se habían sometido a las mismas experiencias. Pues sólo era menester
la predicación de la verdad, acompañada por el poder del Espíritu San­to, que
les abría los ojos y los conducía a ver la luz. He aquí la causa y la clave de
la rápida diseminación del Cristianismo, la influencia divina real sobre la
humana razón.

Marcelo pues, viviendo la vida y compartiendo la ac­tividad y la
comunión con sus hermanos, no tardó en penetrar al fondo de sus esperanzas, sus
temores y sus alegrías. La fe viva y la confianza inquebrantable de ellos se
comunicaban a su corazón, y todas las gloriosas expectativas que los sostenían
a todos ellos, no tardaron en llegar a ser el más efectivo solaz de su propia
alma. La bendita Palabra de vida llegó a ser materia de su constante estudio y
deleite y todas sus enseñazas ha­llaron en él su más ardiente y activo
discípulo.

Las reuniones más frecuentes por todas las catacum­bas eran las de oración y
alabanza. Habiendo sido providencialmente apartados de las ocupaciones comu­nes
de los negocios del mundo, se dedicaban por ente­ro a más elevados y sublimes
objetivos en que ponían todo su empeño. Privados aquí como se hallaban de la
oportunidad de hacer algún esfuerzo por el sostén del cuerpo, se veían
constreñidos a dedicar su vida íntegra­mente al cuidado del alma. Y ellos
lograban con cre­ces lo que buscaban. Pues la tierra, con sus cuidados afanosos
y sus atracciones y sus miles de distracciones, había perdido sobre ellos todo
influjo, dejándolos li­bres. Los cielos se les habían acercado; sus pensamien­tos
y su lenguaje eran justamente los del reino. A ellos les complacía hablar y pensar
en el gozo inconmensu­rable y digno que esperaba a los que fueren fieles hasta
la muerte. Les deleitaba conversar y departir sobre aquellos hermanos que ya
habían partido, y que sola-mente les llevaban la delantera. No se les ocurría
si­quiera pensar que se hubieran perdido. Todo ello les hacía prever el momento
cuando su propia partida tam­bién llegaría. Pero por sobre todas las cosas,
ellos mi­raban mayormente a aquel día del gran llamamiento final, que
levantaría a los muertos, transformarían a los vivos, y traería alrededor de El
a los comprados con sangre, a su pueblo lavado con su sangre, hasta ese lugar
de encuentro en el aire; y esperaban el establecimiento del tribunal de Cristo,
donde El otorgará recompensas por el servicio fiel (1 Tes. 4:13-18; 3:20,21; I
Cor. 3).

Fue así
como Marcelo vio estos lúgubres pasadizos subterráneos, no entregados para el
silencio del sueño de los muertos, sino densamente poblados de miles de
vivientes. Descoloridos, pálidos y oprimidos, hallaban aun en medio de estas
tinieblas un destino mejor el que les podía esperar en la superficie. Su
actividad vital animaba esta región de los muertos; el silencio de esos
pasillos era interrumpido por el sonido de las hu­manas voces. La luz de la
verdad, la virtud, ahuyenta­da de los aires saludables de arriba, florecía y se
en­cendía con más puro y reluciente brillo en medio de estas tinieblas
subterráneas. Los tiernos saludos de afecto, de la amistad, de la fraternidad y
del amor, se culti­vaban entre los desmoronantes restos de los que se ha­bían
ido. Aquí se mezclaban las lágrimas de duelo con la sangre de los mártires, y
las manos cariñosas envol­vían en sus últimos sudarios los pálidos despojos. En
estas grutas las almas heroicas se erguían por encima del dolor. La esperanza y
la fe sonreían gozosas, y se­ñalaban con firmeza a “la brillante estrella
de la maña­na,” y de los labios de quienes debían lamentar brota­ban voces
de alabanza.

***

9 LA PERSECUCION

La paciencia os es necesaria, para que después que ha­yáis hecho la
voluntad de Dios, recibáis la promesa.

LA PERSECUCIÓN arreció con mayor
furia. No habían transcurrido sino unas pocas semanas desde que Marcelo vivía
allí, cuando un mayor número había acudi­do en desesperada búsqueda de este
refugio de retiro. Jamás en el pasado se habían congregado tantos en las
catacumbas. Generalmente las autoridades se habían contentado con los
cristianos más prominentes, y en consecuencia, los fugitivos que recurrían a
las catacum­bas componían esta clase. Fue en verdad la persecución más severa
que les sobrevino esta vez, abarcándolos a todos, y solamente bajo el gobierno
de unos pocos em­peradores se había mostrado tal encarnizamiento in­discriminado.
Esta vez no se hacía la menor distinción de clase o posición. Pues al más
humilde seguidor co­mo al más eminente de los maestros, se les persiguió a
muerte con la más encarnizada furia.

Hasta esta época la comunicación con la ciudad era relativamente fácil
para los refugiados, porque los cris­tianos que arriba habían quedado, aunque pobres
en medios, no descuidaban a los que estaban en las profundidades del escondite,
ni olvidaban sus necesidades. Fácilmente, pues, se podía adquirir provisiones,
y au­xilio no faltaba. Pero llegó la hora en que precisamente aquellos en cuyo
auxilio confiaban los fugitivos, tam­bién habían sido víctimas de la
persecución y obligados a compartir su destino con sus hermanos de las grutas y
tener ellos mismos que recibir caridad en vez de darla.

Con todo, su situación no la afrontaban desesperán­dose. Aun en esa
Roma habíanse provisto muchos que les amaban y les ayudaban, no obstante no ser
cristia­nos. En todo gran movimiento, siempre habrá una con­siderable
proporción de seres neutrales, los mismos que, bien sea por interés o por
indiferencia, se mantie­nen al margen. Estas personas invariablemente se uni­rán
al lado más fuerte, y cuando el peligro amenaza, suelen soslayarlo haciendo
cualquier concesión. Tal, pues, era la condición en que se hallaban numerosos
romanos. Ellos tenían amigos y parientes a quienes amaban entre los cristianos
y por quienes sentían la más cordial simpatía. Siempre se mantenían dispues­tos
a ayudarlos, pero desde luego, tenían la debida con­sideración de su propia
seguridad para no llegar al ex­tremo de jugarse su suerte juntamente con ellos.
Se­guían siendo cumplidos asistentes a los templos y a la adoración de los
dioses paganos como antes, viniendo a ser así adherentes nominales de las
viejas supersticio­nes oficiales. Estos fueron quienes proveyeron a las ne­cesidades
de la vida de los cristianos.

Pero ahora además, toda expedición que se intentara hacer a la ciudad
se hallaba rodeada de mayores e in­minentes peligros, y solamente los muy
osados se atre­vían a aventurarse. Pero ese profundamente arraigado desdén por
el peligro y la muerte era tal, y eran tantos los que de él estaban inspirados,
que jamás dejaron de ofrecerse espontáneamente los hombres para desafiar a la
muerte en tan peligrosas empresas.

He allí las tareas peculiares para las que Marcelo se ofrecía
entusiasta y gustoso dc poder hacer algo por sus hermanos. La misma
valentía y perspicacia que le había elevado hasta los mismos altos rangos
militares, ahora lo hacían descollar con todo éxito en estas sus nuevas
actividades.

Decenas de fieles eran capturadas y sacrificadas cada día. Los
cristianos se encargaban de la igualmente arriesgada tarea de recuperar sus
despojos mortales para darles sepultura a su modo. En esto no era tanto el
peligro, ya que se relevaba a las autoridades de la mo­lestia de quemarlos y
enterrar los cadáveres.

Un día llegaron noticias a la comunidad residente debajo de la Vía Apia
que dos de los suyos habían sido capturados y entregados a muerte. Marcelo
juntamente con otros salieron con la misión de recuperar sus cuer­pos. Polio,
aquel chiquillo con corazón de adulto, fue con ellos por si hubieran menester
sus servicios. Era el anochecer cuando llegaron a la puerta de la ciudad, y las
tinieblas no tardaron en cubrir sus desplazamientos. Pero no tardó en aparecer
la luna a iluminar el amplio escenario.

Se escurrieron abriéndose paso por las calles tenebro­sas, hasta llegar
finalmente al Coliseo, el lugar de mar­tirio de tantos de sus compañeros.
Aquella enorme mole se elevaba orgullosa delante de ellos, amplia, tene­brosa y
severa, como el poder imperial que la había construido. Multitudes de
cuidadores, guardianes y gladiadores había dentro de sus puertas, cuyos pasajes
abovedados eran iluminados por el resplandor de las antorchas.

Los
gladiadores sabían el motivo de su presencia, y les ordenaron rudamente que
siguieran. Ellos mismos los guiaron hasta que estuvieron en la arena. Allí se
hallaban tirados numerosos cuerpos, los últimos que habían sido muertos aquel
día. Se hallaban cruelmente mutilados; algunos se hallaban en condiciones tales
que apenas se distinguía que eran seres humanos. Des­pués de una larga
búsqueda, hallaron los dos a quie­nes buscaban. Esos cuerpos fueron
seguidamente colocados en grandes sacos, en los cuales se disponían a
llevarlos.

Marcelo se detuvo a contemplar el escenario que le rodeaba. Se hallaba
completamente rodeado de maci­zas murallas que se elevaban por medio de
numerosas terrazas en declive hasta llegar al coronamiento en el círculo
exterior. Su negra estructura parecía encerrarle con barreras tales que él ya
no podría franquear.

El pensaba: “¿Cuándo llegará también el día en que yo de la misma
manera ocupe mi puesto aquí, ofren­dando mi vida por mi Salvador? ¿Seré fiel
cuando lle­gue aquel momento? ¡Oh, Señor Jesús, sostenme en aquella hora!”

Todavía la luna no había ascendido lo suficiente pa­ra que penetraran
sus rayos dentro de la arena. Allí en ese interior todo era oscuro y repulsivo.
La búsqueda había tenido que hacerse con antorchas prestadas de los guardianes.

En esos momentos Marcelo escuchó una voz pro­funda procedente de alguno
de los arcos posteriores. Sus tonos penetraron dentro del aire de la noche con
claridad sorprendente, y se les podía oír por encima de la ruda algarabía de
los guardas:

Ahora ha venido la salvación y la fortaleza,

Y el reino de nuestro Dios,

Y el poder de su Cristo:

Porque el acusador de nuestros hermanos es arrojado,

El que los acusaba delante de Dios día y noche.

Y ellos lo vencieron por la sangre del Cordero,

Y por la palabra de su testimonio,

Y no amaron su vida hasta la muerte.

-¿Quién es ése? -dijo Marcelo.

-No le atiendas -dijo su compañero. Es el her­mano Cina. Sus penas y
dolores le han vuelto loco. Su único hijo fue quemado en la pira al principio
de la persecución, y desde entonces él ha andado recorrien­do la ciudad anunciando
calamidades por venir. Hasta la fecha no se habían cuidado de él; pero
finalmente le han capturado.

-¿Y está prisionero aquí?

-Sí.

Y de nuevo la voz de Cina se dejó oír, espantosa, amenazante y
terrible:

¿Hasta cuando, oh Señor, santo y verdadero, No vengarás Tú nuestra
sangre de aquellos que moran en la tierra?

-¡Este es, entonces, el hombre que yo oí en el capi­tolio!

-Sí, debe ser él, porque ha recorrido por toda la ciudad, y aun en el
palacio, clamando y pregonando eso mismo.

-Vamos.

Tomaron sus sacos y se encaminaron hacia las puer­tas. Después de una
breve pausa, se les permitió pasar. Y conforme salían, oyeron la voz de Cina en
la dis­tancia:

Caída es, caída es, Babilonia la grande,

Y ha venido a ser la morada de los demonios,

Y el depósito de todos los espíritus inmundos,

Y la bjaula de toda clase de aves malignas e inmundas:

¡Salid de ella, pueblo mío!

Ninguno de ellos pronunció palabra alguna hasta que llegaron a
suficiente distancia del Coliseo.

Marcelo rompió el silencio. -Sentí un gran temor de que nos encerraran
y no nos dejaran salir más de allí.

El otro le contesto: -No sin razón sentiste aquel temor. El menor
capricho repentino del guarda podría ser nuestra sentencia de muerte
inevitable. Pero, para ello debemos estar siempre preparados. Pues en tiem­pos
como estos, debemos estar dispuestos a afrontar la muerte en cualquier momento.
¿Qué dice nuestro Señor?. “Estad también vosotros listos y
apercibidos.” Cuando el tiempo nos llegue, debemos estar dispuestos a
decir: “Listo estoy para ser ofrecido.”

-Sí-dijo Marcel-, nuestro Señor nos ha dicho lo que hemos de tener:
“En el mundo tendréis aflicción­…”

-Ah, pero también El dice: “Mas confiad; yo he vencido al mundo…
Donde yo estoy, vosotros tam­bién estaréis.

-Por medio de El -dijo Marcel-, podemos salir más que vencedores sobre
la muerte. Las aflicciones de este tiempo presente no son dignas de compararse
con la gloria que nos ha de ser revelada.

Así se consolaban ellos con las promesas seguras de la bendita Palabra
de vida que en todos los tiempos y en todas las circunstancias es capaz de dar
tal consola­ción celestial. Finalmente llegaron a su destino, sanos y salvos
portando sus cargas, con la más íntima gratitud en sus corazones hacia Aquel
que les había preservado.

No muchos días después, Marcelo volvió a salir en busca de provisiones.
Esta vez él fue solo. Fue a la casa de un hombre que era muy amigo para con
ellos y les había sido de gran ayuda. Estaba por fuera de las mu­rallas, en las
inmediaciones de la Vía Apia.

Después de haber obtenido las provisiones indispen­sables, empezó a
averiguar por las noticias.

-Malas son para vosotros las noticias -dijo el hom­bre-. Uno de los
oficiales de los pretorianos se con­virtió al Cristianismo recientemente, y eso
ha enfure­cido al emperador. Este ha designado a otro oficial pa­ra el cargo
que aquél tenía, y le ha comisionado a per­seguir a los cristianos. Y es así
que cada día capturan algunos de ellos. Pues en estos días no hay un solo hom­bre
que sea considerado demasiado pobre para no cap­turarlo.

-Ah ¿sabe Ud. el nombre del nuevo oficial de los pretorianos que está
encargado de perseguir a los cris­tianos?

-Lúculo.

-¡Lúculo! -exclamó Marcelo-. ¡Qué extraño!

-Dicen que es un hombre de mucha habilidad y energía.

-He oído hablar de él. Y a la verdad estas son ma­las noticias para los
cristianos.

-La conversión al Cristianismo del otro oficial de los pretorianos
ha enfurecido al emperador hasta enlo­quecerlo. A tal extremo que se ofrece un
cuantioso rescate por él. Y si tú, amigo, por ventura lo ves o te hallas en
condiciones de hacérselo saber, procura por todos los medios comunicárselo.
Dicen todos que él está en las catacumbas con vosotros.”

-El debe estar allí, puesto que no hay otro lugar de seguridad.

-Verdaderamente, estos son tiempos terribles. Tie­nes necesidad de tomar todas las precauciones
posi­bles.

Marcelo contestó, humilde, pero firmemente, -No pueden matarme más de
una vez.

-¡Oh, vosotros los cristianos derrocháis la fortaleza más excelente. Yo admiro con
toda mí alma vuestra valentía pero yo pienso que podríais conformaros ex­teriormente
al decreto del emperador. ¿Por qué, pues, habéis de precipitaros así tan
locamente a la muerte -Nuestro Redentor murió por nosotros. Y por nues­tra
parte, no podemos menos que estar listos a morir por El. Y, puesto que El murió
por su pueblo, nosotros también nos complacemos voluntariamente en imitarle,
ofreciendo nuestras vidas por nuestros hermanos.

-Sois una gente divinamente maravillosa -excla­mó aquel hombre al mismo
tiempo que levantaba las manos en alto.

Llegó el momento en que Marcelo se tuvo que des­pedir, y luego partió
llevando su carga. Las noticias habían sido tales que habían llenado y
conmovido su mente y todo su ser.

“Así que Lúculo se ha hecho cargo de mi lugar,” pensaba él,
en su camino.

“¡Cómo quisiera saber si él se ha vuelto contra mí! ¿Pensará él
ahora de mí como de su amigo Marcelo, o sencillamente como de un cristiano?
Puede ser que lo descubra dentro de poco. Seria verdaderamente extraño que yo
cayera en sus manos; y con todo, si yo fuese capturado, probablemente llegaría
a estar cerca de él.”

“Pero él tiene que cumplir con su deber de soldado ¿y por qué
debería yo quejarme? Pues si él ha sido nombrado para ese puesto, no le queda
otra alternati­va que obedecer. Y él, como soldado, no puede tratar­me de otro
modo sino como enemigo del estado. El bien puede tenerme lástima, y ‘aún amarme
en su co­razón de amigo, pero con todo no puede eximirse de cumplir con su
deber.”

“Puesto que se ha ofrecido un rescate sobre mi ca­beza, ellos tienen
que redoblar sus esfuerzos para dar conmigo. Creo, pues, que mi tiempo ha
llegado. Debo estar preparado para hacer frente fielmente a lo que venga.

Sumido en estos pensamientos había recorrido la Vía Apia. Había estado
tan envuelto en sus meditaciones que no se dio cuenta de una multitud de gente
que es­taba reunida en una esquina, hasta que estuvo en me­dio de ellos. Y
repentinamente se encontró detenido.

-Oh, amigo -exclamó una voz ruda-, no te des tanta prisa. ¿Quién eres
tú, y adónde vas?

-¡Deje el paso libre! -exclamó Marcelo en tono de mando, natural en
quien ha tenido hábito de mandar y tener hombres a sus órdenes, indicándole al
hombre que se apartara.

La multitud se sorprendió por cl modo autoritario y cl tono imperioso,
pero el vocero de ellos se mostró más valiente.

-¡Dinos quién eres o no pasas!

A lo que Marcelo replicó, -Hombre, apártate a un lado. ¿No me conoces que soy
pretoriano?

Ante aquel nombre tan pavoroso como venerable, la multitud se abrió rápidamente, y
Marcelo pasó por en medio de ellos. Pero apenas habíase alejado él unos cinco
pasos, cuando una voz exclamó:

-¡Prendedle! ¡Es Marcelo, el cristiano!

La multitud también vociferó al unísono. Pero Mar­celo no esperó mayor
advertencia. Arrojando la carga que llevaba, emprendió rauda fuga hacia el
Tíber por una calle lateral. La multitud íntegra le persiguió. Era una carrera
de vida o muerte. Pero Marcelo había sido entrenado en todo deporte atlético, y
en segundos mul­tiplicó la distancia que le separaba de sus perseguidores.
Finalmente llegó al Tíber, y arrojándose a él nadó hasta el lado opuesto.

Los perseguidores llegaron a la orilla del río, pero de allí no
pasaron.

***

10 LA CAPTURA

La prueba de vuestra ¡e obra paciencia.

EN LA CAPILLA, HONORIO se encontraba sentado en compañía de uno o dos
más, entre quienes se encon­traba la hermana Cecilia. Los débiles rayos de una
sola lámpara alumbraban el escenario muy débilmente. To­dos los presentes se
hallaban silenciosos y tristes. Sobre ellos pesaba una melancolía más profunda
de lo común. Alrededor de ellos se oía el ruido de pasos y de voces y un
confuso murmullo de actividad vital.

En forma repentina y rápida se oyeron pasos, y Marcelo entró. Los
ocupantes de la capilla saltaron sobre sus pies con exclamaciones de gozo.

-¿Dónde está Polio? -preguntó Cecilia con vivo interés.

-Yo no lo he visto dijo Marcelo.

-¡No lo ha visto! -y volvió a caer sobre su asiento.

-Pero ¿qué pasa? ¿Ha debido volver ya?

-Ha debido volver hace seis horas, y eso me tiene loca de ansiedad, no
hay peligro dijo Marcelo en actitud de consolarla-. El sabe cuidarse. -Procuró
hacer que no se notara su preocupación, pero sus miradas traiciona­ban sus
palabras.

-¡Qué no hay peligro! dijo Cecilia-. Ay de mí, nosotros sabemos ya
todos los nuevos peligros que hay. Jamás ha sido tan peligroso como ahora.

‑ Qué te ha hecho atrasarte
tanto, Marcelo? Te dá­bamos por muerto.

Marcelo contestó, ‑Yo fui
detenido cerca de la Vía Alba. Tuve que soltar la carga y correr al río. La
turba me siguió, pero yo me arrojé al río y lo pasé a nado. De allá tomé una
ruta en circunvalación entre las ca­lles del otro lado, después de lo cual
volví a pasar y así he llegado hasta aquí sano y salvo.

‑Has escapado milagrosamente,
pues han ofrecido un rescate por ti.

‑¿Lo habíais sabido vosotros?

‑Desde luego que sí, y mucho
más. Hemos sabido de los redoblados esfuerzos que ellos están haciendo pa­ra
aniquilarnos. Durante todo e1 día nos han estado llegando noticias de dolor.
Más que nunca tenemos que fiarnos solamente en El que puede salvarnos.

‑Todavía podremos frustrar sus
planes ‑dijo Mar­celo con aire de esperanza.

‑Pero ellos están vigilando
nuestra entrada princi­pal ‑dijo Honorio.

‑Entonces podemos hacer nuevas.
Las grietas son innumerables.

‑Ellos están ofreciendo
recompensa por todos los hermanos prominentes.

‑¿Y qué, pues. Cuidaremos a esos
hermanos, guar­dándolos más que nunca.

‑Nuestros medios de subsistencia
están disminuyendo gradualmente.

‑Pero hay, tantos osados y fieles corazones como siempre. Quién tiene temor de
arriesgar su vida aho­ra. Nunca faltará la provisión de alimento mientras
permanezcamos en las catacumbas. Pues si nosotros lo­gramos escapar de la
persecución, traeremos el auxilio a nuestros hermanos; y si morimos,
recibiremos la co­rona del martirio.

‑Tienes razón, Marcelo. Tu fe pone en vergüenza mis temores. ¿Cómo pueden temer a 1a muerte aque­llos que
viven en las catacumbas? Se trata solamente de unas tinieblas momentáneas y
luego todo pasará. Pe­ro en el día de hoy hemos oído decir mucho que hace
desesperar nuestros corazones y ahoga nuestros espíri­tus hasta hacernos
desmayar.

‑Ay de mí ‑continuó Honorio con voz doliente‑, cómo se ha diseminado la gente, y las asambleas han quedado
desoladas. No hace sino unos pocos meses que había cincuenta asambleas
cristianas dentro de la ciudad, en donde brillaba la luz de la verdad, y las vo­ces
de las oraciones y las alabanzas ascendían hasta el trono del Altísimo. Ahora
han sido abatidas, y el pue­blo ha sido dispersado y arrojado fuera de la vista
de los hombres.

Hizo una breve pausa, vencido por la emoción, y luego con su voz baja y apesadumbrada repitió las pa­labras
dolientes del Salmo ochenta:

Jehová, Dios de los ejércitos,

¿Hasta cuándo humearás tú contra
la oración de tu pueblo?

Dísteles a comer pan de
lágrimas,

Y dísteles a beber lágrimas en
gran abundancia.

Pusístenos por contienda a
nuestros vecinos:

Y nuestros enemigos se burlan
entre sí.

Oh Dios de los ejércitos, haznos
tornar;

Y haz resplandecer tu rostro, y
seremos salvos.

Hiciste venir una vid de Egipto:

Echaste las gentes, y
plantártela.

Limpiaste sitio delante de ella,

E hiciste arraigar sus raíces, y
llenó la tierra.

Los montes fueron cubiertos de
su sombra;

Y sus sarmientos como cedros de
Dios.

Extendió sus vástagos hasta la
mar,

Y hasta el río sus mugrones.

Por qué aportillaste sus
vallados,

Y la vendimian todos los que
pasan por el camino?

Estropeóla el puerco montés,

Y pacióla la bestia del campo.

Oh Dios de los ejércitos, vuelve
ahora:

Mira desde el cielo, y
considera, y visita esta viña,

Y la planta que plantó tu
diestra,

Y el renuevo que para ti
corroboraste.

Quemada a fuego está, asolada:

Perezcan por la reprensión de tu
rostro.

‑Tú
estás triste, Honorio ‑dijo Marcelo‑. Es ver­dad que nuestros sufrimientos
aumentan sobre noso­tros; pero nosotros podemos ser más que vencedores por
medio de Aquel que nos amó. ¿Qué dice El?”

Al que venciere, daré a comer
del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.”

“Sé fiel hasta la muerte, y
yo te daré la corona de la vida. El que venciere, no recibirá daño de la muerte
segunda.”

“A1 que venciere, daré a
comer del maná escondido y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un
nuevo nombre escrito, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.”

“E1 que hubiere vencido y
hubiere guardado mis obras hasta el fin, yo le daré potestad sobre las gen­tes;.
. . y le daré la estrella de la mañana.”

“E1 que venciere, será
vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y
confe­saré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.”

“Al que venciere, yo lo
haré columna en el templo de Dios, y nunca más saldrá fuera; y escribiré sobre
él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva
Jerusalén, la cual desciende del cielo de con mi Dios, y mi nombre nuevo.”

“Al que venciere, yo le
daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado
con mi Padre en su trono.”

A1 hablar Marcelo estas
palabras, se irguió y sus ojos brillaron, y su rostro se enrojeció de
entusiasmo. Sus emociones fueron transmitidas a sus compañeros, y conforme
caían estas promesas una por una en sus oí­dos, ellos olvidaron por un momento
sus penas y do­lores bajo el pensamiento de su cercana bienaventuran­za. La
nueva Jerusalén, las calles doradas, las palmas de gloria, y los cantos del
Cordero, el rostro de El que está sentado en el trono; todo ello se hallaba
realmente presente en sus mentes.

Honorio dijo, ‑Marcelo, me has
quitado mi tristeza con tus palabras; sobrepongámonos, pues, a nuestras
dificultades terrenas. Vamos, hermanos, dejad a un la­do vuestras cuitas. Pues
este hermano recién nacido en el reino muestra tal fe que nosotros debemos
emular. Miremos, pues, al gozo que nos ha sido propuesto. “Porque sabemos
que si esta nuestra habitación terrena se disolviera, tenemos una mansión no
hecha de ma­nos, eterna en los cielos.”

Y continuó diciendo, ‑La muerte
está muy cerca, y se acerca cada vez más. Nuestros enemigos nos tienen
cercados, y el cerco es cada vez más estrecho. Morire­mos, pues, como
cristianos.

Marcelo exclamó, ‑¿Por qué esos
tristes presagios? ¿Acaso la muerte está más cerca que antes? ¿No esta­mos
seguros en las catacumbas?

‑¿No has sabido tú, entonces?
Qué?

‑¡De la muerte de Crisipo!

‑¡Crisipo! ¡Muerto! ¡No! ¿Cómo?
¿Cuándo?

‑Los soldados del emperador
fueron guiados a las catacumbas por alguien que conocía la ruta. Penetra­ron al
salón en donde se estaba celebrando el servicio de adoración. Eso fue en las
catacumbas allende el Tí­ber. Los hermanos dieron apresurada alarma y huye­ron.
Pero el venerable hermano Crispo, bien sea a causa de extrema vejez, o por su
resolución de sufrir el martirio, no quiso huir de los enemigos. Se limitó a
arrodillarse y elevar su voz y vida en oración a Dios. Dos asistentes fieles
permanecieron con él. Los solda­dos se abalanzaron sobre él, y mientras aún
permane­cía orando sobre sus rodillas, le golpearon hasta derra­mar sus sesos.
Cayó muerto al primer golpe, y los dos hermanos rindieron también su vida al
lado de él.

‑Ellos han volado a unirse a
aquel noble ejército de mártires. Ellos, pues, han sido fieles hasta la muerte,
y recibirán la corona de vida, ‑dijo Marcelo con vivo entusiasmo.

Pero en esos instantes fueron
interrumpidos por un tumulto en el exterior. En el acto se pararon todos
asustados.

‑¡Los soldados! ‑exclamaron.

Pero no; no eran soldados. Era
más bien un cristiano, un mensajero de ese hostil mundo exterior. Pálido y
temblando se arrojó al suelo. Contorsionándose cla­mó como con sus últimos
hálitos de vida:

La presencia de este hombre
produjo un efecto ex­traordinariamente aterrador sobre Cecilia. Ella tamba­leó,
cayendo hacia atrás contra la pared, temblorosa desde los pies a la cabeza,
trabando sus manos una con otra. Sus ojos parecían salírsele al mirar, sus
labios se contraían como si quisiera hablar, pero no se le oía el menor sonido.

‑¡Habla! ¡Habla, hermano!
¡Dínoslo todo! ‑ex­clamó Honorio.

‑¡Polio! ‑balbució el mensajero.

‑Qué le ha pasado a él? ‑dijo
vehementemente Marcelo.

‑Ha sido capturado. ¡Está en
prisión!

Oído aquello, un grito agudo de
mortal amargura se difundió por todas las inmediaciones sembrando el te­rror.
Era el grito de la hermana Cecilia, quien no tardó en caer al suelo.

Los que a su lado estaban
acudieron a atenderla. La llevaron a su cuarto. Una vez allí, le aplicaron los ha­bituales
estimulantes hasta revivirla. Pero el golpe la había afectado gravemente, y
aunque volvió en sí, que­dó en tal estado que parecía que soñaba.

Mientras tanto el mensajero
había recuperado las fuerzas, y había dicho todo lo que sabía.

Marcelo le preguntó:

‑Polio fue contigo, ¿no es así?

‑No, él estaba solo.

‑¿En qué diligencia había ido?

‑Estaba tratando de saber noticias y como estaba en un
lado de la calle, un poco atrás. El ya se venía. Camina­mos hasta que llegamos
a donde había una multitud de hombres. Para sorpresa mía Polio fue detenido y
so­metido a interrogatorios. Yo ya no oí lo que pasó, pe­ro alcancé a ver sus
gestos de amenaza, y finalmente vi que le prendieron. Nada pude hacer yo por
él. Me mantuve a una distancia de seguridad y observé. Co­mo media hora después
se hizo presente una tropa de pretorianos. Polio fue entregado a ellos y se lo
llevaron.

‑¿Pretorianos? ‑dijo Marcelo‑.
¿Conoce al ca­pitán?

‑Sí, era Lúculo.

‑Está bien ‑dijo Marcelo, y
quedó sumido en pro­funda meditación

***

11 LA OFRENDA

Nadie tiene mayor amor que este,
que ponga alguno su vida por sus amigos.

HABÍA ANOCHECIDO en el cuartel
de los pretorianos. Lúculo se hallaba sentado al lado de una lámpara que
despedía su luz brillante por todo el rededor. De pron­to hubo de levantarse al
oír un toque en la puerta. Prestamente la abrió. Un hombre entró y avanzó silen­ciosamente
hasta el centro del cuarto. Luego, desem­bozándose de la gran capa en que venía
envuelto, que­dó descubierto en la presencia de Lúculo.

‑¡Marcelo! ‑‑exclamó éste preso
de asombro, y sal­tando hacia adelante abrazó a su visitante con visibles
muestras de gozo.

‑Querido amigo mío ‑dijo él‑, ¿a
qué azar feliz debo yo este encuentro? Me hallaba precisamente pen­sando en ti,
y no me imaginaba siquiera cuándo nos veríamos otra vez.

‑Yo temo que nuestros encuentros
‑dijo Marcelo tristemente‑, no serán muy frecuentes de hoy en ade­lante. Este
lo he procurado con grave riesgo de mi vida.

‑Verdaderamente es así ‑dijo
Lúculo, compartien­do la tristeza del otro‑. Tú estás perseguido con el más
airado interés, pues se ofrece un rescate por ti. Con todo eso, aquí debes
considerarte tan seguro como lo estuviste siempre en los días felices antes de
que fueras poseído de aquella locura. ¡Oh, mi querido Mar­celo! ¿Por qué no
pueden volver otra vez aquellos días?

‑No puedo cambiar mi naturaleza
ni deshacer lo que he hecho. Además, Lúculo, aunque mi suerte pueda parecerte
dura, jamás he sido tan feliz como lo soy actualmente.

‑¡Feliz! ‑exclamó el otro con
profunda sorpresa.

‑Sí, Lúculo, aunque afligido, no
he sido derribado; aunque perseguido, no desespero.

‑La persecución ordenada por el
emperador no es cosa ligera.

‑Sí, eso yo lo sé bien. Yo veo
ante ella a mis her­manos cada día. Cada día se estrecha más el cerco que me rodea.
Cada momento me despido de amigos a quienes no vuelvo a ver más. Algunos
compañeros su­ben a la ciudad, pero no regresan sino sus despojos. Vuelven allí
para ser sepultados.

‑Y con todo eso, ¿dices tú que
estás feliz?

‑Sí, Lúculo, tengo una paz que el
mundo no cono­ce, una paz que viene de arriba y que sobrepuja todo
entendimiento.

‑Mi estimado Marcelo, a mi me
consta que tú eres demasiado valiente para que le temas a la muerte; pe­ro
nunca pensé que tuvieras tal fortaleza para soportar con tan profunda calma
todo lo que yo sé que debes estar sufriendo actualmente. O bien tu valor es
super­humano, o es el valor que da la locura.

‑Viene de arriba, Lúculo.
Jesucristo, mi Señor, es para mí mucho más que todas las riquezas y el honor
del mundo. Antes me era absolutamente imposible haberlo sentido así, pero ahora
todas las cosas viejas han pasado, y he aquí, todas han sido hechas nuevas.
Sostenido por este nuevo poder, yo podré soportar los peores de los males que
puedan sobrevenirme. No es­pero nada en la tierra sino sufrimiento mientras
aquí viva. Yo sé que moriré en la peor de las agonías. Con todo, ese
pensamiento no es capaz de doblegar la in­domable fe que mora dentro de mí.

‑Me apena en el alma ‑dijo
Lúcido tristemente‑, verte persuadido de tal determinación. Pues si yo viera el
más ligero signo de fluctuación en ti, tendría la es­peranza de que el tiempo
cambiaría o por lo menos modificaría tus sentimientos. Pero ya me convenzo que
te hallas firme de modo inconmovible en tu nuevo camino.

‑¡Quiera Dios concederme que
pueda permanecer firme hasta el fin! ‑dijo Marcelo fervorosamente­- Pero la
verdad es que no vine a hablarte de mis sen­timientos. Vine, querido Lúculo, a
pedir tu ayuda, tu conmiseración y auxilio. Me prometiste una vez de­mostrarme
tu amistad, si la necesitaba. Ahora vengo a pedirte que cumplas tu promesa.

‑Todo lo que depende de mí es
tuyo de antemano, Marcelo. Dime qué quieres.

‑Tú tienes un prisionero.

‑Sí, muchos.

‑Este es un muchachuelo.

‑Yo creo que el personal a mis
órdenes capturó a un muchacho hace poco.

‑Esta criatura es demasiado
insignificante para me­recer captura. El se halla bajo la ira del emperador,
pero todavía está en tu poder. Yo vengo, oh Lúculo, a implorarte por su
libertad.

‑Ay de mí, querido Marcelo, ¿qué
es lo que pi­des? Acaso te has olvidado de la disciplina del ejér­cito romano,
o del juramento militar? ¿No sabes bien tú que si yo hiciera esto, violaría el
juramento y me haría traidor? Si tú me pidieses que me arrojase sobre mi
espada, yo haría eso más fácilmente que esto que me dices.

‑Yo no he olvidado el juramento
militar ni la dis­ciplina de la fuerza, Lúculo. Yo pensaba en este me­nor, que
apenas es un niño, y bien podría no consi­derársele como prisionero. ¿Acaso los
mandatos del emperador comprenden a los niños?

‑El no hace distinción de
edades. ¿No has visto ni­ños tan menores como éste sufrir la muerte en el Co­liseo?

‑Ay, sí lo he visto ‑dijo
Marcelo, al volver sus pensamientos a las niñas cuyo canto de muerte le
impresionó, causándole tanta pena y al mismo tiempo le fue tan dulce al corazón‑.
Este muchachito, enton­ces ¿también tiene que sufrir la muerte?

‑Sí ‑dijo Lúcelo‑, salvo que
renuncie solemne­mente al Cristianismo.

‑Y eso jamás lo hará él.

‑Entonces de inmediato se le
aplicará la sentencia. Es la ley lo que lo hace y no yo, Marcelo. Yo soy sólo
el instrumento. No me avergüences, ni me lo imputes a mí.

‑Yo no te estoy culpando. Yo sé
muy bien lo se­vero que eres tú en la obediencia. Si tú desempeñas tu puesto
tienes que cumplir con tu deber. Empero, déjame hacerte otra propuesta. El
entregar prisioneros no es permitido, pero el canje sí es legal.

‑Sí.

‑Si yo te dijera de un
prisionero mucho más im­portante que este muchacho, lo canjearías, ¿no es ver­dad?

‑Pero no nos has tomado a
ninguno de nosotros.

‑No, pero tenemos potestad sobre
todo nuestro pueblo. Y hay algunos de nosotros por cuyas cabezas el emperador
ha ofrecido una gran recompensa. Pues por la captura de éstos, cientos de
muchachos como éste serían gustosamente entregados.

‑¿Es entonces costumbre entre
los cristianos entre­garse los unos a los otros? ‑preguntó Lúculo sor­prendido.

‑No, pero algunas veces un
cristiano ofrecerá su propia vida para salvar la del otro.

‑¡Imposible!

‑Tal es el caso en este ejemplo.

‑Quién es el que se ofrece por
este muchacho?

‑¡Yo, Marcelo!

Ante esta asombrosa declaración
Lúcelo retrocedió.

‑¡Tú! ‑exclamó él.

‑¡Sí, yo mismo!

‑Estás bromeando. Es imposible.

‑Te hablo con toda seriedad. Es
por esto que ya he expuesto mi vida al venir ante ti. He demostrado el interés
que tengo por él al arriesgarme a tanto pe­ligro. Yo te explicaré. Este niño
Polio es el último de una antigua noble familia romana. Es el único hijo de su
madre. Su padre murió en el campo de batalla. El pertenece a los Servilii.

‑¡Los Servilii. Luego su madre
es la Señora Ce­cilia?

‑Sí. Ella es una de las
refugiadas de las catacum­bas. Toda su vida y su amor no son sino este mucha­cho.
Cada día lo deja ella que salga a la ciudad en una peligrosa aventura, pero en
su ausencia ella sufre indescriptible agonía. Con todo, ella teme retenerlo sin
salir de allí, por temor de que el aire húmedo que es tan fatal para los niños
vaya a originarle la muerte. Y así ella lo expone a lo que ella cree que es el
peligro menor.

Este es el niño que tienes
prisionero. Esa madre lo ha sabido y ahora ella yace debatiéndose en­tre la
vida v la muerte. Si tú lo sacrificas, ella también morirá, y ya no será más
uno de los más nobles y puros espíritus de Roma.

‑Por estas razones es que yo
vengo a ofrecerme en canje. ¿Qué soy yo? Yo estoy solo en el mundo. Nin­guna
vida se halla vinculada a la mía. No hay nadie que dependa de mí para el
presente y el futuro. Yo no le temo a la muerte. Puede venir tan igualmente
ahora mismo, como puede venir en otra ocasión. Tar­de o temprano tiene que
venir, y yo prefiero mucho mejor dar mi vida por mi amigo que ofrecerla inú­tilmente.
Por todas estas razones, oh Lúculo, es que te lo imploro, por sagrados lazos de
amistad, por tu compasión, por tu promesa que me hiciste, dame esta ayuda que
te pido, y toma mi vida en canje por la de él.

Lúculo se puso de pie y se paseó
por la sala, conte­niendo una gran agitación dentro de sí.

‑:Por qué, oh Marcelo ‑exclamó
al último‑, me sometes a tan terrible prueba?

‑Mi propuesta es fácil de que la
recibas.

‑¿Te olvidas acaso que tu vida
me es igualmente preciosa?

‑Pero, piensa en este pequeño
niño.

‑Efectivamente, yo lo compadezco
en el alma. ¿Pe­ro piensas que yo puedo recibir tu vida en prenda?

‑Pues mi vida ya está dada en
prenda, y yo la ofreceré tarde o temprano. Y por eso te imploro que me des la
oportunidad de ofrecerla en la forma en que puede ser útil.

‑Tú no morirás, mientras esté a
mi alcance evitar­lo. Tu vida no está todavía en prenda. Por los dioses
inmortales juro que pasará mucho antes que tú pue­das ocupar un lugar en la
arena.

‑Nadie me podrá salvar una vez
que yo sea apre­hendido, aunque hicieras todo lo que pudieras. ¿Qué puedes
hacer para salvar a uno sobre quien está ca­yendo la inexorable ira del
emperador?

‑Yo puedo hacer mucho para
desviarla. Tú no es­tás en condiciones de saber cuánto se puede hacer. Pero,
aun cuando yo no pudiera hacer nada, con todo no voy a acceder a esta tu
propuesta ahora.

‑Si yo mismo me presentara ante
el emperador, él tendría que oír mi petición.

‑El te pondría en prisión en el
acto, y a ambos los haría matar.

‑Yo podría enviar un mensaje con
mi propuesta.

‑El mensaje nunca llegaría a él;
o al menos no lle­garía hasta cuando ya fuera demasiado tarde.

‑Entonces ¿no hay esperanza
alguna? ‑dijo Mar­celo tristemente.

‑Absolutamente ninguna.

‑¿Y en absoluto también te
niegas a concederme mi petición?

‑Ay, Marcelo ¿cómo podría
hacerme responsable de la muerte de mi más querido amigo? Tú no tienes
misericordia de mí. Perdóname si me tengo que ne­gar a aceptar tu temeraria
propuesta.

‑Hágase la voluntad del Señor,
mi Dios ‑dijo amargamente Marcelo‑. Debo, pues, regresar a prisa. ¡Ay! cómo
puedo yo presentarme con este mensaje de desesperación?

Los dos amigos se abrazaron en
silencio y Marcelo partió, dejándolo a Lúculo agobiado con su asombro­sa y
temeraria propuesta.

Marcelo regresó sano y salvo a
las catacumbas. Los hermanos que allí estaban y que sabían de los propó­sitos
con que había salido, le recibieron gozosos en medio de su dolor.

La señora Cecilia todavía yacía
víctima de aquel so­por, consciente sólo a medias de los acontecimientos que se
realizaban a su rededor. Había momentos que su mente divagaba. Y en su delirio
solía conversar como si se hallara entre escenas felices de su vida pa­sada.
Empero la vida de, las catacumbas, esas alterna­tivas entre la esperanza y el
temor, entre el gozo y la tristeza, entre esa ansiedad que siempre rodeaba a
los refugiados y el aire por demás deprimente de aquel lugar en sí, habían
llegado a abatirla tanto en su men­te como en su cuerpo. Su frágil naturaleza
sucumbía bajo la furia implacable de aquella ordalía, y este úl­timo, el más
pesado y amargo de los golpes que caía sobre ella, había completado su
postración. De los mortales efectos de todo esto, ya no podía recuperarse.

Aquella noche todos velaron y
oraron alrededor de su camilla. Cada instante se debilitaba más, y, lenta pero
seguramente, su vida se esfumaba, quedando sólo un fallecer prolongado. De
aquel descenso tan real, ya ni aun la restitución de su hijo la podría salvar.

Pero aunque las facultades
pensantes y terrenas la habían dejado y los sentimientos terrenales se habían
debilitado, aquella pasión dominante en ella en sus últimos años en nada había
disminuido en su po­der sobre ella, Sus labios helados musitaban todavía las
palabras bienhechoras que tanto tiempo habían si­do su apoyo e inspirado sus
actos. El nombre de su menor hijo querido lo balbuceaba como con los últi­mos
hálitos, aunque inconsciente del peligro que lo rodeaba. Pero el nombre de
Jesucristo era pronunciado con el fervor más profundo.

Sin embargo, hubo de llegar el
momento final. Reaccionando de su largo período de calma, sus ojos se abrieron
brillantes e inmensos, un colorido de luz se posesionó de su rostro macilento,
y de sus labios se oyeron débilmente las palabras: “¡Ven, Señor
Jesús!”

Y
con aquel clamor, la vida dejó el cuerpo, y el espíritu purificado de la
señora, hermana Cecilia, había vuelto a Dios, quien lo dio.

***

12 EL JUICIO DE POLIO

De la boca de los pequeñitos y
de los que maman, perfeccionaste la alabanza.

EN UN EDIFICIO n0 lejano del
palacio imperial había un amplio salón. Su piso era de mármol, que se man­tenía
siempre brillante, y enormes columnas de pór­fido soportaban el artesonado
techo. En el extremo del departamento había un altar con una estatua de una
deidad pagana. Y en el lado opuesto los magistrados luciendo sus togas
oficiales ocupaban asientos promi­nentes. Delante de ellos había algunos
soldados vigi­lando al prisionero.

El único prisionero esta vez era
el niño Polio.

La palidez de su rostro
contrastaba con su porte erguido y firme. La extraordinaria inteligencia que le
había caracterizado siempre, no le abandonó en estos momentos solemnes. Sus
ágiles miradas captaban to­dos los detalles de ese escenario. El sabía bien la
inexo­rable condena que pendía inminentemente sobre él. Y con todo, ni la menor
traza de temor o de indecisión pasaba siquiera por él.

El ya sabía que el único vínculo
que le había unido a la tierra había partido. Las primeras horas de aque­lla
mañana le habían saludado con la noticia de que su madre había sido llamada
arriba. Le había sido transmitida por una persona que entendía que le
fortalecería en su resolución. Ese mensajero había sido Marcelo. La
benevolencia, bastante arriesgada, de Lúculo le había hecho posible esa
entrevista. El pensamiento había sido acertado. Mientras su madre vi vía, el
pensar en ella podía haber debilitado su resolución; mas ahora, liberada ella
de las catacumbas con Cristo, él estaba animado del más vivo anhelo d partir
también. En su fe sencillísima creía que 1 muerte le uniría en el instante a su
bien amada madre. Animado de este sentir, esperaba ávidamente f interrogatorio.

‑Quién eres tú?

‑Marcos Servilio Polio.

‑¿Qué edad tienes?

‑Trece años.

Ante la mera mención de su nombre
un murmullo de compasión se difundió entre la asamblea, pues ese nombre era muy
conocido en Roma.

‑Se te acusa del delito de ser
cristiano. Tú ¿que dices?

‑Excelencia, yo no soy
responsable de ningún delito ‑dijo el niño‑. ¡Yo soy cristiano, y me complace
íntimamente poder confesarlo delante de los hombres

‑Es lo mismo que suelen decir
todos ellos ‑dijo indiferente uno de los jueces‑. Todos ellos tienen la misma
fórmula.

‑¿Sabes tú cuál es la naturaleza
de tu crimen?

‑¡Yo no he cometido ningún
crimen! ‑dijo otra vez Polio‑. Mi fe me enseña a temer solamente a Dios vivo y
a honrar al emperador. Todas las leyes justas siempre las he obedecido. No soy,
pues, ningún traidor.

‑Ser cristiano es ser. traidor.

‑¡Cristiano, lo soy; pero
traidor, no!

‑La ley del estado te prohíbe
ser cristiano, bajo pena de muerte. Pues, si tú eres cristiano, debes morir.

‑Yo soy cristiano ‑repitió Polio
firmemente.

‑Entonces debes morir.

‑Amén. Así sea.

‑Pero, muchacho, ¿sabes tú lo
que es sufrir la muerte?

‑De la muerte. ¡Ah! he visto
demasiado de la muerte durante los pocos meses últimos. Y siempre he estado a
la expectativa del momento en que pueda ofrecer mi vida por mi Señor
resucitado, cuando mi turno llegase.

‑Muchacho, tú eres muy pequeño.
Nosotros te com­padecemos por tu tierna edad y falta de experiencia. Tú has
sido instruido especialmente y en forma tan peculiar que apenas puedes ser
responsable de esta tu temeraria locura. Por todas estas consideraciones que­remos
hacerte concesiones. Esta religión que te ciega neciamente es una necedad. Tú
crees que un pobre judío, que fuera crucificado hace doscientos años, es Dios.
Hay por ventura algo más absurdo que esto? Nuestra religión es la religión del
estado. Tiene en sí lo suficiente para satisfacer las mentes de los menores y
de los adultos, de los ignorantes y de los sabios. De­ja, pues, esa loca
superstición y vuelve a la religión más sabía y más antigua.

‑Yo no puedo.

‑Tú eres el último de una
familia noble. El estado reconoce la dignidad y la nobleza de los Servilii. Tus
antepasados disfrutaron de pompa, de riqueza y de poder. Tú ahora eres un
mozuelo pobre y miserable y prisionero. Sé, pues, sabio, Polio. Piensa en la
gloria de tus antecesores y arroja a un lado el miserable obs­táculo que te
está segregando de toda la ilustrísima fama de ellos.

‑Yo no puedo.

‑Has vivido como un reprobado
miserable. El men­digo más pobre de Roma la pasa mucho mejor que tú. Su
alimento lo obtiene con menos afanes y menos humillación. Su refugio se halla a
la luz y al aire del día. Y sobre todo él siempre está seguro. Su vida es
propia de él. El no tiene necesidad de vivir en per­manente temor de la
justicia de Roma. Pero tú has tenido que arrastrar una vida, la más miserable,
siem­pre en necesidad apremiante, en peligro, en las tinie­blas. Qué, pues, te
ha dado tu ponderada religión? ¿Qué ha hecho por ti aquel judío deificado?
Nada. Y peor que nada. Vuélvete, pues, de en pos de este engañador. En cambio
tendrás la riqueza, la comodi­dad, los amigos y los honores del estado y el
favor del emperador. Todo será tuyo.

‑Yo no puedo.

‑Tu padre fue un súbdito leal y
un valiente solda­do. El murió por su patria en el campo de batalla. Te dejó
muy pequeño, pero como el único heredero de todos sus honores, y como el último
puntal de su noble casa. Lejos estaría de él pensar siquiera en las pérfidas
influencias que te cercarían descarriándote a la perdición. Tu madre, con su
mente debilitada por el dolor, se rindió a las insidiosas astucias de los
falsos maestros, y de la misma manera ella en su ignorancia labró la ruina
tuya. Si tu padre viviera, tú serías aho­ra la esperanza de su nobilísima
casta; tu misma ma­dre también habría seguido fiel la fe de sus ilustres an­tepasados.
¿No valoras tú la memoria de tu padre? ¿Acaso no te corresponde hacia él principalmente
un deber filial? ¿No piensas tú que es pecado amontonar deshonra sobre el
glorioso nombre que debes enorgu­llecerte en llevar, arrojando sobre él el
baldón de tu traición, siendo un nombre que se te ha transmitido sin mancha?
Deja, pues, esas ilusiones locas que te ciegan. Por la memoria de tu padre, por
el honor de tu familia, apártate de este camino que has tomado.

‑De ninguna manera les hago yo
deshonor. Mi fe es pura v santa. Yo puedo morir, pero no puedo trai­cionar a mi
Salvador.

‑Tú estás viendo que mostramos
misericordia con­tigo. Tu noble nombre, así como tu inexperiencia, nos causan
lástima. Si tú fueras un prisionero común te ofreceríamos en pocas palabras la
simple elección en­tre retractarte o morir. Pero en este caso queremos ra­zonar
contigo, porque no queremos que se extinga una noble familia por la ignorancia
u obstinación de un heredero degenerado.

‑Os agradezco de todas vuestras
consideraciones ‑dijo Polio‑, pero vuestros argumentos no signifi­can nada para
mí ante la suprema autoridad de mi Dios.

‑¡Muchacho temerario e
irreflexivo! Acaso puedes tú encontrar un argumento más poderoso. La ira del
emperador es irresistible.

‑Aun más terrible es la ira del
Cordero.

‑Eso que tú hablas es un
lenguaje sin inteligencia. ;Qué es eso que llamas la ira del Cordero‑ ;Por qué
no piensas en lo que es inminente sobre ti?

‑Mis hermanos y amigos ya han
soportado todo lo que vosotros podéis hacer al cuerpo. Y yo confío que me
sostendrá igual fortaleza.

‑Pero ¿puedes tú soportar los
terrores de la arena?

‑Yo cuento con la fortaleza del
que venció la muerte.

‑¿Puedes tú enfrentarte con los
leones y tigres salvajes que se precipitarán contra ti?.

‑Aquel en quien yo confío no me
abandona en el momento que lo necesito.

‑Tú estás muy confiado.

‑Precisamente confío en que me
amó a tal extremo que se entregó a sí mismo por mí.

‑Pero ¿no has pensado tú en la
muerte por el fue­go? ¿Estás listo para hacer frente a la muerte en las llamas
de la pira?

‑¡Ah! Sí debo sufrirlas, no me
estremece. En lo peor de ellas cuento con mi Dios, y luego por siempre estaré
con El.

‑Estás poseído del fanatismo y
de la superstición. No sabes tú qué es en realidad lo que te espera. Es, pues,
muy fácil hacer frente a las amenazas, es fácil pronunciar palabras y hacer
alarde de valor. Pero qué será de ti cuando te veas frente a la terrible
realidad?

‑Pues miraré hacia Aquel que
nunca abandona a los suyos en la hora de la prueba.

‑¡El no ha hecho nada por ti
hasta este momento!

‑E1 ha hecho todo por mí. El dio
su propia vida para que yo viva. Por El yo tengo una vida que es mis noble y
que es eterna y que no se puede comparar con la que vosotros me quitáis.

‑Eso no es sino un sueño tuyo.
Cómo es posible que un judío miserable pueda hacer esto?

‑El es la plenitud de la
divinidad, Dios manifes­tado en carne. El sufrió la muerte del cuerpo para que
nosotros recibamos vida para el alma.

‑Pero nada puede abrirte los
ojos? ¿No te hasta que hasta ahora esa loca creencia no te ha traído nada más
que miseria y dolor? ¿Vas a insistir en tu creen­cia? Ahora que ves que la
muerte te es inevitable, ¿no vas a volverte de tus errores?

-El mismo me da fortaleza para
vencer a la muerte. No la temo. La muerte para mí no es más que un sencillo
paso de esta vida de dolor y de gemido a una bienaventuranza inmortal. Bien sea
que yo muera devorado por las fieras salvajes o por las llamas, dará lo mismo.
El me fortalecerá para que pueda perma­necerle fiel. E1 me sostendrá y llevar!
mi espíritu en el mismo instante a la vida inmortal en los cielos. La muerte,
que vosotros teméis y con la que me amena­záis, no tiene terrores; empero la
vida, esa vida a que me invitáis, tiene consecuencias más terribles que mil
muertes en las llamas.

‑Por última vez, muchacho, te damos una oportu­nidad.
Nido temerario, cólmate y medita por un mo­mento en tu necia carrera de
insensatez. Prescinde por un instante de los dementes consejos de tus faná­ticos
maestros. Reflexiona en todo lo que se te ha di­cho. Tienes todavía a tu
disposición la vida, una vida llena de gozo y de placer, una vida rica en toda
ben­dición. El honor, los amigos, la riqueza, el poder: todo es tuvo. Un nombre
noble y las posesiones de tu familia te están esperando. ¡Todo eso es tuyo por
he­rencia! Hoy para ganar estas cosas tú no tienes que hacer nada sino tomar esta
copa y derramar su conte­nido en aquel altar. ¡Tómala, hijo! ¡Es el acto más
sencillo, el que se te pide que hagas! ¡Resuélvete y ejecútalo! ¡Salva tu vida,
sálvate a ti mismo de esa muerte angustiosa!

Todos los ojos de los presentes
estaban clavados so­bre Polio en el momento que se le hacía esta última oferta.
Pues hasta aquí les había llenado de asombrosa admiración la firmeza en que se
sostenía. Eso sobre­pujaba el entendimiento de todos ellos.

Pero aun esta última instancia
tan insidiosamente tentadora, no le causó el menor efecto. Pues el niño polio,
con palidez en su rostro pero con fuego vehe­mente en el alma, hizo a un lado
con firme serenidad la copa que le era propuesta.

‑¡Jamás traicionaré a mi
Salvador, que está a mi lado!

Ante aquellas palabras se hizo
una pausa momen­tánea. Y luego se oyó la voz del magistrado supremo de la
justicia romana:

‑Tú has pronunciado tu propia
sentencia mortal. Sacadlo de aquí, ‑dijo a continuación a los soldados que se
hallaban presentes.

***

13 LA MUERTE DE POLIO

Sé fiel hasta la muerte y yo te
daré la corona de vida.

LA SENTENCIA DE POLIO fue
sumarísima e irrevoca­ble. El día siguiente hubo espectáculo en el Coliseo.
Lleno hasta los asientos del tope con la multitud de romanos sedientos de
sangre humana, fue un desplie­gue de la misma sucesión de horrores repugnantes
que anteriormente se ha descrito.

Nuevamente los gladiadores pelearon y se mataran unos a
otros, individualmente y en masa. Una varie­dad de formas de combate se
conocían en la arena; y de ellas, las que más sufrimiento mortal infligían ha­llaban
el mayor favor de los asistentes.

Otra vez se presentaron las
escenas interminables de derramamiento de sangre y de agonía. Los feroces
campeones del día recibieron las efímeras felicitacio­nes de los veleidosos
espectadores. De nuevo el hom­bre peleó contra el hombre, o libró aun más
feroces combates contra el tigre. Se repitió la escena del gla­diador herido
que miraba lastimero impetrando mi­sericordia, no viendo otro signo sino el de
muerte, los pulgares de los crueles espectadores vueltos hacia abajo.

Para saciar los apetitos de la
multitud, ahora se de­mandaba una mayor y más desalmada matanza. Pues por aquel
día no tenía atracción el mirar combates entre hombres cotejados. ¡Ah! Pero ya
se sabía que los cristianos habían sido reservados para cerrar el es­pectáculo,
y la aparición de ellos se esperaba y se im­ponía impacientemente.

Lúculo estaba entre los guardas
cerca del escaño del emperador. Mas su semblante, de alegre que era, se había
tornado pensativo.

Mucho más arriba, en los
asientos detrás de él, ha­bía un rostro severo y palidísimo que sobresalían
entre todos, por la mirada concentrada hacia la arena que tenía. Ese rostro era
preso de una expresión de ansie­dad tan profunda que hacía notable contraste
con to­dos los que se encontraban reunidos en tan vasta asam­blea.

De pronto se oyó el sonido del
bronco rechinar de las rejas, y se vio saltar el primer tigre a la arena. Levan­tó
la cabeza desafiante y se azotaba con su propia cola, acechando amenazante por
todo el rededor, relum­brando sus feroces ojos sobre la enorme masa de seres
humanos que colmaban el enorme anfiteatro.

No tardó en oírse un murmullo.
Un muchacho fue arrojado a la arena.

De rostro pálido y contextura
ligera, desnutrido en extremo, era nada ante la mole de la bestia furiosa. Y en
son de escarnio se le había vestido como gladiador.

Y sin embargo, a despecho de su
tierna infancia y su debilidad, no había nada en su rostro ni en su ac­titud
que revelara el menor asomo de miedo. Revelaba posesión de sí mismo en su
mirada apacible. Avanzó hacia adelante serenamente hasta el centro de la arena,
y allí, a la vista de todos, elevó sus manos juntas, le­vantó sus miradas al
cielo y habló a su Dios.

Mientras tanto el tigre seguía
amenazante, desplazándose como al entrar. Había visto al niño pero no le había
hecho efecto alguno. Seguía levantando las miradas de sus ojos sanguinarios
hacia las enormes murallas y de vez en cuando lanzaba salvajes rugidos.

El hombre del rostro severo y
triste miraba absorto como si toda su alma acompañara esa mirada.

El tigre por su parte no parecía
mostrar el menor deseo de atacar al muchacho cristiano que seguía orando.

La multitud ya se tornó
impaciente. Surgieron mur­mullos y exclamaciones y gritos con la intención de
enfurecer a la fiera para que atacara a su víctima.

Pero ahora de en medio del
tumulto surgió el so­nido de una voz profunda y terrible:

¿Hasta cuándo, oh Dios, santo y
verdadero, no

vengas Tú Nuestra sangre de los
que moran en la tierra?

Siguió un silencio profundo y
aterrorizado. Cada uno de los espectadores miraba al que estaba a su lado.

Pero el silencio fue
interrumpido por la misma voz, que repitió con énfasis admonitivo:

He aquí, viene en las nubes;

Y todo ojo le verá,

Y también los que le traspasaron
le verán;

Y todos los linajes de la tierra
lamentarán a causa de El.

Así sea. Amén, Amén.

Tú eres justo, oh Señor,

Que eres, que eras y que has de
ser,

Porque Tú has hecho juicio.

Porque ellos derramaron la
sangre de los santos

y de los profetas.

Porque ellos son dignos.

Así, Señor Dios todopoderoso,

Tus juicios ‑son justos y
verdaderos.

Pero ahora los murmullos y los
gritos y clamores cundieron por todas partes. Y no tardó en desaparecer la
causa de la perturbación.

‑Era uno de esos malditos cristianos.
Era el faná­tico Cina. Lo habían tenido recluido cuatro días sin darle
alimentos. ¡Sacadlo! ¡Afuera con él! ¡Echadlo al tigre!

Los clamores y las maldiciones
surgían de todas partes, tornándose un solo y enorme estruendo. El ti­gre
saltaba alrededor más frenéticamente. Los guar­das escucharon las palabras de
la multitud y se apre­suraron a obedecer.

No tardaron en abrirse las
rejas. Y la víctima fue arrojada al ruedo. Temeroso, macilento y en extremo
pálido, avanzó hacia el centro con pasos trémulos. Sus ojos mostraban un brillo
extraordinario, sus mejillas ardían enrojecidas, su cabello descuidado y su
larga barba se veían enmarañados en una sola masa.

El tigre al verlo se encaminó
saltando hacia él. Em­pero, a una corta distancia la fiera embravecida se
agazapó. El niño, que había estado de rodillas, se puso en pie y miró. Por su
parte Cina no veía tigre alguno. Sus miradas se dirigían a la turba, y agitando
en alto su brazo macilento, clamó muy alto y en los mismos tonos admonitivos:

‑¡Ay, ay, ay de los habitantes
de la tierra!

Su voz fue acallada por
torrentes de sangre. No hu­bo sino un salto, una caída, y ante los ojos
humanos, nada más.

Y ahora el tigre se encaminó
hacia el niño. Su sed de sangre habíase excitado. Su pelaje erecto, flamean­tes
los ojos, y azotándose con la cola, se mantenía in­móvil frente a su presa.

El niño vio llegar su porción
última en la tierra, y nuevamente se arrodilló. El populacho enmudeció y quedó
extático, preso de profunda excitación y en an­siosa espera de la nueva escena
sanguinaria. Aquel hombre que había estado contemplando atentamente, ahora se
levantó y permaneció de pie, aún contemplan­do la escena que se desarrollaba
abajo. De detrás de él salieron inmediatos gritos que seguían en aumento de
número y volumen: ‑¡Abajo, abajo, siéntate! ¡No im­pidas la vista!

Pero el hombre, sea que no oía o
bien intencional­mente, no hacía caso. Finalmente el ruido creció tanto que
llamó la atención de los oficiales que estaban aba­jo, quienes voltearon para
ver cuál era la causa.

Lúculo naturalmente fue uno de
ellos. Habiendo vol­teado a mirar, vio toda la escena. Detuvo brevemente su
mirada y palideció a muerte.

‑¡Marcelo! ‑exclamó él. Por un
momento casi ca­yó hacia atrás, pero no tardó en recuperarse y se diri­gió
apresuradamente a la escena del disturbio.

Pero ahora había estallado un
murmullo profundo entre el gentío. El tigre que había estado paseándose
alrededor del niño una y otra vez, azotándose él mis­mo con creciente furia,
ahora se había agazapado en preparativos para dar su final zarpazo.

El niño se levantó. En su rostro
resplandecía una expresión angelical. Sus ojos despedían destellos de su­blime
entusiasmo. El ya no veía esta arena, ni las mu­rallas gigantescas que le
rodeaban, ni tampoco las lar­gas hileras de asientos y las innumerables caras
hos­tiles; ya no veía los implacables ojos de los crueles espectadores, ni
menos la forma gigantesca del sal­vaje enemigo.

Su espíritu ya parecía ingresar
victorioso por las puertas de oro de la Nueva Jerusalén, y la gloria ine­fable
del pleno día de los cielos le inundó el rostro de sus fulgores.

‑¡Madre, vengo contigo, ¡Señor
Jesús, recibe mi espíritu!

Esas palabras sonaron con toda
nitidez y claridad en el oído de aquella multitud. Todos permanecieron en
quietud sepulcral, y el tigre saltó. Los siguientes momentos no hubo más que
una masa que se removía cubierta a medias por una nube de polvo.

La lucha concluyó. El tigre
regresó; la arena había sido teñida de rojo, y sobre ella yacían los despojos
mutilados del real y noble Polio.

Una vez al amparo del silencio
que siguió, se dejó oír un clamor que tenía toda la intensidad de una trom­peta
que sobrecogió a cada uno de los presentes:

‑Dónde está, oh muerte, tu
aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria?… Gracias sean a Dios, que nos
da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Mil hombres se levantaron
simultáneamente en arranques de ira e indignación. Mil manos se levanta­ron
señalando hacia el atrevido intruso.

‑¡Un cristiano! ¡Un cristiano!
¡A las llamas con él! ¡Echadlo al tigre! ¡Arrojadlo a la arena!

Con tales gritos contestó todo
el gentío a la voz ad­monitiva.

Lúculo se hizo presente en el
lugar en el momento preciso para rescatar a Marcelo de la turba enfurecida de
romanos que se aprestaban a despedazarlo. Diríase que el tigre silvestre que
estaba en la arena no estaba tan enfurecido y tan sediento de sangre como lo
esta­ban ellos. Lúculo se precipitó impetuosamente entre todos, cual guarda de
fieras salvajes.

Atemorizados por su autoridad se
volvieron atrás, habiéndose acercado los soldados.

Lúculo no pudo hacer más que
entregarles a Mar­celo, y condujo la compañía fuera del anfiteatro.

Una vez afuera se hizo cargo él
mismo del prisio­nero. Los soldados le siguieron a distancia.

‑¡Ay, Marcelo, Marcelo! ¿No es
una locura que expongas así tu vida?

‑Yo hablé por un impulso del
momento. ¡Pues aquel niño a quien yo amaba tanto moría ante mis ojos! ¡No pude
contener mi propio ímpetu! ¡De eso me complazco y estoy muy lejos de
arrepentirme! ¡Pues también estoy listo a ofrecer mi vida por mi Rey y mi Dios!

‑Yo no puedo entrar en razones
contigo. ¡Tus actos sobrepujan todo argumento y entendimiento!

‑No fue mi intención entregarme;
pero lo que he hecho, y cómo he sido inspirado a hacerlo me satisface
íntimamente. Sí, voy gustoso y gozoso siguiendo el ca­mino trazado por mi
Redentor, de quien es mi vida, sea que viva o la ofrezca aquí.

‑¡Ay, amigo querido! ¿No
consideras tu vida?

‑¡Yo amo a mi Salvador más que
mi vida!

‑Mira, Marcelo, el camino está
abierto delante de ti. Huye velozmente. Corre, y salva tu vida.

Lúculo le dijo esto apuradamente
en voz baja, abriéndole el paso mientras los soldados estaban como a veinte
pasos atrás. Había toda la oportunidad de escapar.

Marcelo presionó la mano de su
amigo.

‑No, Lúculo, lejos sea de mí
salvar mi vida con tu deshonra. Reconozco y amo ese tu gran corazón que todo lo
pospone por el amigo, pero no voy a crearte dificultades por mi amistad.

Lúculo suspiró y siguió en
silenciosa reflexión.

***

14 LA TENTACION

Todo esto te daré si postrado me
adorares.

AQUELLA NOCHE LÚCULO permaneció
en la celda con su amigo. Buscó todos los argumentos posibles para disuadirlo
de su resolución. Apeló a todos los motivos que comúnmente influyen en los
hombres. No hubo un solo medio de persuasión que él no empleara. To­dos fueron
en vano. La fe de Marcelo se hallaba fir­memente apoyada, pues estaba fundada
sobre la Roca de los Siglos, y ni la tormenta de las violentas amena­zas, ni
los más tiernos influjos de la amistad, pudie­ron debilitar en lo mínimo su
consciente determi­nación.

‑No ‑dijo
él‑, mi ruta está trazada y yo la he ele­gido. Sea dolor o alegría que me venga
en esta tierra, yo seguiré hasta el fin. Yo sé bien lo que me espera. He pesado
todas las consecuencias de mis acciones, y a despecho de todo yo seguiré tal
como lo resolví.

‑Lo que te pido es la cosa más
sencilla ‑dijo Lúcu­lo‑. No quiero que dejes tu religión para siempre, sino
sencillamente por el momento. Se ha desencade­nado una enfurecida persecución,
y ante tan terrible furia todos deben caer, sean jóvenes o viejos, nobles o
esclavos. Tú bien has visto que no se respeta clase ni edad. Polio podría haber
sido salvado si hubiera sido posible, pues había una gran simpatía en su favor.

Era
solamente un niño, apenas responsable de sus propios actos erróneos; él también
era noble, el último de antigua familia. Pero la ley es inexorable, y él hubo
de sufrir la pena. Cina también podría habérsele pasado por alto. No era ni más
ni menos que un loco. Em­pero, tan vehemente es el celo contra los cristianos
que ni aun su evidente locura le pudo poner a salvo.

‑Yo conozco bien que el príncipe
de las tinieblas lucha contra el pueblo de Dios, el cual se halla fun­dado
sobre la Roca, y las puertas del infierno no pue­den prevalecer contra él. ¿Acaso
no he visto yo sufrir igualmente a los buenos, los puros, los nobles, los san­tos
y los inocentes? Acaso no sé que hay guerra sin misericordia contra los
cristianos? Lo sabía muy bien mucho antes de convertirme. Y siempre he estado
pre­parado para hacer frente a las consecuencias respecti­vas desde que he
conocido personalmente a Jesús el Cristo como mi Señor y mi Salvador.

‑Escucha, querido Marcelo. Te he
dicho que sólo te pedía una cosa sencillísima, Pues esta religión que tú tanto
aprecias, no es necesario que la abandones. Con­sérvala, si así debe ser. Pero
amóldate a las circunstan­cias. Puesto que la tormenta está arreciando, es inte­ligente
inclinarse y dejarla pasar. Toma una actitud de hombre inteligente, y no de
fanático.

‑¿Qué es lo que quisieras que yo
haga?

‑Es esto. Dentro de unos pocos
años sucederá un gran cambio. Bien la persecución se desvanece, o bien se
genera una reacción, o el emperador puede morir, y otros gobernantes de
diferentes sentimientos le se­guirán. Entonces será legal el hacerse cristiano.
En­tonces toda esta gente que hoy es afligida puede volver de sus escondites y
ocupar sus antiguos puestos, y sur­gir a la dignidad y a la riqueza. Ten
presente, pues, todo esto. Y por lo tanto, no arrojes así infructuosa­mente tu
vida que todavía puede ser de servicio al estado y de felicidad para ti. Pues
por ti mismo cuídala y resérvala. Mira alrededor de ti ahora. Considera to­das
estas cosas. Deja a un lado tu religión por un bre­ve lapso, y vuelve a la
religión del estado. Y eso sólo es cuestión de breve tiempo. Así puedes escapar
del inminente peligro presente, y cuando vuelvan tiempos más felices, puedes
volver. a ser cristiano en paz.

‑Lúculo, esto es imposible. Es
abominable a mi alma. ¿Podría acaso ser yo un doble hipócrita? Si tú
comprendieras lo que en mí se ha realizado, no me pedirías ni por un momento
que perjure mi alma inmortal ante el mundo y ante mi Dios. Es mucho mejor morir
inmediatamente por las más severas tor­turas que al cuerpo le pueden inferir.

‑Tú tomas posiciones tan
extremas que me haces desesperar de tu vida, y de la esperanza de salvarte. ¿No
quieres detenerte a contemplar este asunto racio­nalmente? No es cuestión de
hacerse perjuro, sino tác­tica. No es hipocresía, sino sabiduría.

‑Dios no permita que yo haga
esto, de pecar con­tra El.

‑Mira esto más. Tú solamente no
te beneficiarás, sino a muchos más. Estos cristianos a quienes tú amas serán de
esa manera ayudados por ti mucho más efec­tivamente que ahora. En su presente
situación tú bien sabes que ellos no pueden vivir como antes de la sim­patía y
de la ayuda de aquellos que profesan la reli­gión del estado, pero que en
secreto prefieren la reli­gión de los cristianos. ¿Acaso vas tú a llamar
hipócri­tas y perjuros a esos hombres? ;No son ellos más bien vuestros
benefactores y amigos?

‑Estos seres jamás han llegado a
conocer la verdadera fe y la esperanza cristiana que yo tengo. Ellos nunca
conocieron el nuevo nacimiento, la nueva natu­raleza divina, la presencia del
Espíritu Santo morando en sus corazones, la comunión con el Hijo del Dios
viviente, como yo lo he experimentado. Ellos no han conocido el amor de Dios
que brota en sus corazones para darles nuevos sentimientos, esperanzas y
deseos. Para ellos sencillamente simpatizar con los cristianos y ayudarles es
una cosa buena; empero para el cristiano que es lo suficiente vil para abjurar
de su fe y negar a su Salvador que lo redimió, nunca habrá suficiente
generosidad en el corazón y en su alma de traidor pa­ra ayudar a sus hermanos
abandonados.

‑Entonces, Marcelo, no me queda
sino una sola oferta más que te puedo hacer, y me iré. Es una úl­tima
esperanza. No sé si será posible o no. Sin em­bargo, yo lo intentaré, si sólo
pudiera lograr que die­ras tu consentimiento. Se trata de esto. Tú no necesi­tas
abjurar de tu fe; no necesitas ofrecer sacrificios a los dioses; no necesitas
hacer la menor cosa que tú desapruebes. Dejemos que se olvide el pasado.
Regresa otra vez no de corazón desde luego, sino en apariencia, a lo que eras
antes. Tú eras un alegre y festivo solda­do dedicado al cumplimiento de tu
deber. Nunca to­maste parte en los servicios religiosos. Rara vez estu­viste
presente en los templos. Tú pasabas el tiempo en el cuartel, y tus devociones
eran de carácter privado. Tú hacías acopio de sabiduría de los libros escritos
por los filósofos y los sacerdotes. Haz todo esto nue­vamente. Sencillamente
vuelve a tus deberes.

‑Preséntate nuevamente en
público juntamente conmigo; nuevamente volvamos a nuestras amigables
conversaciones, y dedícate a tus antiguos objetivos en la vida. Esto será muy
fácil y agradable de hacer y no requiere nada que sea ruin y desagradable. Las
altas autoridades pasarán por alto tu ausencia y tu mal pro­ceder, y si ellos
no quieren que vuelvas a ocupar tus anteriores honores, con todo puedes ser
puesto nueva­mente en el mando de tu legión. Todo irá bien. Se necesitará un
poco de discreción, un cuerdo silencio, una aparente vuelta a tu antiguo turno
de deberes. En el caso de que permanecieses en Roma, se pensará que las
noticias de tu conversión al (cristianismo eran erró­neas; y si sales al
exterior, no se sabrá nado más.

‑No, Lúculo; aun cuando yo
consintiera en el plan que tú propones, no sería factible, por muchas razones.
Se han hecho proclamas sobre mí; se han ofrecido re­compensas por mi
aprehensión; y sobre todo, mi últi­ma aparición en el Coliseo ante el mismo
emperador fue suficiente para descartar toda esperanza de perdón. Pero yo no
puedo consentirlo. A mi Salvador no se le puede adorar de esta manera. Sus
seguidores le deben confesar abiertamente. El dice, “El que me confesare
delante de los hombres, el hijo del hombre le confesará delante de los ángeles
de Dios.” Pues negarle en mi vida o en mis actos exteriores es
precisamente lo mis­mo que negarle en la manera formal que prescribe la ley.
Esto pues no puedo hacerlo yo. Aquel que a mí me amó primero, yo lo amo, porque
El al amarme puso su vida en mi lugar. Mi más sublime gozo es proclamarle
delante de los hombres; morir por El será el acto más noble que yo pueda hacer,
y la corona de mártir será mi recompensa más gloriosa.

Lúculo no dijo nada más,
habiéndose convencido de que toda persuasión era inútil. El resto del tiempo lo
pasaron en conversación sobre otras cosas. Marcelo no desperdició estos últimos
momentos preciosos que él pasó con su amigo. Expresándole la más profunda
gratitud por su noble y generoso afecto, procuró recom­pensarle explicándole y
familiarizándole con el más elevado tesoro que el hombre puede poseer: la fe en
Cristo Jesús.

Lúculo le escuchaba pacientemente,
más por amistad que por interés. Con todo, por lo menos algunas de las palabras
de Marcelo quedaron indeleblemente impresas en su memoria.

El siguiente día se realizó el
juicio correspondiente. Fue sumario y formal. Marcelo se mostró inconmovi­ble y
recibió su condena con actitud apacible. Se de­terminó la tarde de aquel mismo
día para que sufriera su condena. A él no se le concedería el morir devorado
por las fieras salvajes ni en manos de gladiadores, sino por medio de tormentos

más refinados, los del fuego.

Fue, pues, en la pira, donde
tantos cristianos habían dado ya su testimonio de la verdad, donde Marcelo
también confirmó su fe rindiendo su vida. La pira se colocó al centro mismo del
Coliseo, habiéndosele ro­deado de enormes haces de combustible con especial
prodigalidad.

Marcelo ingresó conducido por
guardas selectos en cuanto a su mayor crueldad, los que le propinaban golpes y
le ridiculizaban con anticipación a los horrores de la pena final. Al dirigir
su mirada resuelta y serena alrededor del vasto círculo de rostros de hombres y
mujeres, a cual más duro, cruel y despiadado, contem­pló satisfecho esa arena
en donde millares de cristianos le habían antecedido en la partida instantánea
a reunir­se a las gloriosas huestes de mártires que por siempre adoran
alrededor del trono. Su mente volvía a aque­llos niños cuyo sacrificio él había
presenciado aun des­de las tinieblas, reviviendo en él ahora el himno triun­fal
con que ellos desfilaron:

Al que nos amó,

Y nos ha lavado de nuestros
pecados con su sangre.

Llegó el momento en que los
guardas trabaron de él con derroche de rudeza, la cual por no resistirles no
merecía, y le condujeron a la pira, a la cual le ama­rraron con fuertes
cadenas, que hicieron imposible el escape en que él no pensó.

Más bien se le oyó musitar,
“Estoy listo para ser ofrecido… y el tiempo de mi partida ha llegado. .
. Por lo demás me está guardada la corona de justicia que el Señor, juez justo,
me dará hoy.”

Aplicaron la antorcha que
originaba enormes lla­mas, y densas nubes de humo ocultaban al mártir mo­mentáneamente.
Al aclarar, se le vio erguido en me­dio del fuego, elevados el rostro y las
manos al cielo.

Las llamas se intensificaban y
crecían alrededor de. él. Más y más se le acercaban, y fogatas devoradoras Je
envolvían en círculos de fuego. De pronto le cubría un velo de humo, que luego
desaparecía ante el azote potente de las lenguas de fuego.

Empero el mártir permanecía
erguido, sufriendo con calma y serenidad la pavorosa agonía como asido de su
Salvador. Allí El descendió ante la fe de su már­tir, aunque nadie más le vio;
siendo que su brazo eter­no no se había acortado de en rededor de su seguidor
fiel hasta esta muerte, inspirado y sostenido por su Espíritu.

Las llamas ya no sólo crecían y
se acercaban al már­tir sino que él se tornó en llama. La vida fue violenta­mente
atacada hasta ser arrebatada, y las alas del es­píritu se dispusieron a
trasladarla fuera del dolor y de la muerte al paraíso.

La víctima al fin se sobresaltó
convulsivo, como si le traspasara irresistiblemente un dolor más agudo, al que
por último conquistó. Levantó los brazos en alto, y los agitó débilmente. Luego
en postrer esfuerzo lanzó un agónico clamor en voz clara al oído de todos:
“¡Victoria!”

Había sido el aliento postrero
de está vida, y cayó hacia adelante inflamado en llamas; y el espíritu de
Marcelo “había partido a estar con Cristo, lo cual es mucho mejor.”

***

15 LUCULO

La memoria del justo será bendita.

Un
espectador hubo en aquella escena de tortura y de muerte cuyo rostro, que
experimentaba la más pro­funda agonía, siempre estuvo fijo en Marcelo, cuyos
ojos fueron ojos que vieron cada uno de los actos y expresiones de la víctima,
y cuyos oídos recogieron cada palabra. Largo tiempo después que todos habían
partido, él permanecía inmóvil, siendo el único ser hu­mano en el enorme
círculo de asientos vacíos. Al final se levantó para irse.

Lejos se hallaba él de la
elasticidad característica de sus pasos. Se desplazaba con aire cabizbajo y
débilísi­mo; su mirada de abstracción y el dolor del que todo él se hallaba
embargado, lo hacían parecer a uno que había sido repentinamente víctima de una
dolencia mortal. Hizo señales a algunos de los guardas, quienes le abrieron los
portales que conducían a la arena.

—Traedme
acá una urna cineraria —dijo al personal que se hallaba en las inmediaciones,
al mismo tiempo que se encaminaba hacia las ascuas que ya se extin­guían.

Unos cuantos
fragmentos de huesos carbonizados y hechos polvo por la violencia de las llamas
era todo lo que quedaba del cuerpo de Marcelo.

Tomando
silenciosamente la urna que le alcanzó uno de los guardas admirado, Lúculo
empezó a reu­nir todos los fragmentos humanos y el polvo que pu­do encontrar.

En el momento que
se ausentaba, se le apersonó un anciano, ante quien se detuvo mecánicamente.

— ¿Qué quieres pedirme? —le dijo
cortésmente.

—Me
llamo Honorio. Soy uno de los ancianos de los cristianos. Un amigo nuestro muy
querido fue sacrifi­cado en este lugar esta noche, y he venido confiando que se
me permitirá recoger sus cenizas.

Lúculo
le contestó con afabilidad, —Es un acierto que te hayas dirigido a mí,
venerable maestro. Si tú hubieras descubierto tu nombre a otro, habrías sido
capturado en el acto, porque se está ofreciendo un res­cate por ti. Pero no te
puedo conceder el pedido que me haces. Marcelo murió, y sus escasas cenizas las
ten­go en esta urna. Serán depositadas en una tumba en el mausoleo de mi
familia con todas las ceremonias de honor, porque fue él mi más querido amigo,
y su pérdida hace de esta tierra un desierto para mí, y del resto de mi vida la
carga más penosa.

Honorio balbució
con profundo entusiasmo, —Com­prendo que tú no puedes ser otro sino Lúculo, de
quien siempre le oí hablar palabras de afecto.

—Yo
soy. Jamás hubo dos amigos más leales que nosotros. Si hubiera sido posible, yo
le habría evitado el sacrificio. Jamás habría sido detenido él, si él mismo no
se hubiese arrojado en las manos de la ley, como lo hizo. ¡Oh, destino
inescrutable! Precisamente cuan­do yo había tomado todas las disposiciones para
que jamás pudiera él ser capturado, pero él en persona se enfrentó al mismo
emperador, y así fue como yo con mis propias manos fui obligado a conducir al
ser que más amaba a la prisión y a la muerte.

—Lo
que para ti es pérdida, es para él la ganancia más inconmensurable. Pues ha
ingresado al reino de felicidad inmortal.

Lúculo
exclamó profundamente, —Su muerte fue to­do un triunfo. Yo he observado antes
la muerte de muchos cristianos, pero no he sido tan impresionado por su
esperanza y su confianza. Marcelo enfrentó la muerte como si ésta fuera la
bendición más feliz.

—Así
fue en cuanto a él, como también lo fue en cuanto a muchísimos otros, cuyos
despojos yacen en el infausto confinamiento en donde estamos obligados a morar.
A ellos quiero agregar las cenizas de Marcelo. ¿No convendría que así
compartieran tumbas?

—Venerable
Honorio, yo había abrigado la esperan­za, desde que mi querido amigo me dejó,
que por lo menos tendría el placer de llorarle y de prodigar a sus despojos los
últimos honores piadosos, y de derra­mar mi llanto en su tumba.

—Pero,
oh noble Lúculo, ¿no habría preferido tu amigo que se le diera sepultura con
las ceremonias sencillas de su nueva fe, y un lugar de reposo junta­mente con
los otros mártires con cuyos nombres se encuentra él relacionado para siempre?

Lúculo
quedó poseído de un profundo silencio, y después de haber pensado por algún
tiempo, al final habló:

—No
cabe la menor duda en cuanto a los deseos de él. Yo me rindo ante ellos, y me
privo del honor de ofrecerle los ritos funerarios. Llévalos, venerable Ho­norio.
Empero, permíteme que asista a vuestro servi­cio de sepelio. ¿No quisieras
consentir que un solda­do, a quien conocéis solamente como vuestro enemigo,
ingrese a ese vuestro retiro y presencie vuestros actos?

—Ante
ti nuestras puertas y corazones se abren en la más cordial bienvenida, oh noble
Lúculo, como lo fue con Marcelo antes de ú, si por ventura tú recibieras entre
nosotros la misma bienaventuranza que le fue concedida a él.

—No
alimentéis una tal esperanza —dijo Lúculo—. Yo soy muy diferente de Marcelo en
gustos y en sen­timientos. Yo podría aprender a sentir benevolencia hacia
vosotros, y aun a admiraros, pero nunca a unir­me con vosotros.

—Ven
con nosotros, como sea, y presencia los servicios del sepelio de tu amigo. Un
mensajero ven­drá por ti mañana.

Lúculo
le hizo señal de asentimiento, y después de entregarle la preciosa urna a
Honorio, se encaminó tristemente a su casa.

El
siguiente día, en compañía del mensajero, se en­caminó a las catacumbas. Allí
se vio con la comuni­dad de los cristianos y contempló este lugar en que
moraban, lo cual ya le había sido referido precisamen­te por su amigo, habiendo
así tenido una idea previa de su vida, sus sufrimientos y sus afectos.

De
nuevo las voces dolientes y lamentaciones llena­ron las tenebrosas bóvedas e
hicieron eco por todos los interminables pasillos, por otro hermano cuyo polvo
se entregaba al polvo de la tumba. Pero el mismo pesar que hablaba del dolor
mortal fue reemplazado por una sublime e inspirada certeza que expresaba la fe
del alma que aspira, y una esperanza plena de un deseo vivo de su amado Señor.

Honorio
tomó en sus manos el rollo precioso, la Pa­labra de vida, cuyas promesas eran
tan poderosas que sostenían en medio de las más pesadas cargas y aflic­ciones,
y en tono solemne leyó aquella parte de Pri­mera Corintios, que en todas las
épocas y en todos los climas ha sido tan preciosa al corazón que se remonta más
allá de los reinos del tiempo en busca de consuelo en la perspectiva de la
resurrección.

Seguidamente
levantó la cabeza y en tonos fervien­tes ofreció una oración al Dios solo santo
en los cie­los, en el nombre de Jesucristo, el divino Mediador, por quien la
muerte y la tumba fueran vencidas y asegurada la vida eterna.

El
rostro pálido y triste de Lúculo era particular­mente visible entre los
dolientes. Aunque él no fuera cristiano, con todo admiraba tales doctrinas
gloriosas, y escuchaba con reverencia tales exaltadas esperanzas. A él le fue
concedido colocar las amadas cenizas den­tro del lugar de reposo final; fueron
sus ojos los últi­mos que se posaron en aquellos despojos queridos; sus manos
colocaron en su lugar la loceta en que se había de grabar el nombre y epitafio
de Marcelo.

Lúculo
volvió a su casa, pero era un hombre nuevo. Su ufanía personal parecía haber
sido subyugada bajo las Severas aflicciones que había sufrido.

Había
tenido razón al decir que no se haría cristia­no. Y aunque la muerte de su
amigo le había embar­gado el corazón de tristeza, no había dolor por el peca­do,
ni arrepentimiento, ni anhelo de conocer al verda­dero Dios viviente. Había
perdido toda aquella habi­lidad de gozarse en el mundo, pero no había logrado
ninguna otra fuente de felicidad.

Empero
la memoria de su amigó tuvo la virtud de producirle un efecto. Sintió una
simpatía profunda por el pobre pueblo oprimido con quien Marcelo había
fraternizado. Admiraba sin comprender su constancia y los compadecía por sus
inmerecidos sufrimientos. Tenía conciencia de que toda la virtud y bondad que
pudiera quedar aún en todo el imperio romano, la po­seían estos pobres
reprobados.

Fueron
esos sentimientos los que le llevaron a pres­tarles su ayuda. Les ofreció la
amistad y las promesas de auxilio que una vez había prodigado a Marcelo. Sus
soldados no capturaron a ningún otro cristiano, o si lo hacían, siempre se
oiría posteriormente que ha­bían escapado de algún modo inevitable. Su alta
posi­ción, su vasta riqueza, su ilimitada influencia, todo es­taba al servicio
de los cristianos. Su palacio llegó a ha­cerse muy bien conocido a ellos, como
su más seguro refugio y lugar de ayuda, y su nombre gozaba del ho­nor de ser el
más poderoso de sus amigos humanos.

Pero
todas las cosas llegan a su fin; y así también los sufrimientos de los
cristianos y la amistad de Lúcu-lo llegaron a su término. Como un año después
de la muerte de Marcelo, el severo emperador Decio fue destronado, y otro
asumió el poder imperial. La perse­cución cesó. La paz volvió a las asambleas
de los cris­tianos, y éstos salieron de las catacumbas a vivir gozo­sos a la
saludable luz del día. De nuevo podían oir los humanos seres las alabanzas al
Dios y Redentor de ellos, y de nuevo reiniciaron su interminable lucha con las
huestes del mal.

Pasaron
los años, y Lúculo no experimentó cambio alguno. Cuando Honorio salió de las
catacumbas, fue llevado por Lúculo a su palacio, y moraba bajo su am­paro por
el resto de sus días en la tierra. El se esforzó por pagar su deuda de gratitud
a su noble benefactor, haciéndole saber toda la verdad. Pero murió sin haber
podido disfrutar del gozo por el que tanto había orado.

Al
final la bendición llegó, pero después de haber transcurrido muchos años.
Cuando ya Lúculo se acer­caba a los límites de la vejez, llegó a escuchar la
voz del Salvador. Pero largos años habían pasado desde que el mundo había perdido
sus encantos para él. Las riquezas, el honor, el poder no le satisfacían en
abso­luto. Su vida se deslizaba bajo una sombra de tristeza que nadie le podía
curar. Pero el Espíritu del Dios vivo llegó a posesionarse de él, y merced a su
divina mediación pudo por fin regocijarse en el amor del Salvador, de cuya obra
sobre el corazón humano ha­bía presenciado tantas y tan contundentes pruebas.

Largos
siglos han transcurrido sobre la ciudad de los Césares, desde que la
persecución de Decio arrojó a los humildes seguidores de Jesús a las lóbregas y
gé­lidas catacumbas. Tomemos la Vía Apia y veamos qué nos enseña.

Delante
de nosotros se despliega la larga fila de tum­bas hasta la milenaria ciudad.
Aquí los poderosos de esa Roma hallaron el lugar de su reposo, y aun hasta allí
llevaron las pomposas muestras de cuanto pueden la riqueza, la gloria del mundo
y el poder. Debajo de nosotros se hallan ocultas las rudas tumbas de aqué­llos
que en vida fueron reprobados como indignos de respirar el aire libre bajo el
sol del cielo.

¡Observad
el cambio! En derredor nuestro están aquellas tumbas señoriales todas en
ruinas, su santi­dad profanada, sus puertas derribadas y su polvo lle­vado del
viento. Los nombres de aquellos que allí fue­ron sepultados nadie los recuerda;
el imperio que fun­daron ha caído; las legiones que les llevaron en mil
conquistas han dormido el sueño del que no desper­tarán hasta la segunda
resurrección.

Pero
la memoria de los perseguidos que yacen de­bajo, la asamblea del Dios de la
tierra contempla con reverencia. Sus sepulcros se han tornado en santuarios de
peregrinaje; y esa obra en la cual desempeñaron ellos un papel tan noble ha
sido transmitida a nosotros para que la continuemos hasta que Jesús venga.

Humildes,
despreciados, proscritos, afligidos, la fa­ma se negó a asentar sus nombres en
los rollos de la historia; con todo, esto al menos lo sabemos bien, que sus
nombres están escritos en el Libro de la Vida, y su eterna comunión será con
aquellos de quienes está escrito:

Estos
son los que han venido de grande tribulación,

Y
han lavado sus ropas,

Y
las han blanqueado en la sangre del Cordero.

Por
esto están delante del trono de Dios,

Y
le sirven día y noche en su templo:

Y
el que está sentado en el trono

Tenderá
su pabellón sobre ellos.

No
tendrán más hambre, ni sed,

Y
el sol no caerá más sobre ellos,

Ni
otro ningún calor.

Porque
el Cordero que está en medio del trono

Los
pastoreará,

Y
los guiará a fuentes vivas de aguas:

Y
Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos.

***

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